Cementerio de animales (3)

  06 Abril 2019

 La muerte solo es el principio

cementerio-de-animales-0Lo más complicado de revisitar una película —sobre todo si se trata de una película con cierta perdurabilidad intergeneracional, como es El cementerio viviente, de 1989— es dar con la medida a camino entre el respeto a la idea original y los retoques de autor que justifiquen la aventura. Pues bien: Kevin Kölsch y Dennis Widmyer se han atrevido en esta segunda versión, y aunque los habrá reticentes, el resultado final es ampliamente satisfactorio.

Cementerio de animales invoca el espíritu de la primera, a la que homenajea constantemente con guiños inspirados, pero se desmarca casi completamente de su historia.

Pesa especialmente en el resultado final cómo ha acometido la pareja de dirección la revisión del guion a cargo de Jeff Buhler, la mano detrás de The Prodigy, redistribuyendo los roles de los personajes y proponiendo leves subtramas para enriquecer el núcleo con el miedo arcaico a la muerte y su recuerdo.

Porque, al final, Cementerio de animales es una película sobre la muerte y lo poco o mucho que nos espera tras ella, con la consecuente orden agresiva que implica imaginarlo. Siendo como es la muerte la única certeza de la vida, llevarla con ingenio es una de las apuestas más interesantes de esta nueva era del cine de terror que ya lleva marcados algunos hitos relacionados, como Babadook o Hereditary.

El personaje de Rachel, la esposa (Amy Seimetz), impone un papel mucho más complejo, algo apenas esbozado en la primera y que paradójicamente sí es notorio en la novela: suyo es el delicado trabajo sostener la cordura entre sus propios terrores —infundidos y con poso de Tept o estrés postraumático— y la forma en que su marido Louis (Jason Clarke) interpreta el más allá desde los rigurosos ojos de la ciencia.

El muy comentado —y criticado cuando el lanzamiento del segundo tráiler reveló más de la cuenta— intercambio de papeles entre los dos hijos del matrimonio ha sido resuelto con naturalidad impactante. No en vano, Gage —el hijo menor— apenas suma unas líneas en esta nueva versión y, sin embargo, el final recuerda al público cuál es su sitio.

Ellie, la hermana mayor, afronta directamente esta vez la muerte que tanto teme en la novela, pero con una cierta vis cómica cuyo propósito es únicamente destensar la exigencia de las escenas más oscuras. Así, durante varios tramos destacados, Cementerio de animales frivoliza con esa idea primitiva de reencarnación, algo común con los dos trabajos anteriores que sirven de referencia.

La diferencia es que, lejos de censurarla o expresarla a través de la redención, emboca en ella una oportunidad narrativa aplastante que deja repartidas a ambos lados de la carretera todas las expectativas que cabría haber puesto en personajes con mayor responsabilidad o perfilado trascendental.

Como prueba definitiva, el trato que la nueva versión da a una de las escenas icónicas de la original: y sobre todo, cómo construye alrededor del gato de la familia, Church, la ambiciosa idea de que la muerte sólo es el principio.

Escrita por Jesús Muñiz Rimada | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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