Un atardecer en la Toscana (4)

  29 Junio 2019

El cine como reflexión

un-atardecer-en-la-toscana-1Los sueños rechazados, los ideales abandonados,
los valores desterrados, el mundo que conocimos.
¿Dónde está? ¿Dónde fue la Europa que ganamos?
(Loquillo)

En los últimos años, resulta frecuente la preferencia en los largometrajes por la violencia continuada, las nuevas herramientas tecnológicas, el culto a los cuerpos sin ningún fondo sentimental. El cine de historias sencillas y humanas, el cine que nos emociona, el cine de Renoir, Ford y Hawks y todas las películas que se nutren de estos maestros, parece ocupar un lugar muy secundario en los actuales estrenos.

Por eso, Un atardecer en la Toscana (2018), de Jacek Borcuch, es un filme donde se vuelve a la esencia cinematográfica. Al cine como vida. Sin olvidar a los maestros clásicos antes mencionados, los dos referentes principales de Borcuch son dos genios del cine italiano: Federico Fellini y Bernardo Bertolucci.

De Fellini —el Fellini de Amarcord (1973) y La dolce vita (1960)—, Borcuch toma todo el vitalismo que transmite la obra, el humor, la libertad y desenfado de la protagonista, el manejo magistral de las escenas colectivas (qué felliniana la cena con los colegas y las conversaciones ingeniosas mientras toman unos vasos de vino).

De Bertolucci, la ética que transmite la película, toda la capacidad que tiene para hacernos reflexionar, la concepción del cine como una herramienta para intentar comprender la realidad. Pero si Bertolucci cae en ocasiones en el dogmatismo y el adoctrinamiento, Un atardecer en la Toscana plantea de manera abierta y sugerente una crítica a determinados comportamientos y en ningún caso marca su opinión al espectador. La búsqueda nocturna del nieto de Maria, perdido en los prados toscanos, posee el influjo de la desesperada búsqueda del hijo de Alida Valli en Novecento (1976).

Dos son los grandes temas que recorren Un atardecer en la Toscana y en los dos el epicentro es Maria Linde, la poetisa polaca que acaba de ser premiada con el Nobel: la pasión que surge en la edad adulta, tan viscontiniana, entre Marie y el joven árabe Nazeer. Y, por otro lado, pero conectada a la trama amorosa, la creciente intolerancia de las sociedades europeas hacia la llegada e integración de las personas inmigrantes.

La interpretación de Krystina Janda en el papel de Marie puede calificarse de memorable. Retoma en pleno siglo XXI un conflicto que ya fue planteado en el siglo XIX por Galdós con Fortunata, Tolstói con Ana Karenina, Flaubert con Emma Bovary: la necesidad de la mujer de tomar las riendas de destino, la necesidad de sentirse libre, de sentirse viva (el simbolismo libertario se aprecia en la velocidad de Marie en la carretera, donde incluso se escapa de un control policial, y en el hecho de que fume en el despacho del comisario, pese a la prohibición).

Marie, libre y rebelde, con 55 años, una familia estable (marido, hija y nietos) y el reconocimiento artístico internacional, se entrega a aquello por lo que vivimos, aquello por lo que respiramos y que puede surgir en cualquier momento de la existencia: el amor. El amor se llama Nazeer, un egipcio de 35 años, propietario de una pequeña taberna junto al mar. Ella lo ama porque tiene «ganas de conocer el mundo, es inteligente y trabajador» y, como le recuerda su hija, porque es «guapo».

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Marie no sólo está dispuesta a romper con su vida tradicional, sino que su relación con Nazeer la va a impulsar a romper con una sociedad tradicional que cada vez pone más trabas a los inmigrantes. En su discurso, después de recibir un premio local, pone de manifiesto la intolerancia del pueblo toscano (metonimia de tantos pueblos y países europeos) que no acepta a algunos individuos por haber nacido en otros lugares o tener otro color de piel o una religión distinta.

Odio a los demás: la intolerancia que sube como la espuma en la Europa de nuestros días, la Europa que, como señala Marie, fue el continente «de la razón y de la libertad». La Europa que venció a las dictaduras fascistas y comunistas, la Europa que sobrevivió a guerras, la Europa de los servicios públicos, la Europa como espacio intercultural y fraternal. ¿Dónde está? ¿En dónde se ha quedado? Son preguntas que enuncia Un atardecer en la Toscana y que el espectador puede intentar contestarlas.

El incendio del bar de Nazeer supone una muestra palpable de la intolerancia que nos merma como humanos, que nos pone a merced del odio y la violencia. En el personaje de Marie, tan idealista, hay ecos pasolinianos. El mismo Pier Paolo Pasolini, uno de los escritores y pensadores más grandes del siglo XX, aunque tenía anhelos transformadores, llegó a decir que consideraba improbable mejorar el mundo, pero que podía ser probable que el mundo empeorase. Y ahí está la reflexión ética de Pasolini y de la película de Borcuch: no estropeemos un mundo de convivencia democrático y pacífico, que tanto costó conseguir. Y esto no es sólo aplicable a la zona toscana del filme, sino a toda Italia, a Francia, a España, a Alemania, a Austria, a Europa entera.

Estilísticamente, la película alcanza una brillantez notable. Los planos con la cámara al hombro, deudores de Bertolucci y de Kubrick, nos acercan a la acción cinematográfica, potencian el realismo del filme, su credibilidad. Y luego, hay algo clave en el cine de Ford o Dreyer que vuelve a brillar en esta obra de Borcuch: la relevancia de los silencios. En muchas películas actuales hay una sobrecarga de diálogos, a menudo superfluos. Aquí, no. Aquí los diálogos son breves. A veces, naturales. A veces, líricos. Y en Un atardecer en la Toscana los silencios hablan, expresan, se articulan en mensajes al corazón. Hay algunas escenas magistrales entre Marie y su hija Ana (excelente Kasia Smutniak) en la que sólo con la fuerza de sus miradas levanta un mundo de sentimientos. Lo que es el cine y cualquier manifestación artística: alas de sentimientos.

Los paisajes toscanos, de una indudable belleza, son recreados con primor en el filme. El final de la película, con el influjo de lo que le ocurrió al poeta Erza Pound, posee aliento cervantino, y ese don Quijote, tan libre, tan justo y tan rebelde, que regresa a la aldea encerrado en una jaula de madera. ¿Por qué encerramos a las personas que quieren iluminar el camino de los individuos? ¿Por qué amordazamos a las libres mentes? En nuestra mano, en la mano de todos los europeos está el abrir la jaula donde se encuentra Marie, abrir todas las jaulas existentes en Europa y que nuestro continente retome su antiguo fulgor: un continente de concordia y progreso, abierto a la llegada de personas de otros continentes que tanto han contribuido y contribuyen a la esencia democrática europea.

Patria es humanidad.
(José Martí/Mario Benedetti)

Escribe Javier Herreros Martínez

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