Spider-Man: Lejos de casa (2)

  12 Agosto 2019

Universos para-lelos

spiderman-1Tenía poca esperanza de que esta nueva entrega de Spider-Man pudiera remediar el desastre que supuso el reinicio de la saga con John Watts en la dirección y Tom Holland en el papel de Peter Parker hace un par de años.

Uno de los pocos alicientes para acercarse a ver la película era la presencia de ese magnético actor que es Jake Gyllenhaal, que mejora todo cuanto toca. Otro, quizá, el hecho de ver cómo se las apañaban en el Universo Marvel sin el apoyo espiritual de Stan Lee y el protagónico de Tony Stark.

Hay que decir en el primer sentido que Gyllenhaal da entidad a la película, aunque que no todo pueda fiarse al magnetismo del actor. El eterno Donnie Darko cumple en la medida en que lo hace el guión y además sabe jugar con sus ambigüedades sin dejar traslucir las sorpresas de la historia hasta que llega el momento exacto. Eso ya es un punto para la película, en un mundo en el que muchos intérpretes se abonan al exceso de muecas para sugerir una personalidad conflictiva u oscura. Pero Gyllenhaal se resiste a mostrar las interioridades del personaje con trucos del Actor’s Studio y por ello no cabe más que felicitar al intérprete y a los responsables de casting que lo eligieron en este aspecto.

En el segundo sentido, Stan Lee ya no tiene cameo en la película, y la omnipresencia de Stark parece jugar un papel sustitutorio y elegíaco: la vida sigue y ahora se trata de saber quién sustituirá al padre, y en un aspecto más importante, si en realidad hay alguien preparado para hacerlo.

Porque esa es la cuestión, si Peter Parker ha dejado de ser un adolescente hiperhormonado e irresponsable que pueda cargar sobre sus hombros con el peso de una gran responsabilidad.

Estaba claro, en Spider-Man: Homecoming, que no era el caso. Ahora, tras los acontecimientos de Avengers: Endgame —cuyas consecuencias aparecen de un modo bastante notorio a lo largo de toda la película, jugando engañosamente con la idea de universos paralelos— quedaba por ver si el adolescente incontrolado había madurado lo suficiente como para tomar el control de Stark Industries o seguía siendo el lelo que se enfrentaba al buitre en Homecoming.

La respuesta es que Parker es aquí consciente de su inconsciencia y eso al menos es un avance. No iré más allá por la razón evidente de no destripar la trama, pero puedo decir que este es uno de sus motivos principales y uno de los desencadenantes de la acción de la misma.

Dicho esto, podemos afirmar que la película adquiere aquí cierta consistencia y se deja ver sin las estridencias de Homecoming.

¿Qué más ofrece Lejos de casa? Pues una panorámica de ciertas ciudades europeas que serán —cómo no— destrozadas sin el más mínimo respeto por su venerabilidad al paso de los archivillanos; una serie de giros de guión bastante hábiles dentro de lo que puede esperarse para una película sin pretensiones intelectuales; y una serie de tópicos no siempre cargantes sobre las relaciones adolescentes.

Los chistes también están mejor trabajados que de costumbre y consiguen aligerar esa desesperación a la que nos conducen los comportamientos de los protoadultos. Las ocurrencias sobre el mono nocturno, los equívocos sobre la identidad de Spider-Man, la mala leche de Nick Furia —y ojo a las revelaciones de las escenas post-créditos sobre este personaje— y alguna de las escenas de supuesto contenido erótico con Parker y una señora adulta, hacen que la cosa sea más llevadera que en la primera entrega.

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En un sentido más profundo, la dicotomía entre realidad y ficción a las que el lanzaredes es sometido por uno de los personajes, con escenas muy bien trabajadas desde un punto de vista estético, es un interesante hallazgo que hace ganar quilates a la película, cuya acción no decae al tiempo que se nos muestran escenarios de un onirismo sorprendente. Tampoco es excesiva la confusión en los momentos de mayor pirotecnia, y eso es algo de agradecer.

La verdad es que uno debe ser muy de entrecejo fruncido para no disfrutar —siquiera mínimamente— con esta superficial pero efectiva entrega de Spider-Man.

Claro que la superficialidad no es siempre el motivo principal; las ocasionales incursiones reflexivas no disipan la sensación general de ligereza, pero tampoco pecan de la grandilocuencia de la serie mayor —la saga de Los Vengadores— que a veces se mostraba impostada por querer ser demasiado profunda.

Sin embargo, siempre queda la sensación de que Peter Parker no es esto. Tom Holland es un tipo simpático, pero han hecho más por el icono de Marvel las pocas escenas del adulto problemático de Un nuevo universo que las cuatro horas en las que el británico ha dado vida al geniecillo huérfano de Nueva York.

Sí, es cierto que Parker ha sido siempre un adolescente, pero quizá la adolescencia creada y trabajada por Stan Lee y Steve Ditko era más torturada, más metafísica, que la alegre despreocupación del personaje interpretado por Holland.

Algo ha avanzado John Watts en este sentido, superando la insoportable infantilidad de su anterior entrega... pero si de verdad quiere hacer un buen retrato del héroe del vecindario, debería explorar más su lado oscuro.

Algo que parece que pueda darse en las próximas entregas, si se cumplen los sorprendentes vaticinios de la primera de las dos escenas postcréditos.

Estaremos atentos.

Escribe Ángel Vallejo 


Más información sobre Spider-Man y Marvel:

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Spiderman: Un nuevo universo
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