Leto (3)

  04 Mayo 2019

Tributo a la juventud perdida

leto-1La consolidación de la joven democracia rusa tras la implosión de la URSS ha alcanzado su culminación en la figura del antiguo KGB Vladimir Putin, a la sazón, y de manera sucesiva e intercambiable, presidente o primer ministro, según convenga para no infringir formalmente la legalidad constitucional.

La legitimidad de la figura del antiguo espía discurre en paralelo con la propia justificación del total(itarista) sistema postsoviético, de tal modo que una aureola de nacionalismo ruso abarcador e integrador, polimórfico, está en la base de esa apelación al antiguo esplendor imperial (tanto el zarismo como el estalinismo) y a sus intentos de revitalización.

De ahí que el cine ruso de las últimas décadas se sitúe críticamente frente al ideario nacionalista y autocrático del maquiavélico (Ras)Putin —sería el caso de Andrei Zviaguintsev, que con Elena (2011), Leviatán (2014) o Sin amor (2017) ofrece una desoladora radiografía de la Rusia postsoviética, devastada moralmente por los estragos del nuevo mundo post URSS)— o, bien al contrario, acepte la tarea de forjar un hilo conductor en la diacronía rusa que sirva de embaste a los diferentes sistemas políticos que se han sucedido sobre la vasta estepa y que glorifique y apele a una pretendida alma rusa como argamasa que ensalza la historia pasada y su continuidad en el presente —Andréi Konchalovski y su labor desde la ya lejana Siberiada (1979) hasta las más recientes El cartero de las noches blancas (2014) o Paraíso (2016). Entre medias, el formalismo de Sokúrov, con El arca rusa (2002) —un plano secuencia que narra la historia de Rusia en los dos últimos siglos— o con Fausto (2011).

En este contexto de construcción de un relato para la Rusia de Putin de 2019 se sitúa Leto (Verano), un esforzado tributo a los pioneros soviéticos, a los músicos vanguardistas, a los jóvenes roqueros que intentaron asimilar los nuevos aires contraculturales occidentales en mitad de las boqueadas agónicas de la URSS de Breznev.

La palabra tributo se aviene bien a lo que contemplamos en la pantalla: un pulcro ejercicio formalista por poner en pie toda una época (la ciudad de Leningrado en los primeros años ochenta del siglo XX), unos aires de transformación y retratar a los protagonistas de dicho (fútil) movimiento de renovación musical, claro precedente y antecedente político de la posterior perestroika política que pondría en marcha Gorbachov, cuyo recuerdo en la Rusia actual va asociado al sambenito de máximo culpable de la debacle del poderío ruso-soviético-imperial (Katastroika es el nombre con que ha sido bautizada por los nativos la reconstrucción de Gorbachov) que Putin et alia están intentando resucitar.

Este formalismo estilístico recurre a una rutilante fotografía en blanco y negro (la sombra de Pawlikowski e, incluso, de Cuarón) que intenta ser un remedo no ya del referente histórico, sino del modo de representación de dichos años ochenta: parece ser que el blanco y negro se aviene estupendamente como metáfora de la mediocridad reinante en los sistemas políticos autoritarios (el telón de acero, la URSS, el franquismo…), amén de aportar un plus de autenticidad y de memoria histórica por su carácter documental.

No obstante, el carácter posmoderno del filme cuestiona dicho procedimiento desde su interior evidenciando su carácter retórico a través de un personaje que ejerce de conciencia crítica incómoda o Pepito Grillo inconformista que interpela a los protagonistas cuando renuncian a explayarse en sus propias potencialidades mediante la autocensura o el conformismo, y que también apostrofa directamente a la cámara-espectador a modo de intromisión de un fautor que subraya la enunciación y dirige la lectura-interpretación de las imágenes que estamos contemplando.

leto-3

Junto a este glosador, se sitúa una especie de periodista que graba constantemente con una cámara todos los conciertos y reuniones, lo público y lo privado, del grupo de amigos en un afán documentalista que busca dejar (construir) huella en la posteridad, acumular material para los anales y levantar acta notarial de la fundación, muy a la manera del modus operandi que la industria musical inauguró con los héroes del pop y del rock y que continúa en nuestros días.

Dichas imágenes grabadas se nos ofrecen en formato de proyección vetusta y granulada y en color, a modo de reversión del propio discurso: las imágenes reales-documentales-verdaderas aparecen con el cromatismo verdadero, siendo el blanco-negro el refugio de la realidad ficcionalizada.

Otro resorte que resquebraja el discurso realista, la mera copia o reflejo historicista, es la concurrencia de varios lip dubs que escenifican grandes éxitos de la época a la que se está homenajeando (Talking Heads…), guiño al género musical que son coreografiados en el vagón de un tren, en un trolebús urbano y que son interpretados por estereotipados homini sovietici, por gente normal y corriente de los años ochenta, lo cual ofrece un marcado contraste entre el enunciado libertario de las letras de las canciones y la severidad soviética (gestos, rostros endurecidos y recriminadores) de la enunciación, de los intérpretes amateurs.

