Mula (2)

  10 Abril 2019

No hay que olvidar los aniversarios

mula-1Al final de Gran Torino, Clint Eastwood parece despedirse. Walt Kowalski, el justiciero y cascarrabias personaje que interpreta (la última vez que se puso delante de la cámara hasta Mula) moría y con él parecía hacerlo una época. Y quizá también una filmografía, teniendo en cuenta que desde entonces no ha vuelto a estar al nivel que alcanzó en sus mejores obras. En algún caso (Sully) el resultado no era desmerecedor de su prestigio. En otros (15:17 Tren a París, el anterior a esta última entrega), mejor olvidarlo.

En Mula, diez años después, cuando ya no se esperaba volverlo a ver en su trabajo actoral, recupera a sus personajes de siempre. Tipos solitarios, algo insociables, honestos y siempre flirteando con el precipicio. Pero también fuertes e independientes, sin necesitar a nadie para seguir adelante.

Los rasgos más llamativos de Earl Stone, el horticultor metido a traficante de drogas, se corresponden con aquel arquetipo, aunque en realidad soporta sobre sus hombros el inexorable paso del tiempo. Tanto actor como personaje han envejecido. Su rebeldía está más apagada, y su vigor ha menguado. No vuelve para confirmar lo que fue, porque aquello ya se le ha escapado, sino como un pálido reflejo que necesita cerrar cuentas pendientes, arreglar algún desaguisado, poner orden en su vida antes de que sea demasiado tarde. Esa perspectiva sería la que explicaría las semejanzas y las diferencias entre lo que filmó hace ya muchos años y lo que ahora nos ofrece, y lo que justifica la necesidad de volver a retomar a su héroe legendario.

Como pasa muchas veces el centro neurálgico de la película está más allá de su argumento, y en este caso esa distancia hace posible entender el descuido con el que se aborda la trama principal. Todo lo referente al transporte de drogas que da título al filme está tratado de una manera tan poco rigurosa que llega a resultar cómica. Empezando por la facilidad en la captación de Earl Stone o la naturalidad con la que se maneja el dinero sin preguntar su procedencia, y siguiendo por la rutina que sigue en cada uno de los transportes, con aquel garaje que parece más bien un club social o una reunión quincenal de viejos camaradas, y no una guarida de delincuentes. Hasta que llegan los malos.

Unos malos que son malísimos, tanto que los menos malos hasta los repudian por su maldad. Narcotraficantes que no se tratan con respeto, viene a ser el reproche. Se comienza asesinando y se acaba por no dar los buenos días al vecino. El giro que da la película se sustenta en el asesinato del viejo jefe (quizá por viejo más comprensivo que sus jóvenes cachorros, aunque estos también se dejan convencer fácilmente) por parte de sus subordinados, una escena que se asemeja más a la elección de un nuevo presidente de escalera, con la facilidad con la que todos aceptan el nuevo orden, que a un asesinato con las consecuencias que debería acarrear.

Algo parecido ocurre con el otro bando, el de los perseguidores. La investigación policial avanza sin ton ni son, a trompicones, y en ningún momento genera la más mínima tensión narrativa, indicio sólido de que no es ahí donde descansa el interés del director. Su punto de mira está situado en otro lugar, y la caza del narcotraficante lo único que importa es que no moleste a lo que ocupa el centro del relato, o que colabore en la medida de lo posible a cimentarlo.

A mitad de película, aunque ya al principio se ofrecen algunas pinceladas, el interés gira hacia un discurso apologético de las relaciones familiares y la afirmación de la importancia que tiene preservarlas por encima de cualquier otro aspecto de la vida. El viejo horticultor, al final de sus días, acuciado tal vez por la ruina que le ha hecho ver la luz, se da cuenta de cuán equivocado ha estado, y de cuánta razón tenían su abnegada esposa y su sufrida hija.

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Un discurso que podría valer si fuera presentado con cierta distancia, algo así como el grito desesperado de un viejo decrépito que necesita un último refugio. Pero no es eso lo que ocurre. La voz de Earl Stone es la voz del narrador, e involucra al resto de personajes. Su mujer lo acoge, su hija lo acaba perdonando, su nieta confirma la buena opinión que tiene de él, y hasta se permite dar lecciones morales, lecciones de vida a los desconocidos con quienes se cruza, ahora que por fin ha entendido qué es lo importante, como el policía que lo va persiguiendo sin saberlo, y que aún está a tiempo de no cometer los errores que él cometió. No existe la más mínima ironía en el discurso, ningún contrapeso. Todo se circunscribe al camino marcado.

