Vengadores: Endgame (2)

  13 Mayo 2019

Digno epílogo

vengadores-endgame-1Acudía sin mucho entusiasmo al visionado de un estreno largamente postergado. Hube de hacerme a la idea de contemplar tres horas de batallas heroicas plenas de CGI en las que, normalmente, no se sabe muy bien qué está pasando en pantalla.

Tres horas que también son disuasorias para un padre que acude con sus hijos pequeños, puesto que —no nos engañemos— estas películas pueden en cierta manera tener un target en adultos nostálgicos de la edad de plata de cómic, pero no pueden convertirse en las más taquilleras sólo gracias a éste. La mayor parte de su público ronda la primera adolescencia o la última infancia, y en ocasiones los más jóvenes de todos esos apenas alcanzan la decena de años. Tenerlos sentados en una sala de cine durante 180 minutos es una hazaña equiparable a vencer a Thanos.

Y ahí estaba yo, con mis dos vástagos, ambos menores de diez, dispuesto a torcer el espacio tiempo en una sala oscura para que no se durmieran o comenzaran a saltar en la butaca.

La verdad, no confiaba en que los hermanos Russo pudieran ayudarme. Revisitando Infinity War hace dos días para poner a la familia en antecedentes, conseguí sentirme más decepcionado incluso que la primera vez que la vi. Y eso que ésta duraba media hora menos que Endgame.

Pero he aquí que la última entrega de Los Vengadores empieza con una escena robada, un pequeño fragmento con Ojo de Halcón que bien podría haber pertenecido a su predecesora, pero que se ha ocultado hasta el final para poder retomar el drama familiar exactamente con la misma tensión con la que nos atenazó el final de Infinity war.

Es una buena manera de comenzar un prólogo que se alarga durante varios minutos: la Tierra, más que diezmada, no se adapta a la catástrofe. Los seres humanos no superan la pérdida y los pasajes cuasi apocalípticos —algo más y menos a la vez que apocalípticos, dado que no todo el mundo desaparece, pero el mundo en sí no será nunca más como lo fue— se apoderan de la pantalla y del ánimo del espectador.

Casi daría para una película —o una serie como The Leftovers— el hecho de explicar esta adaptación al nuevo estado de cosas, pero los hermanos Russo tienen bastante con un estadio vacío y una terapia de grupo, haciendo de la síntesis una de las virtudes que no les atribuíamos como realizadores.

Enseguida nos damos cuenta de que la cosa va para más intimista, menos ajetreada, un poco más adulta. No sé si asustarme por mis vástagos, que sin embargo se dejan atrapar por la propuesta y no rechistan en su asiento.

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Tras el interesante prólogo, la película se pone manos a la obra. Se recuperan los personajes que, vivos o atrapados en dimensiones extrañas, deberán deshacer el entuerto de Thanos. La película baja aquí algunos quilates, pero se mantiene en un estable sosiego, salpicado por algunas escenas de acción sorprendentes, que llegan antes de lo esperado y con conclusiones del todo inesperadas. Un primer acto se cierra y se abre el segundo, más convencional, menos trabajado, pero no exento de cualidades. Veamos.

Este nuevo episodio discurre por los cauces habituales: alta tecnología aplicada a los viajes en el tiempo y al control de fuerzas titánicas. Como es de esperar, algunas paradojas temporales empiezan a tomar cuerpo, y no todas pasan de ser meras fantasmagorías. La virtud de la película, en este sentido, es hallar el equilibrio entre lo desconocido y lo posible; las propuestas de los más grandes científicos de la saga hallan la verosimilitud en el ignorabimus: dado que no sabemos prácticamente nada sobre las leyes de la física a niveles cuánticos, aprovechemos ese vacío para rellenarlo como queramos.

Es muy posible que las teorías que aquí se explican sean falsas, pero nadie puede probar tal extremo. Científicos y espectadores coincidirán en el diagnóstico: compramos la suspensión de la incredulidad en este aspecto. Es lícito jugar a este juego en una película fantacientífica, en la que hasta dioses y animales parlanchines transitan por la pantalla sin que medie más explicación.

El problema es que la mítica narrativa que refiere a los viajes temporales es ya muy conocida por el gran público. La película entra en terreno resbaladizo en más de una ocasión, y no siempre evita la costalada. No obstante, deben señalarse dos virtudes al respecto.

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La primera es el recurso a la tradición cinematográfica: un recorrido por las películas y series de viajes en el tiempo apela al cine dentro del cine, pero también a nuestra comprensión sobre lo que sean las paradojas temporales. Un intento de cubrirse las espaldas, a veces afortunado, otras aventurado, consigue que dejemos de pensar en las posibles objeciones durante algunos minutos. Hay que conceder ciertos logros, y el reconocimiento al esfuerzo por no dejar cabos sueltos.

