UN POCO DE CHOCOLATE (0)

  11 Mayo 2008
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Título original: Un poco de chocolate
País, año: España, 2008
Dirección: Aitzol Aramaio
Producción: Tusitala producciones y Mundo Ficción
Guión: Aitzol Aramaio y Michel Gaztambide, basado en la novela "Un tranvía en SP" de Unai Elorriaga
Fotografía: Gonzalo F. Berridi
Música: Bingen Mendizábal
Montaje: Fernando Pardo
Intérpretes:

Daniel Brühl, Héctor Alterio, Julieta Serrano, Marián Aguilera, Bárbara Goenaga, Gorka Otxoa, Ramón Barea

Duración: 96 minutos
Distribuidora: Aurum
Estreno: 30 abril 2008

Los males del cine español
Escribe Mister Arkadin

unpocodechocolate1.jpgLa vejez y la enfermedad

Estamos ante una película más, de las muchas que nos han llegado recientemente, sobre la vejez, la demencia senil y el Alzheimer. Las hay para todos los gustos desde que abriera la veda Antonio Mercero con ¿Y tú quién eres? (2007). Luego, y con mayor implicación en el tema, y más calidad, han aparecido Lejos de ella (2007), el debut de Sarah Polley, limitada e imitativa película de otros varios autores (Bergman sobre todo) o La familia Savages (2007) de Tamara Jenkins, quizá la mejor y la más personal de todas las películas que han echado últimamente la mirada sobre el tema.

Sin relación con la enfermedad o la demencia senil, pero sí incidiendo en el tema de las etapas (o su acercamiento a ellas) de la vejez, se encuentran dos filmes recientes muy interesantes: Mil años de oración (2007) de Wayne Wang, con la mirada puesta en Cuentos de Tokyo (1953) de Ozu y París Texas (1984) de Wenders, y Elegy (2008) de Isabel Coixet, una película que ha alcanzado simpatías y rechazo a partes iguales entre la crítica. Personalmente me encuentro entre los defensores de esa obra de la directora de A los que aman (1998), a pesar de no compartir el planeamiento light utilizado para las escenas amorosas, aunque la película, al contrario que la novela de Philip Roth en que se inspira, no se centre exclusivamente en una ilimitada sexualidad.

Todos los títulos anteriormente citados muestran la vejez como una especia de bajada a los infiernos, al tiempo que, en varias de ellas, el descubrimiento por parte de los personajes de “su edad” física (en algunos casos no coincidente con la “mental”) sirve como forma de enfrentarse a su propia vida.

Hay otro punto en común, en casi todos estos filmes, y se corresponde a la dificultad de crecer de sus protagonistas. A pesar de los años que tienen, y aunque sean famosos, cultos e intelectuales, muchos de esos personajes son infantiles. Su existencia no ha llegado a la madurez precisa. Hay un distanciamiento entre la edad real y su actuación o forma de comportarse.

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Realidad y ensoñación

El primer largometraje de Aitzol Aramaio parte de la novela de Unai Elorriaga Un tranvía en SP, premio nacional de narrativa. No he leído el libro. En realidad no debe darse excesiva importancia cuando se hace el análisis de una película que se basa en otra obra (novela, teatro..). Una cosa es un libro y otra, diferente, es una película. Que se tome como punto de partida una determinada obra es tan válido como que el filme se base en un guión original. Lo que realmente interesa juzgar es aquello que vemos en la pantalla. Y, en el caso concreto de este filme, lo que vemos es una nadería.

