Largo viaje hacía la noche (4)

  20 Junio 2019

No es una película, son recuerdos

largo-viaje-hacia-noche-0Largo viaje hacía la noche cuenta la historia de un hombre en busca de un amor perdido, de un recuerdo, de un sueño. En su camino se mezclan pasado y presente, y es precisamente el salto entre esos distintos periodos lo que evidencia algo todavía más importante: la no existencia del tiempo.

A través de los pensamientos de uno de los personajes se nos cuentan las diferencias entre las películas y la memoria. Las primeras están ficcionadas, nos cuentan tramas inventadas, manipuladas y ordenadas de cierta manera. La memoria en cambio es real, son sucesos vividos que se aglutinan caóticamente en nuestra cabeza y nunca se sabe cuándo nos van a golpear. La obra de Bi Gan busca parecerse más a un recuerdo que a un filme cualquiera.

En la película se habla también de lo eterno y lo efímero, de sus símbolos. Pero esa negación del tiempo que propone la propia obra nos da a entender que esos dos conceptos resultan ser el mismo: el todo y la nada. El cineasta chino tiene su mirada en un punto más lejano y ambicioso que contar una simple historia entretenida.

Para transmitirnos esa relevancia de la que se dota a la memoria, el director utiliza unas formas que inevitablemente despiertan ciertas reminiscencias a otros grandes realizadores. Hay algo de Tarkovsky, de Angelopoulos, de Tarr, de Noé y de Reygadas en este filme. El plano-secuencia que se desplaza libremente es la herramienta por excelencia de todos estos cineastas: la manera de seguir incansablemente, de no escapar, de atar.

Debido a lo trascendente que es en esta película el tema de la nostalgia y de lo onírico y también debido al uso de plano-secuencia hay una especial vinculación con Tarkovsky. Y esa relación se puede concretar todavía en algo más: la manifestación de los cuatro elementos. Es de sobra conocido la importancia que daba el maestro ruso a los mismos, a sus representaciones y a su simbología.

Bin Gan también busca retratarlos continuamente, y así lo hace. A través de la bruma y del humo del tabaco se nos presenta el viento. El agua se manifiesta gracias a la lluvia, los charcos, las goteras y otras representaciones. Los mecheros, las antorchas y las chispas de la bengala nos muestran el fuego. Por último, la tierra se representa en el campo, en la naturaleza y en la mina. Todo ello carga la obra de un sentido más complejo y espiritual.

Pero hay otro elemento usado por el cineasta chino que también remite directamente a otro gran director. En este caso es la cámara que vuela, algo que ocurre cerca del final del filme. Esa libertad de movimiento, ese vuelo mágico que nos hechiza cuando pensábamos que el largo plano-secuencia final no daba para más, recuerda al cine de Noé. Y es que el cineasta de origen argentino es un adalid de las florituras imposibles con la cámara.

La relación con Noé se hace también patente a través de la iluminación, de los neones y de sus colores. Todo ello remite al mundo de la noche, de lo desconocido, de la ciencia ficción, de futuros extraños y distópicos como los de Blade Runner o Ghost in the shell.

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Si nos centramos en las localizaciones escogidas, en cómo están ambientadas y decoradas, en sus tonalidades y en su oscuridad de nuevo encontramos una relación con todos los cineastas mencionados anteriormente. Ello se ve además potenciado por el uso de lo alejado de la sociedad, de lo abandonado, de los restos de la civilización. Hay un momento concreto, cuando el protagonista quiere ir al cine, que nos muestra algo que parece ser una antigua nave destruida desde una perspectiva que inevitablemente nos lleva a la iglesia derruida de Nostalgia de Tarkovsky.

Todos los elementos citados hasta ahora en el texto quedan arraigados a una cultura determinada y extraña para los occidentales: la asiática, y más concretamente, la china. Y hay un aspecto utilizado por Bin Gan que ayuda más que el resto para establecer este hecho. Se trata de la música. Esta es usada varias veces y en todas ellas despierta numerosas y curiosas sensaciones.

Cabe destacar los momentos-karaoke, algo que ya hemos visto en incontables películas asiáticas. Y es que el karaoke se ha convertido en un fenómeno que simboliza la posibilidad de desfogarse, de acallar los sentimientos de uno mismo a través de la música de otros y en presencia de otras personas.

Pero Bin Gan guarda para su protagonista un destino diferente y no tan evidente. Él no supera su tristeza gracias a la música, sino gracias a un consejo de su madre: comer una manzana entera, hasta el corazón.

Escribe Pepe Sapena 

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