La importancia de llamarse Oscar Wilde (2)

  27 Abril 2019

El príncipe infeliz

importancia-oscar-wilde-1Oscar Wilde moría un 30 de noviembre de 1900 en París. Más de cien años más tarde, su legado sigue presente y su mensaje igual de vivo. Oscar Wilde es uno de esos autores que han forjado la historia de la literatura y cualquier acercamiento a una obra tan clásica es de agradecer. En este caso, La importancia de llamarse Oscar Wilde nos acerca a la faceta más personal del autor, nos invita a descubrir al genio más allá del escritor.

La vida del autor estuvo marcada por un absoluto caos que complicó sus últimos años dejándole al borde de la indigencia. No es el único artista de tal importancia cuya obra no fue suficiente (en su momento histórico) para evitar acabar su vida sumido en la miseria. El film centra el origen de ese caos en la homosexualidad del artista.

En esta película, su obra queda relegada a un segundo plano. A veces con una voz en off, y otras como parte del diálogo, escuchamos fragmentos de los relatos de Oscar Wilde, y su popular El príncipe feliz va resonando durante la producción. La película toma de ahí su título original (The Happy Prince), aunque en España se han permitido el lujo de cambiarlo, referenciando con acierto su obra La importancia de llamarse Ernesto.

Estéticamente es una película oscura, que se desarrolla mayoritariamente en las noches de ciudad más tenues. El uso de los claroscuros es bastante sugerente y me recuerda en algunos planos a la corriente del expresionismo. La fotografía que lleva a cabo John Conroy es bastante llamativa, quizás demasiado dura. Puede que se haga un poco artificial su obsesión por componer la imagen con destellos de lente. Es tan excesivo que, hasta en algún momento, un gran haz circular de luz se sobrepone a la cara del personaje, cubriéndola sin llegar a aportarle ningún valor estético o narrativo.

Los encuadres juegan mucho a la adaptación al marco espacial, a ver a través de otros puntos de vista, de otras formas. A veces, esto nos ofrece unos enmarques preciosos, y otras, se notan más rebuscados. Lo que sí está claro es que la cámara se hace muy presente en la historia. En algunas ocasiones casi podemos imaginar el artificio, y esta cámara se mueve conscientemente sin elegancia, haciéndonos partícipes de ese caos en la vida de Oscar Wilde.

Mención especial merece la ambientación y la dirección de arte. El film nos traslada a un elegante siglo XIX a través de vestimentas, maquillaje, barcos y carruajes, un cuidado mobiliario… Elementos que funcionan muy bien en unas localizaciones muy logradas que cuentan su parte de la historia por sí solas.

Y hablemos por fin de él, el alma y vida de esta película. No porque la haya escrito, producido y dirigido, sino porque también la ha protagonizado, y su interpretación es muy potente. Él es Rupert Everett, y parece que esta admiración por Oscar Wilde viene de lejos. Quizás desde 2012 cuando interpretó el mismo papel en la obra teatral británica The Judas Kiss (El beso de Judas), rol que le valió la admiración de la crítica. Seguramente su papel en la película le haga cosechar algún reconocimiento.

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La edición es buena, aunque al principio confunde al tener la línea temporal de la trama un poco indeterminada. Sin embargo, esto no supone ningún problema pues el orden cronológico de los acontecimientos no tiene mucha relevancia. La mezcla de sonido está muy bien cuidada, y consigue encabalgar todas estas secuencias con habilidad.

El final de la película se hace tan agónico y lento como la propia muerte del protagonista. «Estoy muriendo por encima de mis posibilidades», dice en su lecho de muerte. Parece establecerse un paralelismo con la muerte de la golondrina en el cuento El príncipe feliz, pero simplemente es un adorno que se le pone a la muerte. Quizás era la forma más bella de cerrar su propia historia. «No es a Egipto a donde voy —dijo la golondrina—. Voy a la Casa de la Muerte. La Muerte es la hermana pequeña del sueño, ¿no es verdad?».

La película parece buscar en su cierre un ajuste de cuentas con el amante del escritor, Bosie Douglas (interpretación magnífica de Colin Morgan). Para entonces, el espectador está demasiado cansado y resulta algo innecesario.

La importancia de llamarse Oscar Wilde nos enseña los momentos más oscuros de un genio de la literatura. Cómo destrozó todo y a todos a su alrededor. A pesar de unas interpretaciones muy bien defendidas por todo su reparto, no llega a emocionar como debería hacerlo una película de ese tono.

No obstante, es un buen film.

Escribe Jorge García | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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