El pan de la guerra (3)

  23 Junio 2019

Cuentos para sobrevivir

el-pan-de-la-guerra-0Con mucho retraso llega a las salas españolas, después de pasar hace un año por Netflix, la película de animación The Breadwinner (El pan de la guerra), de Nora Twomey, estrenada en 2017 y nominada a los Oscar 2018, donde compitió con joyas de la talla de Loving Vincent o Coco, la ganadora de esa edición.

Producida por Angelina Jolie, la película está realizada por el prestigioso estudio de animación y televisión irlandés Cartoon Saloon, fundado por la propia Nora Twomey junto a Tom Moore, Paul Young y Ross Murray en 1999. Este es el tercer largometraje de animación del estudio y el primero de Nora Twomey en solitario. Los dos anteriores fueron: El secreto del libro de Kells (2009), dirigido por Moore y Twomey, y La canción del mar (2014) dirigido solo por Moore. Con su exquisito estilo de dibujo animado tradicional, su apuesta por la mitología popular y la sensibilidad poética, Cartoon Saloon ha conseguido que sus tres películas hayan sido nominadas a los Oscar en su categoría, además de ganar varios premios de prestigio internacional.

El pan de la guerra cuenta la historia de Parvana, una niña afgana de once años, que tiene que disfrazarse de chico para sobrevivir en el Afganistán de los 90, dominado por los talibanes. Está basada en la novela juvenil homónima de la escritora y activista canadiense Deborah Ellis, publicada en 2001.

En 1997 Ellis viajó a Pakistán para ayudar en un campo de refugiados afgano y a partir de las confesiones y entrevistas con las mujeres y niñas refugiadas elaboró una tetralogía que se inició con El pan de la guerra (The Breadwinner), continuó con El viaje de Parvana (Parvana’s journey, 2002) y La ciudad de barro (Mud city, 2003), y se completó con Me llamo Parvana (My name is Parvana, 2012).

Con un guión adaptado por el la propia Ellis en colaboración con Anita Doron, Nora Twomey sintetiza el argumento y suprime algunos personajes de la novela en favor de la claridad narrativa, sin perder la intensidad de su mensaje ni el punto de vista femenino de la historia.

La mirada escrutadora de la película es la de su protagonista, una niña ingenua pero inteligente, de once años, a quien sus padres, dos intelectuales comprensivos y progresistas (él profesor de historia, ella escritora), han educado para ser independiente y libre. Un ideal que se verá truncado por la realidad que vive bajo el dominio de un régimen intransigente y cruel, especialmente con las mujeres, a quienes maltrata, impide ir a la escuela, salir a la calle sin compañía masculina e incluso trabajar. Aunque tampoco los hombres sensatos lo tienen fácil.

Instalados en este régimen totalitario, la familia de Parvana sufre las consecuencias de la represión. Viven en Kabul, la capital, sin apenas recursos. Su padre, un mutilado de guerra, menospreciado por tener cultura, se ve obligado a malvender los pocos enseres que les quedan para sobrevivir.   

Parvana, que aún es muy niña, acompaña cada día a su padre al mercado, pero procurando no llamar la atención. Allí su padre, mientras ofrece sus servicios como lector y escribiente de cartas, ilustra a su hija con relatos sobre el pasado de su país en una de las secuencias visuales más hermosas de la película. Con un sencillo flash back de cientos de años se hace un recorrido didáctico —muy creativo visualmente— por la historia del pueblo afgano, desde la conquista por Ciro, rey de Persia, pasando por los sucesivos dominios de Alejandro Magno, los mongoles, los británicos, los soviéticos… hasta la llegada de los talibanes. 

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El antiguo profesor inculca a su hija el valor de la palabra, el poder evocador de la imaginación y la fuerza de los cuentos para sobrevivir en el corazón de las personas con historias que fortalecen el alma y alimentan la memoria cuando todo lo demás desaparece. Un mensaje que Parvana no olvidará.

Cuando el padre es encarcelado de forma injustificada dejando desamparada a su familia —formada por tres mujeres y un bebé—, Parvana se convertirá en el pilar de la casa, procurándoles sustento material, con su trabajo, y espiritual, con sus historias. Como la del niño Suleyman que venció al malvado dios elefante para salvar a su aldea. Un cuento tradicional que, narrativamente, discurrirá en paralelo al argumento de la película como metáfora de su propia situación y la de su pueblo. Un recurso que Twomey utiliza para equilibrar fantasía y realidad, con detrimento de la agilidad narrativa. 

Para poder trabajar, Parvana tiene que cambiar de identidad. Aunque al principio tiene miedo, el encuentro con una antigua compañera de colegio, Shauzia, que también se oculta bajo una identidad de chico, le dará seguridad para asumir su nuevo rol, creando un vínculo entre ellas de solidaridad y cariño que perdurará en el tiempo.

La situación de estas niñas-niños que trabajan pone al descubierto el tema de la explotación infantil, legitimado en este caso por un régimen que lo ampara y avala. A Parvana no le queda otro remedio que trabajar, en ausencia de su padre, pero Shauzia es una niña explotada por su propio padre de quien reniega en varias ocasiones porque la tiene esclavizada.

Mientras que Shauzia sueña con escapar de la tutela de su despótico padre y vivir junto al mar, Parvana emprende un viaje físico y emocional para liberar al suyo, reunirse con su familia y reivindicarse como persona. 

La película trata con mucho tiento temas muy crudos sin caer en la dramatización gratuita y aunque pueda parecer que, en general, su contenido es demasiado reduccionista, no hay que olvidar que es una película para todos los públicos y que su referente es una novela infantil y juvenil (muchos profesores la incluyen como lectura obligada en el programa de primero de la ESO) con un mensaje directo, claro y sencillo cuyo objetivo es cumplir una función divulgativa y pedagógica.

La poética visual de sus imágenes, su tratamiento estético y su mensaje humanista hacen de El pan de la guerra un hermoso cuento antibelicista, crítico y feminista que reivindica la historia del pueblo afgano, su belleza natural, su cultura y mitología frente a la ignorancia y la intransigencia, además de un canto a la familia, la libertad, la amistad, la solidaridad y la esperanza.

Escribe Leo Guzmán

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