Dobles vidas (3)

  26 Abril 2019

Sexo, mentiras y libros digitales

dobles-vidas-1Después de la excelente Personal Shopper (2016), indagación sobre el mundo interior de la protagonista, Olivier Assayas, de forma sorprendente, nos brinda una agridulce comedia repleta de diálogos, centrada en las contradicciones de familias cultas y, aparentemente, progresistas, dispuestas a jugar y contravenir entre ellas, a través de las mentiras y sus devaneos amorosos, la verdad o fidelidad de sus relaciones.

La mentira y el ocultamiento parecen ser sus tramposas maneras de seguir adelante en su vida personal y profesional, contradiciendo lo que dicen. Es el aquí y el ahora de seres acomodados, contradictorios en sus diferentes oficios, abarcando lo literario, audiovisual, político. Son personas en primera plana incapaces de ser éticos con su, sólo aparente, forma de pensar.

Si Denys Arcandcon sus películas sobre caídas o declives reducidos a unos bárbaros núcleos familiares o sociales de todo tipo— pretende reflejar derivas invasoras o atribuidas al imperio americano, al menos en los títulos, Assayas delimita el grupo observado y lo encarcela —salvo breves momentos, como la presencia del campo en los momentos finales—, en cafés, casas familiares, platós de rodaje, oficinas e incluso en el ambiente cerrado de la ciudad. Lo hace para reforzar su personal encierro o la identidad, con escasa salida, de unos cultos burgueses encaramados a puestos altos, que comen, aman, engañan y se engañan, sueltan palabras rimbombantes, pero vacías, o muestran su sabiduría en la valoración de una literatura y un cine de calidad. Aunque en realidad no es más que otra mentira u otra tapadera. De ahí la excelente referencia con la asistencia de los amantes a la proyección de La cinta blanca de Haneke.

Cinco personajes son los que fundamentalmente destacan y polarizan la historia. Dos parejas y una intrusa, una joven que desconoce la cultura y no le importa: «no he visto ninguna película de Bergman», asegura. Lo suyo es aprovecharse de lo que tiene al lado y tirarlo cuando no le sirve. Una clara trepa en la que se ejemplariza el nuevo mundo de (in)cultura señalado por las comunicaciones, representación e imposición de la rapidez de las comunicaciones digitales: las nuevas e inmediatas formas de transmisión y comunicación dominadas por el usar y el tirar.

El personaje de la atractiva Laura (Christa Théret), secretaría o referente del editor de libros Alain (Guillaume Canet), incluida en la empresa editora para reformarla abriendo el paso a la ediciones digitales, utiliza su belleza y su juventud para ascender en la empresa y poder dictar sus propias directrices.

Léonard (Vincent Macaigne) es escritor. Su pose en la vida es aparentemente la de un pasota, con una cierta tendencia a plantear en sus libros su propia vida. Es amante de la mujer de Alain, Selena (la siempre excelente Juliette Binoche), contraviniendo sus propios códigos personales al interpretar para una serie de televisión el papel de policía, aunque cambien el nombre por otro más distanciado de una palabra que no le gusta. De todas maneras, a pesar de sus (infantiles) quejas sigue actuando en la serie que le da fama.

El quinto personaje es Valeria (Nora Hamzawi) la compañera de Leonard, una especie de asesora política. Quizá sea el personaje más lúdico, más sentado y consciente de todas las mentiras, engaños que se producen entre los distintos personajes e incluso en su asentamiento profesional.

La crítica de Assayas es eficaz, a veces sangrante, aunque al final, en esa escena campestre, donde tiene lugar el encuentro de la pareja, el filme sale fuera, se libera. Hay música (prácticamente el filme carece de ella), hablan sobre las verdades y se anuncia el nacimiento de un niño. La vida continuará, pero hacia donde…

Un mundo surcado por cambios, dominado por lo digital, donde, como se dice en el filme de acuerdo a la frase de El gatopardo: «todo cambia para que todo que siga igual».

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¿Qué ha aportado para el cambio del mundo, de las costumbres, lo digital? El filme se recrea en plantear ese mundo dominado por los teléfonos móviles, los ordenados, los libros digitales… pero donde las relaciones, las situaciones, los personajes, su mentalidad, sus actuaciones son las mismas. El «punto final» del título del libro (¿último libro en papel de Leonard o el final de su vida literaria?), aquel que al principio no quería publicar Alain, no es tal sino la continuación de unas situaciones  y personajes, que siguen repitiéndose: reuniones de amigos con frases falsas, hipócritas, sobre las que vuela otra realidad, seres pedantes e intragables que sueltan frases vacías, arribistas sin escrúpulos, placideces engañosas…

El mundo digital no es una solución para un mundo a la deriva, es un conflicto más en la senda de engaños decadentes de una sociedad insatisfecha.

