La tragedia de Peterloo (3)

  18 Mayo 2019

La lucha por una vida mejor

peterloo-1Mike Leigh, con más de 20 películas en su haber, estrena una de sus producciones más ambiciosas de todos los tiempos. Fiel a su condición de director de denuncia social y a ser un cronista de su tiempo y de su país, no podía haber encontrado mejor material que un hecho histórico como el que narra para su nueva obra. En su título ya queda claro de qué va la cosa, La tragedia de Peterloo, que nos llega con casi un año de retraso a nuestro país.

Sorprende sobremanera el planteamiento de Leigh le ha querido otorgar a su último esfuerzo cinematográfico. Tenemos dos horas y media de cinta sobre la mesa pero prácticamente no hay trama argumental, ni mecanismos narrativos que hagan que ésta avance, ni descripción ni psicología de personajes. Lo que tenemos aquí es un acto de desnudar pormenorizadamente la secuencia de conversaciones y debates que llevaron a la masacre que anuncia el título.

Dicha desgracia ocurrió en la plaza de St. Peter's Field, en la ciudad de Manchester un 16 de agosto de 1819, cuando la caballería cargó contra una multitud de unas 60.000 personas de clase trabajadora reunidas en una manifestación para solicitar la reforma de la representación parlamentaria, pedir el sufragio universal y para frenar la tiranía de sus condiciones sociolaborales.

Parece que Mike Leigh estructura su odisea histórica en bloques: empezamos con la presentación de una familia de clase baja como mero hecho anecdótico —lo individual se traslada rápidamente a lo colectivo—; seguimos con las reuniones de la clase obrera para realizar asambleas, discutir los parámetros de sus deseos y poder así formalizar una petición de mejora de sus condiciones.

También sobrevolamos las reuniones internas de jueces y personajes de poder que deciden sobre el destino de los trabajadores y que considerarán un acto de rebeldía y sedición el hecho de manifestarse en un día laboral contra el sistema. Por supuesto, el tramo final es la secuencia que se desarrolla en St. Peter’s Field y que muestra como se desencadenaron los hechos que acabaron con varios muertos y multitud de heridos en ese campo.

Leigh apuesta por un hiperrealismo centra toda su atención en ese reguero de asambleas, discusiones y concentraciones que llevaron a la masificación de Peterloo. Hay momentos en el que parece que uno de los personajes esté sermoneando directamente a la cámara acerca de los acontecimientos, las injusticias o las posibilidades para los menos favorecidos. Es como si el espectador estuviera entre la muchedumbre escuchando a uno de los cabecillas de la protesta proreformista.

Se trata de una cinta en la que uno debe entrar. El espectador debe imbuirse y beberse las palabras de los personajes para conseguir ser parte de los acontecimientos. En caso contrario, ay del que no entre, pues se trata de una película deliberadamente larga, ralentizada e intencionadamente didáctica que pone a prueba la paciencia y que demanda un esfuerzo académico al espectador.

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Leigh muestra pero no participa, alecciona desde el rigor histórico y no desde el compromiso. Como si estuviéramos atendiendo una clase magistral de historia en la que sólo se describen de forma dilatadísima los hechos, no se juzgan. Prima la palabra y el discurso sobre las emociones o la pulsión dramática. Hay una acusada ausencia de música, también de intenciones estéticas o de momentos efectistas que distraigan de la intención primera de la obra, aunque  a su vez todo el diseño de producción sea simplemente soberbio.

Todo en la cinta es admirable: su ambientación, su planificación, su equipo interpretativo y su voluntad de resultar trascendente. Mike Leigh usa de nuevo unos planos pausados, perfectamente encuadrados y milimétricamente medidos, para nada gratuitos, con una iluminación y una colorimetría que endulzan la visión. Son momentos bellísimos que evocan la composición de auténticas piezas costumbristas y que contribuyen a esa tranquila dilucidación de los hechos.

Peterloo es una de esas obras que se antojan importantes y que además revelan grandes paralelismos con nuestro tiempo presente. En tiempos de cine plagado de fuegos artificiales, dragones y mazmorras, Leigh sigue fiel a sí mismo, filmando cine útil, riguroso y de una pulcritud difícil de encontrar en estos días. Lo que desde aquí encontramos más que loable.

Escribe Ferran Ramírez


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Mr. Turner

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