Gracias a Dios (2)

  29 Abril 2019

Mi reino no es de este mundo

gracias-a-dios-1Lo que nos cuenta François Ozon en su última película no es una invención ni una reconstrucción libre a partir de algo real. Se trata de algo que sucedió, meticulosamente fundamentado, con personajes existentes y que continúa de plena actualidad. El proceso judicial que se narra en el filme no ha concluido aún.

Por si fuera poco con la proximidad de los hechos,  la contundencia de lo ocurrido gravita como una sombra que convierte casi en superflua cualquier referencia que pueda desviar la atención sobre lo fundamental. Ante el término «pederastia» todo lo demás palidece, diseñándose así una senda por la que se puede circular con placidez, aunque tal facilidad en la narración acaba siendo un lastre del que no es posible liberarse. Cuesta encontrar un refugio para el cine en este contexto.

Se trata de relatar los reiterados abusos sexuales que cometió un sacerdote de la diócesis de Lyon sobre unos niños que tenía a su cargo y la inacción de sus superiores ante semejante atrocidad. Los hechos originarios apenas aparecen como recuerdos de los protagonistas y en sus declaraciones, y la película se centra sobre todo en la lucha contra el cardenal que ocultó y sigue ignorando la gravedad de lo ocurrido. Lo relevante no es por tanto probar unos hechos que desde el primer momento son reconocidos por su autor sin ningún paliativo. El enemigo no es el pederasta, sino algo mucho más difuso encarnado en el Cardenal Barbarin, pero que lo trasciende. Es acertada en ese sentido la presentación de este personaje. En primer lugar desde la catedral extendiendo una especie de manto protector sobre la ciudad, protección que se irá desvelando como una cláusula de silencio aletargante, y después con el plano a contraluz que lo desfigura y lo presenta, a la vez, con un tono monstruoso y difuso, de tal forma que disemina su culpa por un ámbito más abstracto y trascendente.

El mecanismo por el que opta el director es seguir a tres personajes en su lucha por hacer públicos los abusos que sufrieron y la inacción de las jerarquías eclesiásticas. La elección de los protagonistas, todos con referencias reales, no está hecha al azar. En ellos se manifiesta tanto la variedad social como la confesional. Desde Alexandre, trabajador de un banco con una posición económica y social muy sólida, y fervoroso católico, hasta Emmanuel, enfermo, con problemas sentimentales y precaria situación, mientras que Debord se declara radicalmente ateo y decidido a apostatar. De esta manera el problema se despersonaliza y adquiere un carácter universal. Se desvía el foco de las víctimas hacia los agresores y sus encubridores. Ozon pretende contarnos un hecho genérico, no particular.

Desde estas bases la línea seguida es diáfana, sin curvaturas. Asistimos a una persecución que tiene algo de western, como héroes solitarios que desarrollan una incansable lucha no por reparar los daños sufridos, sino por hacer justicia y evitar daños futuros. La tarea tiene algo de quijotesca, por cuanto el beneficio personal, después de tantos años, es escaso, más allá de la satisfacción de castigar al culpable. Incluso en algunos casos provocará dolor por reavivar hechos si no olvidados sí enterrados por el transcurso del tiempo.

Pero a diferencia del hidalgo, las batallas las tienen ganadas de antemano. No son los molinos quienes les opondrán resistencia, porque el enemigo no los enfrenta. Ese enemigo, como decíamos respecto a la escena inicial, se ha infiltrado en el entorno, y es ahí donde van a encontrar las dificultades: familia, autoridades, pareja. En algunos casos reciben ayuda y en otros cosechan incomprensión. En esto el silencio, una forma de seguir con la tranquilidad muchas veces impostada, tiene buena prensa entre quienes viven en esa tranquilidad.

La dureza de la historia deja poco margen a los matices. Los abusados y los encubridores son personajes con un perfil demasiado nítido. La condición de víctima excluye la posibilidad de crítica, mientras que los responsables de su ocultación no pueden albergar ningún lado luminoso. Tan sólo el abusador parece mostrar por momentos rasgos humanos, aunque, además de quedar reducido a un personaje marginal en esta historia, esos rasgos quedan rápidamente obviados por la gravedad de sus acciones. La película asume que el claroscuro equivale a la disculpa, y con eso se empobrece.

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Y es una pena que sea así porque contiene aspectos, apenas apuntados, que permitirían que alzase el vuelo y se convirtiese en una obra de mucha más enjundia.

Uno de ellos es la mención por parte de la mujer de Alexandre de las agresiones que ella también sufrió en su entorno. Si este detalle hubiera adquirido mayor relevancia habría permitido quebrar la asociación abusos-Iglesia y lo habría proyectado sobre la sociedad en su conjunto, consiguiendo así una visión más compleja del problema, restándole particularidad, y habría sido posible articular una crítica mucho más profunda. ¿Qué habría hecho Chabrol con este material?

Ese miedo a las disculpas es el que deja sin desarrollar el personaje de Preynat. Admitida su culpa parece que no interesa ya nada más. Por momentos la película invita a profundizar en él, pero es como si ella misma se cerrara esa puerta por temor a descubrir lo que esconde, por querer permanecer en la superficie. En la primera entrevista que mantiene con Alexandre, el cura declara que no pudo evitar su conducta, que es un enfermo. Pero ahí queda su declaración, sin que se tire del hilo que ofrece. Al final se nos muestra como un hombre destruido, sin por ello atender a la situación en la que en esos momentos vive.

Tan interesante o más resulta el tema del perdón. Con él se introduce la doble lógica que sobrevuela toda la película. Para los católicos el perdón es decisivo, porque con él se borran las culpas. Pero perdonar, como se dice en un momento dado, equivale a desarmarse. ¿Es realmente así? Lo es si se sobrepone la lógica religiosa sobre la civil, es decir, si el perdón clausura los hechos. Pero junto al mundo religioso las leyes requieren algo más, requieren el castigo del culpable. El problema para un creyente es hacer compatibles los dos ámbitos, es decir, otorgar a la sociedad la capacidad y el derecho a juzgar algo que Dios ya ha resuelto. Ozon nos muestra esta colisión como un recurso ventajista por parte de los autores del crimen, ignorando el poso mucho mayor que existe y que la película deja escapar.

Se dirá, como suele decirse mucho en estos tiempos, que se trata de una «película necesaria». No es fácil entender lo que se quiere decir con ello. Si se trata de dar publicidad a unos hechos terribles, la película, con toda su actualidad, llega tarde, pues ese papel lo ha asumido la prensa. Es obvio que en tanto que testimonio de lo ocurrido poco puede aportar el cine. En otros tiempos, más precarios en cuanto a medios de información, esta función tuvo su sentido, pero ya no.

La necesidad, si existe, hay que buscarla en el componente artístico del lenguaje cinematográfico, incluida ahí su destreza para contar historias. Es decir, la necesidad atañe más a la forma que al contenido, es la necesidad de seguir persiguiendo la emoción estética, y en eso esta película desatiende lo esencial por no saber sobreponerse al enorme peso del tema que aborda. Su valor reside más en lo que pudo haber sido, y que en diversas ocasiones sugiere, que en lo que acaba siendo.

Escribe Marcial Moreno  

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