¿Lo que se nos propone (en todo, o en parte) es la ensoñación de un anciano que mezcla los hechos de su vida pasada con el momento en que vive? Al parecer el personaje principal, Lucas (Héctor Alterio) tiene fallos de memoria, con clara tendencia hacia el Alzheimer. Y digo parece porque la película, al estar potenciada por la “impuesta” interpretación del actor, no lo deja suficientemente claro.

unpocodechocolate2.jpg¿Son los toques surrealistas del filme producto de la imaginación de Lucas? Y no lo digo exclusivamente por su búsqueda (por el camino de los recuerdos) de la mujer que amó en el ayer y que ya ha fallecido. No, a lo que me refiero principalmente es a esa pareja de jóvenes protagonistas. Nunca sabemos cuál es el mundo del que forman parte. Al parecer (¿en la mente de Lucas?) el joven ha entrado en la casa, mientras Lucas y su hermana María (Julieta Serrano) estaban en el hospital, y ahí se ha quedado “pues creía que estaba deshabitada”. El joven es Marcos (Daniel Brühl), que se dedica, como único oficio y beneficio, a tocar el acordeón en la plaza de un pueblo. Un lugar que parece ante todo un escenario teatral. Allí es “mirado” amorosamente (y a distancia) por una joven que vive al lado de la plaza. Sitio donde a su vez, claro, se encuentra la casa donde habitan los dos hermanos. 

En los recuerdos de Lucas se pasa revista al ayer, como si fuera hoy. Por allí aparece el  tranvía (no el de la Malvarrosa) donde el protagonista-narrador de la historia (nuestro Lucas) parece que conoció y comenzó a amar a su enamorada. Y también, por allí, por los diferentes lugares del pueblo aparecen –desde el ayer– los amigos con los que se convivió, algunos ya muertos (¿o quizás todos?). Pero sobre todo en el presente y desde el pasado emerge quien murió siendo joven.

En el reino de la utopía

unpocodechocolate3.jpgSe supone que el filme transcurre en el País Vasco, pero las localizaciones parecen de (mala) opereta. Estamos en un pueblo feliz donde todos se conocen y donde no existe problema alguno: es el reino de la utopía. No quiero indicar con ello que deban introducirse imágenes que refieran, por ejemplo, parte de la realidad vasca.

La película no va por ahí, ya que opta por una narración dominada por la estructura de un cuento amable abundante en lugares bellos o tendente a buscarlos. Sería en cierto sentido como el intento de encontrar o recrear una especie de reino feliz. Personal o real. Centrándose en la nunca realizada ascensión, pero siempre soñada, al mítico pico SP (de ahí el título de la novela). Un lugar tan lejano como imposible que sustituye Lucas por la subida de las “largas” escalinatas que hay en la localidad: el lugar más cercano que se tiene a mano (o a pie) para entrenarse (o entretenerse) antes de llegar a la cumbre soñada y nunca –claro– alcanzada.

En este filme el chocolate resulta muy edulcorado y poco elaborado. Las materias primas no han sido buenas. Su director proviene del campo de cortometraje, donde logró cierta notoriedad con Terminal (2003). También ha realizado videoclips y trabajado en televisión. Si no supiéramos nada de eso, supondríamos que Un poco de chocolate es su primer “encuentro” con el cine. Su primer largo, desde luego, plantea serias dudas sobre su labor, ya que el filme es prácticamente nulo en todos los aspectos. A lo largo de su desarrollo se muestra incapaz de sugerir, de comunicar, de contar con claridad una historia. De darle un tinte que se acomode a lo que se intenta narrar.

La película transcurre desde una ilógica no querida. Nada de lo que allí ocurre nos llega. Estamos en una tierra de nadie oscilante entre la realidad, el cuento y la poesía. Todos los personajes acaban por ser marionetas que se mueven, hablan, accionan de forma mecánica a las ordenes del realizador. No hay peor cosa que ver naufragar a buenos actores (Hector Alterio, Julieta Serrano). Sus gestos, sus movimientos no son naturales. Ni los de ellos, ni los del resto de actores que les acompañan. Cuando una mano se agita, un personaje hace un determinado gesto o movimiento parece que se siguen ordenes precipitadas indicadas en el mismo momento que son tomadas. Las actuaciones carecen de matices. Aparecen precipitadas, falsas.

