Buñuel en el laberinto de las tortugas (5)

  30 Abril 2019

Un viaje a las entrañas de la pobreza

bunuel en el laberinto-1Salvador Simó ha construido una película fundamental para comprender quién fue ese gigante de la cultura española llamado Luis Buñuel. El largometraje animado Buñuel en el laberinto de las tortugas, basado en la novela gráfica de Fermín Solís, aborda una de las épocas creativas que menos se conocen del cineasta aragonés. Nos referimos a los años 1932-1933, cuando rodó un documental decisivo para su historia personal y artística: Las Hurdes, tierra sin pan.

Antes de ese período, Buñuel se había erigido en uno de los surrealistas más importantes de Europa, dejando su huella inmortal en el París de finales de los 20 y principios de los 30. Tras la Guerra Civil, con la derrota republicana, llegará el exilio: México, la luz de Galdós, la mezcla de realismo y fantasía, la genialidad con obras humildes, y después Francia, Carrière, el ascenso a la leyenda, el triunfo en los Oscar, el reconocimiento internacional.

¿Por qué Luis Buñuel se acercó a esa zona de Extremadura repleta de miseria? ¿Qué supuso rodar en directo la pobreza, la desolación, el dolor? ¿Qué valor histórico tuvo y tiene este documental? ¿Qué le impulsó a adentrarse en la desesperación de un pueblo?

Simó, muy fiel al cómic de Solís, plantea la película intentando conjugar al Buñuel humano con el Buñuel cineasta. Las Hurdes, tierra sin pan es un proyecto conjunto entendible desde la amistad entre Buñuel y Ramón Acín, un intelectual de Aragón. Y es esa extraordinaria amistad la que vertebra el filme, mucho más que otros aspectos artísticos o biográficos.

Uno de los grandes méritos de Buñuel en el laberinto de las tortugas es acercarnos a Buñuel de una manera honesta, sin grandilocuencias, con esa sabia mezcla de admiración y humor (a este respecto, son magistrales las escenas correlativas en las que Luis y Ramón, después de beber chatos de vino, arrojan los vasos hacia atrás, rompiéndose los mismos en el suelo). Dos amigos muy distintos entre sí, pero que se estimaban mucho. Acín, más serio, responsable, marido, padre. Buñuel, extravagante, atrevido, rebelde. Buñuel y Acín, Acín y Buñuel, tan diferentes, pero tan complementarios.

Tras el estreno de La edad de oro en París, en 1930, un fotógrafo francés entregó a Buñuel un libro sobre las Hurdes, una zona cacereña que vivía en unas condiciones paupérrimas. Buñuel, creador progresista, se interesó por esa región que, en el fondo, simbolizaba la pobreza del pueblo español que, en pleno siglo XX, aún mantenía rasgos de otros siglos. La edad de oro y Un perro andaluz (1929) habían demostrado el talento de Buñuel, un puntal del surrealismo a la altura de Breton, Éluard, Tzara.

La peli de Simó expone con audacia y brillantez cómo Buñuel fue marginado por los sectores más conservadores de la sociedad francesa, incapaces de tolerar a un genio rebelde. Incluso el Vaticano criticó frontalmente el cine de Buñuel. En esta coordenada vital, decide volver a Aragón, con la idea de encontrar financiación para rodar el documental sobre las Hurdes.

En un golpe de azar, típico del surrealismo —Buñuel dijo en su libro memorias, Mi último suspiro (1982), que el azar estaba presente en todo; el cineasta pensaba que, después de la muerte, el azar también nos llevaría a lo desconocido— un boleto de lotería que compra Acín resulta premiado, y la pareja de amigos consigue así el soporte económico necesario para el proyecto documental.

A Acín y Buñuel, en el rodaje en tierras extremeñas, les acompañan dos compañeros franceses, uno de ellos el fotógrafo que puso a Buñuel en contacto con las Hurdes.

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Durante las semanas de grabación, Simó alterna imágenes del propio documental de Buñuel, con un blanco y negro teñido de dramatismo, y escenas de animación. Otro gran acierto de Simó viene en recrear de forma excelente el universo creativo de Buñuel. Un cineasta grandioso que quiso acercarse a una realidad descarnada, pero sin perder las huellas surrealistas que recorrieron toda su obra.

En este sentido, son magistrales las escenas oníricas de Buñuel, que sueña con enormes elefantes, mariposas amarillas, arácnidos y gallinas que lo persiguen. Un mundo lleno de magia que anticipa la esencia de películas imperecederas como Belle de jour (1967) o El discreto encanto de la burguesía (1973), esta última como síntesis de todas las obsesiones artísticas de Buñuel y de la dimensión sociopolítica de su cine.

