Utoya, 22 de julio (3)

  21 Julio 2019

La masacre en primera persona

utoya-1Nos disponemos a revivir uno de los días más fatídicos para la historia de Noruega. Aquel 22 de julio de 2011, en la que Anders Behring Breivik, identificado por los medios como fundamentalista cristiano, simpatizante de la ultraderecha e islamófobo, se cobraba la vida de 77 víctimas, adolescentes en su mayoría.

La propuesta ya es dura y controvertida desde el inicio. Tras una pequeña introducción con la bomba que explosionó en la ciudad de Oslo, la película arranca en el campamento juvenil de la isla noruega de Utoya. Y lo hace con un plano bastante interesante que se mantiene estático hasta presentarnos cara a cara a Kaja (Andrea Berntzen), la protagonista ficticia de esta historia.

El primer debate lógico puede ser el de hacer de esta tragedia un espectáculo convirtiéndola en una película. Pero Utoya, 22 de julio hace de ese argumento una cuestión intranscendente, pues humaniza la tragedia y sensibiliza al espectador ante un atentado que al mediatizarse se separa de lo terrenal y acaba siendo ajeno y lejano.

La película es necesaria como ejercicio de memoria histórica, para tener en cuenta los límites egoístas y abominables a los que el ser humano puede llegar tiñéndolos de ideología. Tras el visionado no invade la sensación de haber espectacularizado el ataque terrorista, pero sí nos invade la rabia, el dolor, el trauma, y el miedo necesario ante estas corrientes extremas.

Como película podría llegar a hacerse lenta por momentos, pero es que Utoya, 22 de julio plantea su argumento a tiempo real. ¿Cómo no se van a hacer lentos los 72 minutos que estos adolescentes tuvieron que esperar para poder ser rescatados? Cada segundo cuenta. Cada segundo se hace largo cuando la banda sonora son disparos que están arrebatando vidas. En este sentido hay que descontextualizar esta película de estructuras y duraciones clásicas de planteamiento, nudo, desenlace. La película es un nudo en sí, un nudo que se quedará en tu garganta por un tiempo tras su visionado.

Utoya, 22 de julio tiene un planteamiento tan arriesgado como eficaz. La cámara sigue ágilmente a su protagonista en un imposible plano secuencia. El espectador es un adolescente más que se esconde del terror, entre el pánico y el desconcierto. Ante esta formulación, solo puedo admirar el trabajo de los actores y más especialmente el de la cámara, que corre esquivando ramas, se desliza por barrancos, se tira al suelo para esconderse del peligro, y no duda en introducirse en el agua sin separarse de su protagonista. Teniendo en cuenta estas premisas, el trabajo de foco en algunas escenas es muy sorprendente.

El film, que con esta técnica recuerda a películas como El hijo de Saúl, puede ser un referente perfecto para ilustrar las posibilidades de conceptos cinematográficos como el fuera de campo. Aquí, la carga dramática depende de su protagonista, interpretada por la actriz noruega Andrea Berntzen, que a sus veintiún años debuta en cine con un trabajo sobresaliente. Ella nos hace aguantar la respiración cuando escuchamos los pasos del asesino.

Utoya, 22 de julio es una película dura y, a pesar de ocultar la figura de su perpetrador, puede llegar a ser algo explícita. El film, a través del acercamiento a esta masacre, pone de manifiesto una reflexión muy necesaria sobre la ideología y principios de ultraderecha, actualmente tan peligrosamente en auge en España y parte de Europa.

Escribe Jorge García-Casarrubios | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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