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Un problema de credibilidad

Si se nos ha querido hablar de un mundo de “fantasía” personal no se ha sabido comunicar ese sentido, como tampoco se logra transmitir la vejez/enfermedad de Lucas. Las secuencias transcurren a su aire, de acuerdo a exigencias de un forzado guión. Se procede a valorar momentos sin el más mínimo sentido o interés dentro de lo que se cuenta. Los personajes principales o secundarios actúan para la cámara sin que en la pantalla “vivan” las acciones que deben ejecutar o aquello que les ocurre.

Para comprender lo que acabo de decir, bastaría con recordar el “concurrido” parque o plaza del pueblo, las reacciones de la joven enamorada, o escenas como la que transcurre en la habitación del hospital donde está Lucas. En un momento del filme, María, su hermana es requerida por el médico que visita al enfermo, para hablar solos los dos en el pasillo. ¿Asunto importante sobre la salud de Lucas? ¿Acaso tiene los días contados? En realidad, nada de eso. Tanto misterio es simplemente para comunicarle que su hermano debe saber que ya es hora de dejar el hospital y volver a casa. 

Puede ser que el juego entre mundos (el real, la memoria, lo irreal) funcione en la novela, pero en la película jamás se integran los diferentes niveles temáticos. Se echa mano, para mostrar hechos del ayer, de los recursos que Bergman aplicara con mano maestra en la maravillosa Fresas salvajes (1957): volver al pasado implica que quien recuerda tenga la edad actual mientras que los personajes conocidos del ayer mantengan la edad de entonces. Pero en Un poco de chocolate este recurso se aplica mal, incluso, de forma equivoca.

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Planificación estática

La inflexión más baja del filme corresponde a su realización. Sería interesante que el director viera varias veces 4 meses, 3 semanas y 2 días para comprobar cómo debe manejarse una secuencia en la que hay varios personajes tomados (u observados) con cámara quieta. En el filme rumano citado serían ejemplares, entre otras, la secuencia de la cena en casa del novio de una de las protagonistas, o la escena final, entre las dos amigas en la mesa del restaurante. En ambos casos la cámara permanece quieta. Son los personajes quien con sus movimientos, conversaciones entrecortadas o gestos configuran el momento de forma magistral.

Aquí ocurre lo contrario. Se opta por un tipo de plano estático para narrar ciertas secuencias pero se olvida que para conseguir efectividad, que la secuencia funcione, se necesita manejar muy bien a los actores y clarificar la puesta de escena en función de ellos, de sus movimientos. Un plano estático en cine no tiene que llevarnos a suponer que estamos asistiendo a una obra de teatro. Pero en Un trozo de chocolate tal estatismo ni siquiera llega a ser teatro.

Hay dos secuencias, entre otras, que muestran lo mal que está dirigida la película (mal construidas, torpemente encuadradas, equivocada en la forma de interpretar). La primera refiere una reunión de los cuatro personajes principales en la cocina. En la segunda tal “reunión”, donde se entremezclan personajes vivos y muertos, se desarrolla en (y frente a) un banco de un camino. En ambas el error es el mismo. Se ejecutan acciones sin importar cómo se llevan a cabo, y lo que es más grave, en ellas los personajes se agrupan para quedar dentro del encuadre. En la segunda secuencia este hecho se clarifica mejor en el baile de los personajes: la cámara sigue estática y los personajes hacen esfuerzos para volver a entrar en el encuadre.

Triste película, más por la pobreza de su realización que por lo que cuenta. Una narración, en definitiva, utópica zigzagueante por los caminos de una mente perdida que confabula la pobreza de los medios con lo que intenta narrar.

Pocas veces el cine español se ha mostrado en estos últimos tiempos tan falto de imaginación, incluso para dirigir medianamente a buenos actores. Un fiasco absoluto.

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