Tolkien (3)

  26 Junio 2019

La juventud del genio

tolkien-1Quizá El Señor de los Anillos, El Hobbit y El Silmarilion no hubiesen existido si John Ronald Reuel Tolkien no hubiera visto con sus propios ojos el horror y la barbarie en la batalla del Somme, en 1916. Posiblemente, no hubiera creado mundos fantásticos, de ilusión y esperanza, si no hubiera contemplado cadáveres y cadáveres en los campos franceses. La magia frente a la muerte; la hermandad frente al odio; la imaginación frente a los disparos; la luz frente a la oscuridad. Literatura frente al caos.

La película Tolkien (2019), de Dome Karukoski, es un meritorio biopic del excelente escritor y filólogo inglés. Posee la enorme virtud de acercarse a su figura no en los años de esplendor literario (los 50 o los 60), cuando era considerado uno de los más grandes creadores del planeta, sino adentrarse en los orígenes del genio, es decir, su etapa de juventud, durante la década de 1910.

El filme se articula a modo de flashback desde la conflagración del Somme, con un Tolkien de 24 años, que busca entre montañas de cuerpos inertes a su mejor amigo, Geoffrey Smith, esperando encontrarlo con vida. Desde ese presente narrativo bélico, angustioso, se desarrollan varios retrocesos temporales que nos aclaran las claves existenciales de Tolkien, que acaso serían las bases sobre las que, pasados los años, escribiría las obras maestras del género fantástico.

A los 12 años, Tolkien había perdido ya a su padre y a su madre; su situación económica era precaria, pero desde muy joven tuvo el talento para imaginar seres de ficción, mundos oníricos, que aliviasen su sufrimiento y, a la vez, pudieran aliviar en el futuro las tristezas de sus lectores.

Resulta otro acierto en la película la cantidad de escenas en las que Tolkien aparece leyendo, en bibliotecas, consultando libros, ya que focalizan muy bien los primeros pasos del luego sería gigante de la narrativa. Le encantaban la mitología, las leyendas, el estudio de las lenguas y dialectos, la evolución de las palabras. Karukoski sortea con tacto el peligro que conlleva un largometraje sobre un intelectual de tal calibre: la amenaza de caer en la pedantería, en una excesiva especialización del discursivo fílmico. Al contrario, nos ofrece una dimensión humanísima de Tolkien, de una manera sencilla y cercana al espectador. A esto contribuye el notable trabajo de Nicholas Hoult en la piel de Tolkien, simpático, idealista, alegre, cual Frodo. No obstante, se echa en falta mayor profundización en el Tolkien novelista, en las raíces literarias del talentoso escritor.

Un espacio se constituye como el lugar esencial de la juventud de Tolkien: la King Edward’s School de Birmingham. Allí conocerá la amistad y el amor. El largometraje se va desarrollando de manera antitética. Si el presente de la narración cinematográfica es la muerte, la aniquilación que rodea a Tolkien en el Somme francés, el pasado encarna la vida, la risa, la diversión de un joven John Ronald Reuel en compañía de sus amigos o de su amada Edith Brath (muy lograda la interpretación de Lily Collins).

Toda la película es un canto a la amistad como lo fueron, aunque con estilos diferentes y contextos también diversos, Novecento (1976), de Bernardo Bertolucci, o Érase una vez en América (1984), de Sergio Leone.

El filme ahonda en la fraternidad y el vitalismo que desprenden cuatro compañeros de estudios: Robert Gilson, Christopher Wiseman, Geoffrey Smith y el propio Tolkien. Jóvenes entusiasmados por la existencia, la literatura, las mujeres. Las secuencias grupales de los cuatro están rodadas con brillantez, con diálogos espontáneos, naturales, sin concesiones a la artificialidad.

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El productor del filme, Kris Thykier, afirma que «la amistad para Tolkien era una de las cosas más importantes del mundo y en la película se aprecia por qué la amistad era algo fundamental en su vida y en su obra». Este grupo de amigos tan ingenioso se constituyó en club secreto, Tea Club and Barrovian Society, TCBS, en el que bromeaban, tomaban copas, leían pasajes literarios, reflexionaban sobre la vida. Todo en un ambiente creativo.

La elegancia de la película, el clasicismo de las imágenes y encuadres, la ambientación histórica, reciben la huella del mejor cine británico e hitos como Los amigos de Peter (1991), de Kenneth Branagh; Tierras de penumbra (1992), de Attenborough; Lo que queda del día (1993), de Ivory; o Gosford Park (2001), de Robert Altman.

Junto a la amistad, el amor y la shakesperiana historia que vive Tolkien con Edith Bratt, huérfana como el escritor y devota como John Ronal Reuel del arte en todas sus manifestaciones. La trama amorosa carece del alcance poético y sentimental que sí presenta el grupo de amigos de Tolkien. La Primera Guerra Mundial, donde Tolkien y sus compañeros se alistan en el ejército inglés, provoca la despedida de los dos amantes, que después del conflicto mantuvieron su relación hasta su fallecimiento, a principios de los 70. El guionista, David Gleeson, indica que «hubo un gran romance entre dos almas perdidas que fueron separadas cuando más se necesitaban, únicamente para volver a reencontrarse y lograr que su relación funcionara».

La Gran Guerra (1914-1918) dará el «tajo fuerte» (en expresión machadiana) al entrañable grupo de amigos de Tolkien. Fallecerán Gilson y Smith. Este último fue el mejor amigo de John Ronald Reuel, y Tolkien prologó sus poesías, que se publicaron póstumamente. La escena de Tolkien y la madre de Smith es de una potencia extraordinaria. «Geoffrey era muy bueno, era la vida en todo su esplendor», dice Tolkien.

No es difícil imaginar una tarde de otoño en Oxford, a mediados de los 50. En una sala antigua, dos prestigiosos filólogos, a su vez dos prestigiosos escritores, toman té. Uno se llama John y otro Jack. Quizá hablen de los recuerdos de su infancia, de los amigos que perdieron. Quizá conversen sobre los espacios fantásticos de sus narraciones: Narnia y la Tierra Media. Ellos no lo saben, pero sus libros serán el refugio inmortal donde se guarden los más hermosos sueños de los seres humanos. Porque la imaginación es eterna. 

En 2250, una niña o un señor mayor abrirán un tomo con sus nombres en la portada, C. S. Lewis o J. R. R. Tolkien, para, emocionada o emocionado, ir leyendo las más mágicas aventuras.

Escribe Javier Herreros Martínez

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