Los muertos no mueren (3)

  06 Julio 2019

El mundo es perfecto. Aprecia los detalles

los-muertos-no-mueren-1«The world is perfect. Appreciate the details». Estas son las sabias palabras que un repartidor de paquetería de WU-PS da a Bobby, un fanático del cine de culto y de serie B dueño de una pequeña gasolinera. Pero ese mensaje va más allá y trasciende a la propia película, de forma que es el propio Jarmusch el que nos dice esto. Jim nos habla directamente a los espectadores, se pone a nuestra altura y nos trata con respeto, compartiendo con nosotros lo que cree que tiene compartir.

Y ello se desprende de otros momentos del filme, momentos en los que los personajes de Bill Murray y Adam Driver hablan sobre el guión de la propia obra que están interpretando. También charlan sobre la canción de Sturgill Simpson que representa a la película —de hecho, ambas llevan el mismo título— y sobre Jim Jarmusch y su relación con él. A través de este metalenguaje, el cineasta se hace presente, busca evidenciar su figura detrás del filme. Pero no lo hace por egocentrismo u orgullo, lo hace para que sepamos que todo lo realizado depende de él, de una persona como nosotros que nos quiere contar algo.

Para hacernos llegar ese contenido, Jarmusch se vale de unas formas que siempre le han identificado, que le consagran como un autor que se preocupa por su arte, por sus intenciones y por sus maneras. Y entre todas ellas la que más capta mi atención es la interpretación. No solo por el séquito de actores fieles de los que se rodea y con los que suele repetir en muchas de sus piezas —Bill Murray, Adam Driver, Tilda Swinton, Steve Buscemi, los músicos Iggy Pop y Tom Waits— sino por cómo maneja el trabajo de los mismos.

Y es que, si nos fijamos en ese trabajo, vemos una depuración muy parecida a la que consiguen otros realizadores como Bresson, Kaurismäki o Green. El hieratismo de los intérpretes es patente en el cine de todo ellos. Ahora bien, creo que el que más se acerca al estilo Jarmusch es el cineasta finlandés, ya que ambos apuestan por un humor frío, absurdo y raro a diferencia de los directores franceses que siguen un camino más espiritual y etéreo. En una escena, el personaje de Murray le dice al de Driver que no entiende cómo puede mantener esa extraña calma durante un ataque zombie. Esa frase resume a la perfección el trabajo realizado con la interpretación.

Esta historia gamberra que Jarmusch nos cuenta supone también un homenaje a un determinado tipo de cine: el cine por el que siente predilección Bobby el de la gasolinera. Así, encontramos numerosas referencias directas a películas como Nosferatu, Psicosis, Star Wars o El señor de los anillos. También las hay de cineastas de la talla de Samuel Fuller, de quien se nos muestra su tumba, y de George Romero, padre de la cultura zombie cinematográfica.

Además de todas estas alusiones tan claras y evidentes, hay otras algo menos patentes pero que no dejan de estar ahí. Así, The dead don't die, se convierte en un mejunje que recicla los géneros de la serie B y del cine sobre zombies, artes marciales y la ciencia-ficción. Todo ello se ve apoyado por numerosos clichés del cine norteamericano, tales como el clásico pueblo de la América profunda con sus hostales de carretera, sus pintorescas cafeterías y sus policías adictos a los donuts o el típico road trip de los jóvenes de ciudad —hipsters— hacía el campo en el cual les pasarán cosas terribles.

Y si algo la hace especial, además de la innegable personalidad que Jim Jarmusch contagia a su obra, es el verdadero sentido de lo que nos quiere transmitir. Este mensaje hace a la película diferente de cualquier otra que hayamos visto sobre zombies. Comenzamos a atisbarlo cuando vemos que aquello que buscan con tanto ahínco los no-muertos no son los cerebros de sus víctimas, sino a aquello a lo que han sido adictos durante su vida material.

Y al final se sucede un discurso a través del personaje del ermitaño observador en el cual se critica duramente a la sociedad materialista y capitalista en la que vivimos. Una sociedad que nos obliga a necesitar cosas que en el fondo no necesitamos, a ocupar el tiempo en cosas que no son importantes y a querer cosas que lo único que hacen es vaciar nuestra vida de sentido y nuestra cabeza de ideas, tal y como está la de los no-muertos por dentro.

Y es que en realidad la mayoría de la gente hoy en día está muerta en vida.

Escribe Pepe Sapena

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