El niño que pudo ser rey (2)

  03 Mayo 2019

Brexcalibur

el-nino-pudo-rey-1Imposible no pensar en la carga política de esta versión actualizada de las leyendas artúricas cuando a su cargo se encuentra Joe Cornish, el ocurrente realizador de Attack the block, que ya dejó un poso irreverente en aquella película sobre invasiones extraterrestres en los suburbios ingleses.

No sólo de casta le viene al galgo, Cornish deja suficientes perlas en su película sobre el destino de la nación y el trabajar todos juntos en un mismo sentido, como para no interpretar esta reiterada llamada a la unidad desde una perspectiva política.

Tal y como sucediera en Attack the block, estas cuestiones aparecen de forma sutil, sin estridencias moralizantes, como corresponde a una película para niños. Pero el hecho de que los compañeros del redivivo Arturo —un magnífico Louis Serkis, hijo del mismísimo Gollum y que parece haber heredado el talento de su padre para la mueca expresiva— pertenezcan a cada una de las etnias más representativas del antiguo pasado imperial del Reino Unido, deja bien a las claras que lo de la unidad de la patria no se postula desde un punto de vista racial —y racista— y que por tanto tiene poco que ver con los movimientos ultraconservadores que han llevado a la Gran Bretaña a la catástrofe.

La verdad, quizá aquí esté abusando de la sobreinterpretación política. No importa. de todos modos, si no hay un canto a la cordura en el marasmo del brexit, esta película se sostiene por sí misma en lo que de entretenimiento juvenil atesora: ciento veinte minutos de acción, aventuras y humor generalmente blanco —con alguna leve incorrección que se agradece para no caer en la ñoñería— que hacen que haya valido la pena pagar una entrada.

Alex (Serkis) es el típico niño que pasa desapercibido en las clases. No es acosador ni objeto de acoso, aunque sus amigos sí padezcan esta barbarie. No brilla pero tampoco ocupa el vagón de cola del desempeño escolar. Si hay algo de especial en él no es esa tragedia cotidiana de las familias desestructuradas, sino su capacidad para percibir la injusticia e interpretar con inteligencia y prudencia lo que la vida le enseña. Una de estas enseñanzas es la de que, siendo razonable pasar desapercibido, no lo será permanecer impasible ante lo intolerable.

Alex saca de sí ese pequeño héroe que casi todos llevamos dentro. Quizá sea esto lo que le permite ser señalado por el espíritu artúrico como el responsable de empuñar de nuevo a Excalibur, aun no siendo descendiente de su sangre y su linaje.

Esta es una reinterpretación interesante de la nobleza, casi de carácter nietzscheano: no es la raza, sino el espíritu lo que caracteriza a los líderes. El padre de Alex no es un rijoso señor de alta cuna y brillante estirpe, sino un mindundi irresponsable. La película juega mucho con esta idea, que se alza como evidencia incontestable de que no todos pueden ser un héroe cualquiera: para ello es necesario querer serlo y comportarse como tal, independientemente de dónde vengas.

Así pues la película resulta bastante interesante hasta el primero de sus dos finales. No faltan el humor, las referencias a las leyendas fundacionales de los britanos y una acertada conjugación con los problemas actuales de los británicos.

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A partir de ese punto, narrado de un modo interesante, en la medida en que uno espera realmente que la película haya acabado y en realidad no es así, surge la concesión a la pirotecnia, y alguno de los momentos más olvidables del filme.

Parece razonable pensar que ésta es una concesión al público infantil. El enfrentamiento con el monstruo final es ya un cliché del que no puede escaparse, menos aún en la época en que los videojuegos han institucionalizado el rito.

Sin embargo, la película parece retomar algo de su madurez al final: el hecho de que los adultos sean incapaces de gobernar su país (su instituto) hace que queden relegados en la aventura final. El verdadero epílogo llega cuando Merlín —interpretado a la vez por Patrick Stewart y Angus Imrie— traspasa el testigo a esta nueva generación que debe procurar reunificar una nación dañada por la estulticia de sus mayores.

Créanme, a pesar de sonar demasiado ñoño, no resulta en una conclusión forzada. Quizá el hecho de devolver Excalibur a los populares y concurridos lagos de Hyde Park, donde será recogida por la Dama del lago —que curiosamente lleva el mismo traje que en Excalibur de John Boorman—, contribuye un tanto a desmitificar y quitar ampulosidad a un momento que no se quiere épico.

Al fin y al cabo se trata de eso: la realpolitik debería estar desprovista de esencialismos y patrioterías, para servir a quien debe: el pueblo, tan diverso y tan rico como la gente que lo compone, y que aspira a que ésta sea fuente de soluciones y no de problemas.

Hasta un niño puede entenderlo.  

Escribe Ángel Vallejo


Más información sobre Joe Cornish:
Attack the block

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