La mujer de la montaña (3)

  15 Marzo 2019

Islandia, la mujer y el medio ambiente

la-mujer-de-la- montana-1El proceso de globalización que vivimos actualmente se refleja en un sinfín de aspectos de nuestro día a día. No cabe duda de que uno de esos ámbitos de manifestación es el sector audiovisual, y más concretamente el cine. El espectador contemporáneo tiene una enorme facilidad de acceso al ámbito cinematográfico en comparación a la que se tenía años atrás. Internet ha abierto las puertas a cines de nacionalidades antes desconocidas u olvidadas y a directores que hasta ahora realizaban sus proyectos en la sombra. Pero no debemos olvidar que gran parte de ese mérito (de hecho prácticamente la totalidad del mismo) corresponde a los festivales, a la crítica y a los distribuidores.

Gracias a ellos se descubren constantemente nuevas filmografías y cineastas en un mundo en el que parece que ya nada fresco podemos encontrar. Pero las cosas siguen evolucionando y cambiando, y el cine con ellas. El único problema que atisbo en esta actividad es el de la moda. Y es que esa facilidad de acceso que existe hoy en día también provoca una adicción a lo instantáneo, a conseguir todo demasiado fácilmente, sin esfuerzo. Ello implica que todo tiene una duración más acelerada, un ritmo endemoniado que no deja casi sitio al disfrute. Las modas pasan y, tan rápido como aparecen, desaparecen. También en el séptimo arte.

Tras la Segunda Guerra Mundial se vivió un auge del cine japonés. Cineastas como Ozu, Kurosawa, Naruse, Mizoguchi o Kobayashi son ahora mundialmente conocidos. En su época raro era el festival que no contaba con una obra del país del sol naciente entre sus selecciones oficiales. Hoy en día la industria cinematográfica de Japón sigue siendo poderosa, pero nada comparable a aquellos días de gloria.

Luego ocurrió con Irán. Fue en la década de los 90. Makhmalbaf, Kiarostami, Panahi, Ghobadi y el más reciente Farhadi también vivieron su era dorada. El reconocimiento internacional del que se hizo eco en los festivales, en la revistas y en las salas fue de enorme repercusión para el ámbito cinematográfico. Pero aquello fue entonces, no ahora.

Estos son dos claros ejemplos de las dos caras de la moneda que implica la globalización. Hay un curioso doble efecto positivo y negativo al mismo tiempo. Pero a pesar de ello, creo que lo que ganamos es mucho más de lo que perdemos. Actualmente creo que el cine nacional que está de moda por encima de todos los demás es el coreano, con figuras como Sang-soo, Ki-duk, Chan-wook o Joon-ho a la cabeza. Pero hay otros que también están ahí, y uno de ellos es el islandés.

Seguramente habrá antecedentes que yo desconozca, ya que mi experiencia personal con el cine islandés no es muy extensa, pero es evidente que desde la década de los 2000 ha habido un boom  en la producción cinematográfica de este país. Vienen a mi mente dos películas de Dagur Kári (Noi, el albino y Corazón gigante) y la magnífica Rams. Conozco de oídas otros títulos y directores, pero hasta la fecha (e incluyendo La mujer de la montaña) creo que ésta es la totalidad de cine islandés que he consumido.

No creo que sea casualidad que el filme de Benedikt Erlingsson se estrene en España el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, y si lo es, bendita casualidad. La mujer de la montaña llega en medio de una enorme reivindicación y un importante cambio en el sector audiovisual: el auge de la mujer en el cine. No se pide con esto que haya más mujeres cineastas porque sí, no se trata de quitarle el puesto al hombre para dárselo a la mujer, no es eso. Se pide que haya las mismas oportunidades de acceso a este ámbito. Si esto se cumple, seguro que las cifras se igualarán por sí solas.

Ello también acabará con el punto de vista predominante en el cine: el del hombre blanco heterosexual. No quiero decir que esta perspectiva sea negativa, de hecho no lo es ni tiene por qué serlo, pero es evidente que existe un predominio de la misma y eso sí que puede tener efectos negativos y condicionantes. Creo que cuanto más abramos nuestro punto de vista, mejor.

la-mujer-de-la- montana-4

El otro gran tema de la película es la defensa del medio ambiente. Nuestra protagonista es una guerrera que lucha del lado de la naturaleza, buscando defender tanto al planeta como a las futuras generaciones de un progreso que tan solo piensa en el fin y no en los medios. Y es que a las grandes empresas solo les importa una cosa, lucrarse, lo demás da igual. No hay muchas pistas de ello, pero parece ser que el cineasta islandés se decanta en favor de su personaje. Y esto es para mí algo muy positivo, ya que a pesar de que se le vean un poco las intenciones, Erlingsson intenta no contaminar su filme con su ideología.

Pero a pesar de lo anterior, de la exaltación de la figura de la mujer y de la defensa de naturaleza, lo más importante de la película es su protagonista. Estos dos grandes temas quedan relegados a un segundo plano, pues lo primero es ella, su historia. Nos encontramos ante una persona con unos principios férreos, pero que como todo ser humano tiene miedo y dudas. Su guerra particular se ve truncada cuando se enfrenta a la posibilidad de adoptar una niña ucraniana. Halla deberá entonces tomar una decisión.

No encuentro nada que destacar en las imágenes rodadas del director más allá de la belleza de las mismas y del buen gusto fotográfico que destilan. Y es que no hay nada en el lenguaje cinematográfico visual de carácter novedoso, de hecho casi la totalidad de los diálogos están recogidos en plano-contraplano. Pero si atendemos al aspecto sonoro encontramos otro cantar. 

Erlingsson apuesta por un curioso efecto diegético: la banda que toca en directo en la propia película. Como sabemos, la música diegética es aquella que pertenece al carácter interno del filme, y la extradiegética al exterior, es decir, la que no se justifica. En este caso existe una extraña simbiosis, ya que los músicos no parecen pertenecer a la trama que vemos, pero la observan e incluso interactúan con ella en algún momento. Lo mismo sucede con unas coristas que en algunas ocasiones se unen a la banda y en otras cantan solas. Tampoco es esto un elemento nuevo, pero creo que está bien tratado y por ello funciona y nos atrapa.

la-mujer-de-la- montana-2

Es más, Erlingsson también utiliza otro elemento parecido pero que a mi parecer no funciona igual de bien que este primero. Se trata del turista hispano que recorre las carreteras del país en bicicleta. A diferencia de la banda, este personaje sí pertenece al mundo interno de la trama, pero al igual que la banda, no es más que un mero observador que en ocasiones interactúa brevemente con la historia. Sin embargo, al ser una pieza que cumple la misma función, pero sin la misma gracia que la primera, la encuentro algo disonante y por ello sobrante.

El otro problema que le achacaría a la obra, o al menos aquel que yo he tenido con ella, es que se esfuerza por ser demasiado redonda. Erlingsson quiere dejar todo bien cerrado, pero creo que eso no es importante, o al menos no debería serlo. Pienso que debería ser más relevante el carácter espiritual del filme, y no el material. Y es que lo que al fin y al cabo nos llena como espectadores, como personas, es lo que nos llega, lo que nos trasciende. Que todo quede bien atado, como en un episodio de CSI, poco importa en este contexto.

A pesar de ello La mujer de la montaña se presenta como una película con inquietudes, con una búsqueda, y, sobre todo, realizada con pasión. Y eso siempre es de agradecer.

Escribe Pepe Sapena 

la-mujer-de-la- montana-3