Los días que vendrán (3)

  13 Julio 2019

Cómo hemos cambiado

los dias que vendran 1Resulta que un director (Carlos Marques-Marcet), durante el rodaje de su segunda película, se entera de que el actor protagonista y su pareja, también amigos suyos, van a tener un hijo. Y se le ocurre rodar el proceso, los nueves meses de espera y sus avatares concomitantes. Pero no se trata de poner sin más la cámara delante de sus vidas, sino de escribir un guión sobre una pareja de esa edad y circunstancias que va a tener un hijo y confiarles a sus amigos los papeles protagonistas, ¿quién mejor?

Nos movemos por tanto en ese terreno híbrido entre la realidad y la ficción que tan de moda está. La distancia respecto a la realidad viene dada por aspectos tan obvios como el cambio en el nombre de los intérpretes o el hecho de filmar el momento en que conocen el embarazo, algo imposible por cuanto es el instante seminal del que surge la idea misma de la película. Pero por otra parte lo que se cuenta es en esencia lo que los protagonistas están viviendo y al ritmo en el que lo están haciendo, y el cuerpo de la futura madre cambia ante nuestros ojos al compás con el que lo hacen las sensaciones que expresa.

Esta implicación de ambos campos acaba tornando indiscernible dónde comienza uno y acaba otro, y convierte en superflua la reflexión sobre el medio más adecuado para alcanzar la realidad, por cuanto ésta puede mostrarse en la ficción con tanta vehemencia como puede enmascararse en el documental.

El hilo conductor de la película viene dado por el desarrollo del embarazo de Vir/María, deteniéndose en las distintas sensaciones que la pareja va experimentando. El relato está construido a base de extractos de sus vidas cuyo nexo es el avance inexorable del feto en el vientre de la futura madre, pero no establece más allá de eso una línea argumental superpuesta. Se trata, tan sólo, de observar (reconstruir) lo que ocurre. Sería como una especie de álbum de fotos en las que se van recogiendo los estados de ánimo, las preocupaciones, las dudas o las euforias de los protagonistas. El álbum finalmente contiene entre sus tapas momentos de gloria y otros fallidos. No todas las instantáneas están al mismo nivel, ni ambos actores rayan a la misma altura.

Mientras que María Rodríguez Soto hace una demostración de su capacidad expresiva, y así se lo reconoció el Festival de Málaga de este año, donde consiguió el premio a la mejor actriz (amén de otros galardones para la mejor película y el mejor director, lo que hizo a esta obra la gran triunfadora del certamen), su oponente (pareja) David Verdaguer ofrece lo que ya sospechábamos que podía ofrecer, un rictus imperturbable más allá de lo que ocurra a su alrededor, una coraza que impide tanto que las sensaciones (si existen) asomen, como que lo que le circunda haga la más mínima mella en él. Ya en Verano 1993 (quizá la película más sobrevalorada no ya del reciente cine español, sino de toda su historia. Cómo está el patio) daba la medida de lo que podía ser, y no defrauda.

Hay algunos momentos brillantes, como el descubrimiento de la noticia filmado sin insertos explicativos, y que hace que se perciba a través de las dispares y mutantes reacciones de los implicados, o como la conversación de Vir con su madre, a quien tampoco vemos en ese momento y cuyas reacciones construimos a través de las palabras y expresiones de su hija. Pero otros momentos están trufados de falsedad, son como pegotes que están porque tienen que estar, porque es lo que toca, pero que carecen de credibilidad, como el amago de ruptura, un islote inconexo en el devenir de la película.

los dias que vendran 2

Sin embargo, lo hasta aquí expuesto no es lo verdaderamente interesante en esta obra. Por debajo de la espera del nacimiento y sus circunstancias el director está diseccionando (a veces quedan dudas si de manera del todo consciente) una época y un grupo social muy característico, y está dibujando el futuro que les espera, el contraste entre lo que fueron o creían ser y lo que acabarán siendo.

Hablamos de los que van por la ciudad en bicicleta, se reúnen con sus amigotes para cometer travesuras inocentes (hasta ahí llega su capacidad rupturista), tiene padres revolucionarios que ya les están adelantando por la izquierda, juran y perjuran que nada como la escuela pública, aunque algún amago de duda comienza a asomar, tienen empleos donde poder ejercer su talante solidario y comprometido, y si no lo pueden ejercer, si tiene que transigir con el poder (con el «mercado»), sus convicciones permanecen incólumes (aunque inéditas). Y por supuesto no se casan, porque la burocracia no va con ellos.

Sí, pero van a tener un hijo, y de repente envejecen. Les espera el mejor momento de su vida, y eso es un peso muy difícil de sobrellevar, tanto como admitir que todo lo vivido era insignificante. Y ahí empiezan las concesiones, y la rebelión ante las concesiones, la negativa a aceptar lo inevitable, el recurso a la pataleta. Los días que vendrán serán arduos, difíciles.

El director no hace escarnio con ellos ni trata de salvarlos. No los juzga, no adoctrina sobre una conducta deseable. Se limita a observarlos y a mostrárnoslos, y quizá con ello logra la mayor contundencia posible. La película se convierte así en la crónica tristísima de la renuncia, pero una renuncia, y ahí está lo más grave, que no es impuesta por nadie (si así fuera aún cabría la rebelión) sino asumida por sus actores, aceptada, buscada incluso. No éramos tan estupendos como nos creíamos. Nos mintieron y aceptamos encantados la mentira, y ahora toca pagar los costes.

Hay una escena que resume a la perfección esta anunciada decadencia, y es tal vez la mejor de la película. El parto está próximo y la recomendación médica es andar y practicar sexo. Tras pasear por Sant Jordi y recoger la reglamentaria rosa roja (poco estimulante ya) toca tener relaciones sexuales. Toca. Y la escena es de una frialdad mecánica (más aún por contraste con la que al principio se nos mostró) que deja bien a las claras la nueva vida a la que se enfrentan.

Escribe Marcial Moreno  

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