No cabe duda de que la decisión de convertir a Kowalski, a William Munny, a Robert Kincaid, a Frankie Dunn en un ferviente defensor de la institución familiar es un precio demasiado alto. Es como si Ethan Edwards hubiera entrado en aquella casa y su hubiera quedado allí a vivir rodeado de hijos. No había necesidad. Ni siquiera le asistía el derecho a hacerlo.

Pero quizá podamos arrojar un poco de luz si entendemos que detrás de todos estos personajes se encuentra el actor Clint Eastwood, el ser independiente que ahora retorna y recapacita sobre el daño causado y que, consciente de él, pide perdón. El cordón umbilical que une a los personajes con el actor traslada el sentido al resumen de una vida que ha de ser cerrada sin cuentas pendientes. Como hacía Godard con Anna Karina en Vivir su vida, cuando la obligaba a declararle su amor, el hecho de que Eastwood haya utilizado a su propia hija para dar vida a la hija de Earl Stone, y con ello, a la vez, pedir y recibir el perdón de ambas, nos permite, si no aplaudir, al menos entender la supuesta incoherencia que esa película introduce en su filmografía.

Porque Eastwood está viejo y lo asume. Es golpeado y no le queda capacidad de respuesta, y el mundo en el que vive le resulta incomprensible. En todo momento va quedando de manifiesto la distancia respecto a aquella otra época ya periclitada, la cual, además, es vista con mucha más simpatía que la actual. Es el caso de los móviles, artefactos extraños para el protagonista, que a pesar de su aceptación son incapaces de ofrecer respuesta a necesidades tan básicas como cambiar una rueda pinchada, amén de ser los responsables de que finalmente la policía consiga atrapar a los delincuentes. O es el caso de los viejos moteros transformados en moteras bolleras para sorpresa de Earl.

Un mundo extraño y aniquilador, que no permite la supervivencia de quienes no se adaptan a él, pues no en vano fue el rechazo a internet y las novedades que introducía lo que acabó con su negocio de flores, el que en otro tiempo le colmaba de premios. Y ahí, al sentirse desarraigado, en la sensación de extrañeza que le embarga, el director parece echar la vista atrás, reflexionar, asumir sus culpas e intentar expiarlas.

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La película es un recordatorio de un tiempo que ahora se ve con nostalgia. Lo comprobamos en la música que escucha Earl en su camioneta y en los paisajes intactos que atraviesa, la América profunda, pero también auténtica, que lucha por mantenerse incontaminada, y que ahora parece que revive, o que es capaz al menos de aupar a un presidente que hace bandera de aquellos valores tradicionales.

Eastwood no esconde su admiración por ese mundo mítico. Conocemos su filiación ideológica, y la película no la disimula. La defensa de su país toma la forma de la desacreditación de sus críticos. Lo vemos en la escena en la que el policía detiene a un sospechoso y éste apela a las estadísticas para declararse poco menos que ajusticiado por quien debería protegerle, cuando en realidad nada le va a ocurrir. O si no en esa cárcel en la que será recluido Earl cuando se declara culpable (en un gesto honorable y de arrepentimiento que hasta el comprensivo juez le pide que medite), y que es poco menos que un paraíso en mitad del desierto, donde va a poder retomar la vida que de verdad le satisface.

Hasta la inmigración, tan candente en los debates estadounidenses, es abordada en la película. Aquí el director es sutil, y justo por eso incisivo. Los narcotraficantes son sin excepción mexicanos. El grado de maldad que representan es variable, pero todos vienen a confirmar la premisa que asocia emigración con delincuencia (sí, es cierto que también la DEA se nutre de alguno de ellos, pero es la condición necesaria para capturar a los villanos). En un momento dado, y como respuesta a la sospecha que provocan los vigilantes de Earl en un policía, el viejo consigue convencerle de que en realidad son dos honestos trabajadores que le ayudan por mucho menos dinero a hacer un traslado. Trabajadores y delincuentes, los dos polos del debate de la inmigración. En este caso supuestos trabajadores que en realidad encubren a narcotraficantes. Eastwood ha tomado partido.

Nunca se puede decir que una película representa el cierre de una carrera, porque nunca se sabe qué ocurrirá después y porque una vida no acaba hasta que se extingue. Pero sí que hay obras que poseen ese carácter testamentario, de resumen de una trayectoria. Ésta es una de ellas, aunque la exigencia que la pone en pie es más vital que cinematográfica, y es por eso que quienes amamos lo que fue Clint Eastwood estamos obligados a mirarla con condescendencia y a seguir disfrutando de sus obras maestras.

En Mula el actor y director se humaniza y deja constancia de que ya no será lo que fue.

Escribe Marcial Moreno  

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