Hacia 1932, las Hurdes era una región muy pobre de Extremadura, formada por cincuenta y dos pueblos con un total de 8.000 habitantes. Buñuel tomó contacto con en esa realidad tan dura: vio las enfermedades, la desnutrición, la muerte. La II República, a pesar de ser un gran sistema democrático y progresista, no llegó a estas zonas, y ahí pudo estar buena parte del descontento de las personas más humildes de España con un Gobierno que pensaban que les ayudaría. Por lo tanto, las Hurdes es una metonimia de todos los espacios españoles sumidos en la pobreza.

Con mucha destreza, Simó nos revela cómo era Buñuel con unos 30 años, anticipando el que luego sería cineasta cimero: madrugador, obsesivo, ingenioso (se llegó a vestir con ropas religiosas). Sin haber rodado Las Hurdes, tierra sin pan, quizá Buñuel no se hubiera acercado a Galdós, y decir Galdós es decir la narrativa que plasma la vida de los más humildes con humanismo, y sólo desde la experiencia en Extremadura se asentó esa mirada lúcida, pero nada complaciente a la pobreza, y películas como Los olvidados (1950), Nazarín (1958) o Viridiana (1961). El burro destripado, invadido por las abejas, es una metáfora, una metáfora del sufrimiento del pueblo español.

El humor en los diálogos y en situaciones actúa como contrapeso de toda la carga dramática del rodaje del documental y de la propia situación de esta región extremeña. El título, cargado de lirismo, un nuevo acierto. Laberinto que hace referencia a la estrechez y sinuosidad de las calles de estos municipios. Tortugas que aluden al carácter compacto, sólido, de los techos de las pequeñas viviendas, cual si fuesen caparazones. Laberinto existencial de Buñuel, de los habitantes de Las Hurdes y, acaso, de toda España. Múltiples interrogantes. Incierto futuro. Y el caparazón que, en el caso del cineasta aragonés, fue siempre su ingenio y rebeldía.

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La película de Simó sugiere muchas preguntas: ¿Por qué la República no estrenó en 1933 el documental de Buñuel? ¿Por qué ese afán por ocultar una realidad tan sórdida? ¿No pudo o no quiso ayudar a esta zona marginada? El espectador tendrá que resolverlas.

Sí sabemos que Las Hurdes, tierra sin pan se estrenó a finales de 1936, en plena Guerra Civil, suprimiendo a Ramón Acín, que tanto hizo por el documental, de los títulos de crédito. La fuerza del PCE en el Gobierno republicano en el conflicto bélico supuso una serie de prácticas estalinistas, contrarias totalmente al funcionamiento democrático y las libertades: a Acín se le oculta de los títulos porque era anarquista; a Cernuda se le eliminó una estrofa bellísima de un poema en homenaje a Lorca por cantar el amor homosexual; a André Gide se le prohíbe la asistencia al II Congreso de Intelectuales Antifascistas por haber criticado con honestidad y rigor la dictadura soviética.

Ramón Acín fue fusilado por los fascistas en agosto de 1936. Su amigo Luis Buñuel lo recordaría siempre. En 1960, Buñuel revisa Las Hurdes, tierra sin pan y la reestrena en México, reintegrando a Acín en los títulos de crédito. En Buñuel en el laberinto de las tortugas encontramos una escena que recoge la esencia de Buñuel y, a nivel simbólico, el impulso de todo gran creador. Estamos en Calanda (Teruel), hacia 1911, Buñuel es un niño de diez años. Va a tener lugar la famosa tamborrada. El niño y el tambor. Buñuel quiere acceder a las primeras filas, pero se tropieza una, dos, tres veces. Sus manos, ensangrentadas. Pero no se da por vencido, siempre se levanta, siempre hacia delante. Al final llega a la primera fila y empieza a tocar, con las gotas de sangre manchando el tambor. Así es la vida y así es el arte. No rendirse ante los infortunios, afrontar las adversidades. Lo hizo Cervantes. Lo hizo Galdós. Y lo haría ese niño aragonés que llevaría el cine a una de sus más hermosas cumbres en el siglo XX.

Buñuel en el laberinto de las tortugas se estrenó con gran éxito el 25 de abril de 2019 en el Cine Doré, sede de la Filmoteca Española, en Madrid. Una prolongada ovación fue la prueba del calado que la película había tenido entre los espectadores. Simó aseguró que pusieron «toda la entrega y toda el alma en descubrir a Ramón y a Luis. La película es una obra de memoria histórica para reivindicar a estos dos grandes de la cultura».

Escribe Javier Herreros Martínez

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