Sin embargo, hay aquí algunas torpezas inexplicables, que van más allá de la plausibilidad de las teorías, concesiones a la estética que dinamitan el rigor científico. Pero también debe señalarse que algunas aparentes aporías —las interferencias de Nébula o la extraña aparición final de Rogers— no son más que faltas de explicación de cómo se llega a esas situaciones, antes que paradojas temporales propiamente dichas. Bien explicadas, algunas fallas de la película podrían desaparecer como la mitad de la humanidad tras el chasquido de Thanos.

En segundo lugar, el cultivo de un humor del que no creíamos capaces a los Russo combinado, de nuevo, con el recurso a clásicos cinematográficos. Maravillosa es la explicación escatológica —orines mediante— de la paradoja del envejecimiento/rejuvenecimiento temporal de Ant-Man. No menos conseguido está el homenaje a El gran Lebowsky de los Coen, con un personaje que incluso viste sus mismos chaquetones de punto.

Algunos no podemos dejar de pensar que aquí esté presente la mano de Taika Waititi, realizador de Thor Ragnarok, la más humorística de las películas de la saga, pero también personaje en el pedregoso cuerpo de Korg. Sea o no así, no creo que los Russo hayan podido resistirse a un talento como el suyo y me gusta especular sobre su posible participación en algunos chistes. Chistes que equilibran los momentos dramáticos y pequeños guiños que introducen en guiones milimétricos la posibilidad del azar: créanme si les digo que en las pequeñas patas de una rata se encontraba el destino del Universo Marvel.

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¿Y más allá de sus innegables virtudes, hay algo que señalar en el debe de la conclusión de estos Vengadores?

Naturalmente, aunque en contra de mi costumbre, suavizaré un tanto el apaleamiento.

Muchas de las objeciones deben apuntar hacia la propia naturaleza de la película: es un entretenimiento sin grandes pretensiones intelectuales, que juega con nuestra concesión a lo puramente fantástico. Encontraremos pues trucos de mano inverosímiles, algún deus ex machina medianamente justificado y recursos a la lágrima fácil que podrían haberse evitado, sin negar la necesidad del componente dramático.

Como siempre, hay peleas y batallas sobredimensionadas, aunque cabe señalar que menos de las acostumbradas, y competiciones entre los propios héroes para ver quién es más héroe. También los típicos planes ejecutados en segundos que se cumplen casi a la perfección sin ensayos...

Pero todos estos problemas encuentran siempre un atenuante: los planes que siempre salían bien encontrarán dificultades que los estropeen —abriendo así la posibilidad de nuevas películas que retomen esos hilos—, los héroes sin vocación de serlo cerrarán profecías autocumplidas —dando una sensación de predestinación que casa perfectamente con el espíritu del filme— y las peleas no pueden faltar en una historia de superhéroes, aunque muchas conduzcan a derrotas inesperadas.

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Las verdaderas fallas de la película se encuentran en su propia grandilocuencia e hipertrofia: una película coral que a veces no atiende adecuadamente a sus solistas. Personajes que quedan desdibujados —como Starlord, Black Panther o Capitana Marvel—, líneas argumentales que se pierden, olvidan o menosprecian —esa maravillosa introducción sobre el mundo post-Thanos no se ve compensada con una adecuada contrapartida final—, y esa sensación de que hay héroes de primera y de segunda en un universo que merecería un mayor equilibrio.

El ejemplo es el de los dos héroes que comparten una misma dignidad, Thor y el Capitán América, que no son igualmente dignificados: Rogers aparece tan plano en su magnificencia que cabe dudar de su humanidad; el dios Thor, tan cercano y frágil en su grandeza, se nos muestra paradójicamente como más humano, menos perfecto. Y sin embargo la película parece poner de ejemplo más al uno que al otro. Quizá un detalle de chauvinismo impropio de una gran saga «universal» que por momentos se vuelve demasiado «nacional». Rogers no tiene defectos, no tiene matices, como sí lo tienen casi todos los otros héroes. A veces esto parece más irreal que hacer desaparecer a la humanidad con un chasquido de dedos.

En fin, lo mejor que puede decirse de esta entrega es que no parece durar tres horas. Mis hijos la vieron entera pegados al asiento y no se quejaron en ningún momento. No es poco triunfo para quien acude a un espectáculo dudando si será coherente con su propia naturaleza de entretenimiento básico. Tampoco el hecho de que uno se devane los sesos durante un buen rato después, entre quienes la han visto, para ver si sus teorías son coherentes y sus fallos son realmente fallos.

Les dejo a ustedes ese trabajo. A veces, lo mejor de una película es poder comentarla con los amigos.     

Escribe Ángel Vallejo


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