El cine de Assayas es, hoy por hoy, uno de los más interesantes del cine francés. Películas las suyas serias, inteligentes, hablan sobre el mundo actual, las relaciones amorosas, el compromiso político. Ha realizado poco más de veinte largometrajes, algunos pocos para la televisión.

Comenzó como crítico en la revista de las revistas de cine, Cahiers du Cinéma. Después de dirigir algunos cortos se enfrentó a su primer largo en 1994, Désordre. En España su cine no será conocido hasta 1998, con Finales de agosto, primeros de septiembre. De los realizados desde entonces nos han llegado algunos más, no demasiados, todos de gran interés: Las horas del verano, Después de mayo, Viaje a Sils María, Personal Shopper, la versión reducida para cine de Carlos —se hizo para televisión—, el episodio que filmó para París, je t’aime...

Filmes comprometidos todos ellos, como lo será casi con toda probabilidad el recién terminado Red avispa, sobre varios presos políticos cubanos acusados de espionaje en Estados Unidos y donde interviene Penélope Cruz.

El análisis político, pero también el social y el familiar, el encuentro y la separación, la esperanza y la desilusión forman parte de su mundo donde también el cine, en mayor o menor medida, también hace su aparición. Irma Vep (1996), por ejemplo, se centra en el mundo del cine, en el ansia por parte de un realizador de querer recuperar el clásico Los vampiros (1915) de Louis Feuillade. Ante ello, alguien que haya leído lo que he dicho hasta ahora sobre su último título, pueda pensar que Dobles vidas va en otro sentido.

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No hay tal, Dobles vidas se zambulle en el hoy y habla sobre la sociedad actual, sobre la frontera entre el mundo no digital y el digital, entre el gran cine reflexivo de calidad y el cine que hoy impera entre la juventud. Un cine reflexivo, pensante, eso sí dirigido hacía públicos muy determinados, digamos selectos, aunque tal palabra encierre mucho de esnobismo y pedantería, como sirve de soporte a los personajes de este filme, que se mueve, en clara referencia cinematográfica, entre Woody Allen y Eric Rohmer, sin descartar parte del último cine de Resnais.

Dobles vidas es un documento, un reflejo del mundo moderno, de una determinada sociedad, dado a través de sus conversaciones, sus referencias (o pretendidos gustos) cinematográficos y literarios, que se mueven en la frontera entre el ayer que vivieron y el hoy, marcado por lo digital (libros, ordenadores, teléfonos móviles, series…) pero donde las situaciones se repiten.

Hemos hecho alusión a la escena campestre en cuanto aparece la naturaleza, un elemento presente en varias películas de Assayas, entre las que conocemos en España: Las horas del verano; Finales de agosto, principios de septiembre; Viaje a Sils Maria…

Para algunos espectadores, puede que el filme les resulte, digamos, aburrido. Simplemente porque no cuenta nada que no se sapa, nada que no se haya vivido: inacabables reuniones familiares o entre amigos donde se repiten las mismas cosas, se echa mano de conceptos pedantes sacados de libros, se refiere el amor por determinadas películas, se plantean cuestiones políticas o se discute por nada… Una y otra vez en un círculo sin fin, esperando la terminación para despotricar contra lo vivido, contra la pesadez (o estupidez) de los otros.

Impecable, implacable, lúcido es Assayas en este filme que es ante todo un retrato actual de una determinada clase social. Su otro título No ficción es quizá más explícito que éste, en el que insinúa la doblez, la mentira que subyace en unos personajes vacíos, infieles, incluso para sí mismos, atrapados en su clase.

Sobre todo ello ironiza Assayas, que incluso se permite ir más allá del propio filme pudiendo llegar a desorientar a los espectadores al hacer que Selena —es decir, Juliette Binoche— proponga que un audio libro digital sea narrado anda menos que por ¡Juliette Binoche! Una pequeña o gran broma en una película inteligente y reflexiva sobre una clase social perteneciente al mundo occidental.

Escribe Mister Arkadin

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