¡Shazam! (1)

  21 Abril 2019

No consigue alzar el vuelo

shazam-1DC Cómics intenta una nueva incursión —esta vez voluntaria— en el cine orientado al público infantil.

Los resultados son desiguales, en la medida en que se consigue entretener a infantes de seis a diez años, pero no se logra alcanzar ese equilibrio alquímico de lo intergeneracional. La película es una sucesión de elementos ya vistos, que sólo ocasionalmente se disfrazan de homenaje —esas constantes referencias al Big de Penny Marshall y Tom Hanks, del año 1988 o al Rocky de Avildsen y Stallone del 76— y que muy pocas veces llegan a establecer esa complicidad necesaria con el público adulto para que éste disculpe la recurrencia al tópico.

Esas pocas veces, sin embargo, los chistes más logrados —que los hay— hacen dudar si no podría haberse conseguido una buena película de ser su guión más consistente y su realización menos descuidada.

En el primer sentido no cabe sorpresa, dado que Henry Gaiden y Darren Lemke no parecen contar con experiencia suficiente como para guionizar nada más allá de refritos ochenteros (Gaiden, con Tierra a Eco, 2014) o realizar thrillers mediocres (Lemke, con su película Lost, 2004), y en el segundo tampoco, puesto que David F. Sandberg se ha dedicado más al terror —Nunca apagues la luz en 2016 y la secuela de Annabelle (Creation) en 2017— que a la acción o los superhéroes, y en ambas ocasiones con resultados parecidos: películas convencionales plagadas de lugares comunes en realización y guión, aderezadas con no poco efectismo.   

¿Cómo se le ocurre a DC dejar en manos de creadores tan bisoños el inicio de una saga tan potencialmente rentable?

Porque ¡Shazam! podría poseer un cierto encanto camp, un aire de serie B que basara su éxito en la exploración de lo limítrofe, ese territorio vedado a las películas mainstream de la Liga de la Justicia y adláteres, para atraerse un público fiel, amante del cómic en estado puro, y no de esa hipertrofiada mezcolanza de nitroglicerina, testosterona y High tech en que se ha convertido el cine actual de superhéroes.

En su lugar, Sandberg y sus colegas nos han entregado una película de escaleta, con los consabidos tintes políticamente correctos —la integración en una familia multiétnica de acogida es el leitmotiv principal— y en la que no faltan los ritos iniciáticos, la transformación del antihéroe en paladín mediante la conquista de la autoconfianza, y el rechazo de la individualidad en favor del grupo nuclear en torno al hogar y la mesa.

Hay algún logro en todo esto y es que a veces la película logra reírse de sí misma. Parte de la culpa la tiene Zachary Levi con su papel de adolescente en cuerpo de adulto, que le sale bordado.

Probablemente sea así porque su categoría como actor, sin ser nada del otro mundo, está muy por encima de la de la media del filme. Y es que su contraparte adolescente, Asher Angel, no alcanza el nivel exigido para una película de gran proyección como esta. Es el mismo caso de los intérpretes que dan vida a la familia que lo acoge y cuyas actuaciones van desde el hieratismo del hermano mayor y del padre, hasta las muecas incontroladas de los hermanos menores.

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Sólo Jack Dylan Gracer, en el papel de hermano y cómplice de correrías, y el incombustible Mark Strong, en el papel de villano, le dan una réplica razonable a Levi, aunque el británico de la mirada de acero no esté tampoco en su mejor papel.

No obstante, no todo en ¡Shazam! es una absoluta pérdida de tiempo. Hay momentos francamente divertidos, ocurrencias resultonas y breves instantes de brillo en una película a la que quizá le falten sólo un par de hervores para convertirse en algo más allá del tópico.

La metáfora perfecta sobre esta película es la que se refleja en la incapacidad de Shazam para alzarse en vuelo, a pesar de sus intentos y logros parciales, porque no logra imaginarse a sí mismo volando. ¿Cree esta película en sí misma, en su capacidad para conquistar la taquilla?  

Si hubiera confiado en volar, quizá resultara interesante explotar la idea —apenas sugerida, que cae a tierra tras vuelo gallináceo— de qué puede hacer un irresponsable con un gran poder, o de cómo entienden los adolescentes lo que es un verdadero héroe, más allá del uso material o crematístico que pueda hacerse de sus habilidades. Pequeños detalles apenas esbozados a lo largo del metraje de los que podría haberse sacado oro con un poco de talento o cuidado, con un mínimo de osadía.

Muy mejorable es también el contenido dramático, que no pasa de capítulo de serie adolescente, y que no resulta enternecedor ni desasosegante.

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Las historias de héroes son eminentemente trágicas, aunque estén trufadas de humor. Pero en este caso no pasan del cliché familiar del abandono y el reencuentro. Se echa en falta un tratamiento más profundo de la metáfora de la huida, tan esencial en el protagonista en lo que respecta a su lucha contra el apego, pero también frente al espejo de su propia cobardía. No queda suficientemente explicada su transformación, su triunfo sobre estas pasiones humanas.

La película es pues, presa de su ligereza. Hubiera bastado un par de escenas para enriquecer y más tarde disolver estos conflictos, pero el realizador —o los guionistas— han optado por el cliché y la consigna.

Han infantilizado con ello una película que no tenía por qué ser infantil, o al menos no serlo hasta tal punto. Para dignificar a Shazam, un héroe de ribetes clásicos (Shazam es el acrónimo de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, Aquiles y Mercurio), la película opta por equipararlo en cierta manera con Superman, el héroe moderno. Las referencias a éste y a Batman son constantes, como es natural en una franquicia DC, pero no sé si son justas con un héroe de tan alta ascendencia.

Juzguen ustedes la escena final —no exenta de gracia, después de todo— y saquen sus propias conclusiones con respecto a esto. Las mías, creo haberlas dejado claras.

Escribe Ángel Vallejo


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