El mencionado jefe de pista-conciencia andante nos enfatiza que esto no fue, no ocurrió: el escapismo de género musical no es el objetivo perseguido. La mención e intertextualidad a la música celebrada es abrumadora: desde los ya mencionados Talking Heads hasta David Bowie, pasando por Iggy Pop, The  Velvet Underground, Blondie, Lou Reed, T-Rex, Sex Pistols, Duran Duran, The Doors…, cuyas letras son utilizadas para caracterizar los anhelos de libertad y de creatividad, la angustia existencial y el malestar de los propios y bisoños creadores soviéticos, émulos de sus divinizados ídolos occidentales.

leto-4

La preeminencia de este apartado específico, de este código musical, será degustado por los connoisseurs, pero el constante regodeo también puede expulsar a los menos avezados críticos. La reivindicación de estos grupos originarios de la contracultura occidental por sus adlátares soviéticos nos pone de manifiesto una globalización avant la letre, para la cual no existían ya fronteras ni aranceles ideológicos. Dichas manifestaciones culturales no eran bien vistas por las autoridades comunistas, que las consideraban propias del desviacionismo ideológico, degeneradas, traidoras a la patria, pues aún se apostaba por una concepción del arte redentor de la clase obrera, provechoso y útil, popular.

Gran parte de la historia se desarrolla en un espacio creado ad hoc por el propio sistema para encauzar y controlar la rebeldía juvenil: una casa del rock en Leningrado, en la que un comité censor decidía qué grupos y artistas podían actuar y cuáles no. Las actuaciones contaban con una especie de vigilantes-acomodadores que impedían y reprimían cualquier atisbo de entusiasmo desbordado por parte de los contenidos espectadores. Nuestro protagonista formará parte de dicho comité y de la dirección del centro, pues su actitud ante las autoridades se caracteriza por cierto posibilismo (ídem bajo el franquismo español) frente a una actitud más transgresora y rupturista.

Argumentalmente, este rendido homenaje se articula a través de un triángulo protagonista muy a la manera de los triángulos de la nouvelle vague (al fin y al cabo la producción es francesa y el filme se exhibió en Cannes), propiciando el enamoramiento de la chica casada con el músico protagonista (una réplica de Jim Morrison y de Lou Reed, con sus gafas de sol y su pelambrera) de un nuevo artista de marcados rasgos esquimales, frente al cual el remedo de Morrison-Reed adoptará el papel de maestro admirado por el discípulo principiante, maestro que le marcará las pautas artísticas para progresar adecuadamente y que no entorpecerá, antes bien, dará su beneplácito al affaire de su esposa, en una apuesta por la sinceridad absoluta, propia de verdaderos roqueros.

Estos dos vectores argumentales —más la exhibición sesgada del vivir cotidiano en los hogares y en las calles soviéticos— se resienten de cierta inconsistencia, de cierta epidermis dramática, de cierto desfallecimiento frente al ritmo y la tensión de las actuaciones musicales, las reales y las fantaseadas. Hay cierta satisfacción, complacencia, en la propia mirada del director.

leto-5

Valga señalar que el dolor provocado por el trío durará poco, pues el orden conyugal se recompone. La elipsis del adulterio es posteriormente mostrada para resaltar que no sucedió prácticamente nada, un mero escarceo adolescente, un beso, un simple pasear cogidos de la mano, aunque el marido desplazado y sufriente es consciente de que dicha levedad es la más pesada.

Los personajes se desenvuelven en sus conciertos públicos y en las actuaciones privadas, en petit comité, para la intelligentsia de la ciudad, abierta a las últimas novedades artísticas (algo muy francés). Los excesos de los protagonistas: fumar tabaco negro, fumarse algún porro esporádico y beber constantemente vino resultan enternecedores cuando la mayoría de sus admirados ídolos habían sido unos politoxicómanos, algunos enterrados por su adicción a la heroína, y cuando la sociedad rusa-soviética sufre la pandemia del alcoholismo, de la ingesta desmesurada de vodka.

También es candoroso el hecho de mostrar a una estrella de rock soviética felizmente casada, con un bebé por el que se preocupa, con una familia integrada… todo lo opuesto al modus vivendi de sus admirados modelos. Quizá sea esa la idea, reivindicar el candor de unos tiempos que ya no volverán, la inocencia de una sociedad que pronto iba a ser devastada por un capitalismo salvaje y feroz.

Aunque la cima de la nostalgia, el tono elegíaco tendrá un carácter universal: la fugacidad de la juventud y de los sueños que la amparan. Ambos protagonistas masculinos morirán tempranamente (1990 y 1991), como sus ídolos, precisamente cuando el derrumbe de la URSS estaba a punto de materializarse y la libertad estallaría con todas sus consecuencias en la estepa rusa.

Ese aroma anhelado y juvenil de libertad imposible, ese verano mitificado y literaturizado, es el que quiere trasmitir este filme, tributo a una época y a un modo de encarar la vida perdidos y, por tanto, recreados mediante el cine.

Escribe Juan Ramón Gabriel

leto-2