Mr. Link: El origen perdido (2)

  30 Junio 2019

El infierno son los otros

mr-link-1Vuelve Laika, como siempre, con una pequeña joya de animación en stop motion de la que cabe, como mínimo, sorprenderse de nuevo por su nivel de precisión y detalle.

Para los ya conocedores del trabajo de la productora, sólo una cosa puede sorprender: que el preciosismo se ha impuesto a los turbadores escenarios de sus anteriores películas. Mr. Link no es una película lisérgica como Los mundos de Coraline o tenebrosa como El alucinante mundo de Norman. No se mueve en los opresores ambientes de persecución política de Los Boxtrolls o los inframundos habitados por demonios familiares de Kubo y las dos cuerdas mágicas.

En contraposición a sus anteriores películas, Mr. Link resulta excepcionalmente luminosa, diáfana: es una película de aventuras pura, al estilo de las novelas de Jules Verne —resuenan especialmente los ecos de La vuelta al mundo en 80 días— o James Hilton —con su icónica Horizontes perdidos— y en ella apenas hay elementos mágicos o ultraterrenos, aunque sí misteriosos.

Es obvio que Laika no ha renunciado a la mítica, porque ha situado la acción de su película en aquella época en que el mundo aún era muy grande y parecía albergar grandes misterios y civilizaciones por descubrir, pero paralelamente, ha bajado a una realidad más prosaica para tratar aspectos humanos que a veces se ocultan en la magnificencia de las viejas epopeyas.

Y es que, en apariencia, Mr. Link nos cuenta una historia sobre el eslabón perdido entre los humanos y las bestias, sobre Bigfoot, los Yetis y Shangri-la, pero en realidad, como siempre sucede en Laika, se nos está hablando sobre cuestiones humanas, dilemas universales, elementos que cabe desmitificar para reducirlos a problemas asequibles por cada persona concreta, con una solución al alcance de la mano que no habríamos visto de no realizar ese viaje interior, ritualizado en el descubrimiento de civilizaciones perdidas, tan lejanas y distintas, tan cercanas y parecidas que nos devuelven una imagen especular a la que sólo cabe mirar con atención para descubrirnos en ella.

Mr. Link habla en realidad de la necesidad de aceptación frente a los otros y de la traición, por ello, a uno mismo.

Esta es la historia de tres individuos que intentan enfrentarse a la soledad, por un lado, y a la falta de reconocimiento por otro, ya sea por clasismo, sexismo o racismo, en un mundo en el que, a pesar de la grandeza y distinción de las civilizaciones, las miserias humanas siguen siendo pequeñas y cotidianas en todas partes. Viene a decirse que allá donde haya humanos, encontraremos los mismos problemas, por muy distintos ropajes que vistan sus portadores.

Con objeto de enfrentarse a sus fantasmas, estos tres personajes emprenden un viaje que los ha unido por conveniencia, pero que acabará por liberarlos a todos de sus obsesiones y forjando una verdadera amistad.

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En la aparente simpleza del tópico, Chris Butler y Laika señalan algunos aspectos interesantes de la sociedad británica del siglo XIX, con su colonialismo basado en la idea de supremacía civilizatoria, que tenía sus microexpresiones en el clasismo que dispensaban hacia los aventureros de baja estirpe.

Trazan con ello un curioso paralelismo con los aires de superioridad racial y moral de las míticas utopías del Himalaya, paralelismo que no es casual, puesto que lo que se busca es señalar la importancia del individuo y autonomía frente a los relatos nacionales o raciales, y la necesidad de liberarse de las tutelas de los «grandes hombres» llamados a la gloria por razón de clase o sexo y a los que nos acercamos para obtener reconocimiento o aprobación, sin darnos cuenta de su abyección moral.

Una película sobre la emancipación, en fin, que sin embargo no acaba de alcanzar los grandes logros de otras producciones de Laika.

El tratamiento de los temas que la constituyen es menos adulto en la forma —ya no hay señales de terror u opresión— pero también, aunque no lo parezca, en el contenido: a pesar del mencionado subtexto, los chistes son bastante ligeros, muy alejados del humor negro de Norman o Boxtrolls.

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Esto, que parece un elemento menor, es sin embargo marca de la casa en Laika.  Con la pérdida —o sublimación estética— de estos caracteres, nos parece que el conjunto artístico hace de ésta una producción más orientada al público infantil que sus predecesoras.

El aspecto técnico sigue siendo asombroso —con muchísimos elementos en movimiento en cada fotograma—, pero ya no resulta tan espectacular como, por ejemplo, en Kubo. Es por esto que da la sensación que la productora ha alumbrado un filme menor, de transición hasta su gran apuesta que es Wildwood —un proyecto que acumula años de retraso, pero que parece estar ya en marcha— o que ha querido abrirse a un público más infantil para garantizar una fidelización futura.

Nada de esto me parece mal, porque Laika es algo diferente y necesario, casi artesanal —e independiente—, comparado con las grandes productoras de animación infantil. Una empresa que no mueve los millones de dólares de Disney, Dreamworks o Illumination, pero que atesora el mismo talento que cualquiera de ellas, y que atrae cada vez más a grandes estrellas a su doblaje, añadiendo pedigrí artístico a sus propuestas.

Una delicia de la que siempre vale la pena disfrutar y a la que siempre cabe acudir para pasar un buen rato contemplando una verdadera obra de arte.

Si para garantizar esto es necesario abrirse al público más joven con productos más blancos, bienvenidos sean.

Escribe Ángel Vallejo


Más información sobre Laika:

Kubo y las dos cuerdas mágicas

Los Boxtrolls

El alucinante mundo de Norman

Los mundos de Coraline

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