Las herederas (3)

  13 Marzo 2019

Deseo otoñal

las herederas-1Convincente y conmovedora la opera prima del director paraguayo Marcelo Martinessi. Las herederas (2018) aborda una historia humanísima: la atracción que siente Chela (Ana Brun), de 66 años, por una mujer cuarentañera, Angy (Ana Ivanova). Antes de enamorarse de Angy, Chela ha vivido una existencia relajada, plácida, en compañía de su amiga Martina. Las dos, hijas de familias paraguayas de clase alta, han recibido unas rentas suficientes como para vivir sin trabajar.

Todo se transforma, su monotonía vital se altera, en el momento en que el dinero se agota: Martina ingresa en prisión por la imposibilidad de pagar unas deudas, y Chela deberá encontrar un oficio para su manutención. A partir de entonces, creará un servicio particular de taxi, en el que llevará a mujeres mayores adineradas. Lo que en principio empieza siendo un trabajo como otro cualquiera, sin demasiados alicientes, posteriormente le va a a permitir conocer a la mujer que despertará sus deseos: Angy, amiga de Pituca y de otras señoras ricas.

El deseo mutuo (más explícito en caso de Chela; más contenido y sugerente en el de Angy) nace a partir de dos personas antitéticas: además de los veinte años que las separan, Angy es libre, desenvuelta, vitalista, desprendiendo un suave erotismo en algunas de las escenas, mientras que Chela sufre una permanente lucha interior entre los miedos y prejuicios, por una parte, y por otra, el anhelo creciente por la mujer que le ha hecho renacer camino de los setenta.

La interpretación de Ana Brun en el papel de Chela resulta excepcional, de un nivel dramático altísimo. A través de su rostro, sus miradas, las secuencias delante del espejo, reconocemos a una mujer madura que encuentra el sentido a su caminar en la pasión crepuscular que le ha despertado Angy. En los planos donde Chela se arregla, se pone atractiva, percibimos una huella del  Gustav (Dirk Bogarde) de Muerte en Venecia (Luchino Visconti; 1971), que se acerca a la peluquería para proyectar en su imagen externa un enamoramiento torrencial vivido en la madurez.

Consideremos muy lograda la caracterización de Angy, con las gafas de sol y el cigarrillo, que irradian frescura, ganas de vivir. Maravillosa la escena en el interior del taxi donde Angy enseña a fumar a Chela. No es sólo la anécdota del tabaco, sino el simbolismo que acompaña el acto de fumar: la necesidad de llevar las riendas de su propia vida de una manera natural e independiente. En Angy, también sobresalen las historias orales que, a modo de flashback, nos transportan a su infancia y juventud, permitiéndonos conocer mejor al personaje.

De la niñez, cuenta cómo sus compañeros de colegio pintaban princesas, príncipes y castillos, y ella dibujaba vacas en los prados. De su juventud, narra cómo por medio de un adolescente y su novia conoció el placer dentro de una barca en un río. «Ellos me enseñaron todo lo que sé sobre mi cuerpo», comenta Angy. En los dos relatos, profundizamos en una personalidad diferente a los cánones tradicionales establecidos, que entiende el amor como la base del existir.

La atracción de Chela por Angy va creciendo progresivamente a lo largo del largometraje, hasta la escena cumbre en la casa de Chela, donde tras beber unos vasos de vino (el erotismo del vino está presente en la cultura desde El cantar de los cantares bíblico), Angy se tumba sensualmente en la cama y Chela, ruborizada y atemorizada, incapaz de reconocer sus sentimientos, se refugia en el cuarto de baño. Llevaba unas semanas feliz, simpática, entusiasmada pero, en el instante de arrojarse en los brazos de la dicha y el placer, se acobarda. ¿En qué medida el personaje de Chela  está condicionado por su edad veterana o por la educación conservadora recibida? Esta es una cuestión abierta que cada espectador puede responder según su personal interpretación del filme.

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Las herederas posee otros elementos destacables. Toda la película es un prodigio de sencillez y autenticidad visual. Llama la atención la manera tan cercana y realista en la que se refleja la cotidianeidad de unas vidas: la toma de unas tazas de café, los juegos de cartas, los viajes en el taxi, las conversaciones al aire libre. Bastantes planos están filmados con la cámara al hombro, lo que potencia la verosimilitud de la película, e impulsa la situación de conflictividad, la incertidumbre personal que atraviesa Chela, la protagonista. La luz natural, y la preferencia por tonalidades sombrías vienen a incidir, simbólicamente, en la vida aburrida que ha mantenido Chela antes de conocer a Angy. Las escenas entre las dos rodadas en lugares semioscuros, como el hogar de Chela, presentan la fuerza del deseo, cada vez más latente.

El virtuosismo interpretativo de Brun e Ivanova no puede ocultar el ritmo demasiado lento, incluso plomizo, en el que cae el filme con frecuencia. Esto favorece la introspección psicológica en la pareja protagónica, mas merma considerablemente el dinamismo discursivo.

Otro gran acierto de la obra es el final abierto, pues permite al espectador imaginar libremente, no de manera forzada, el devenir de la relación entre Chela y Angy. ¿ Triunfará el amor, el deseo irresistible entre estas dos mujeres? ¿O vencerán los miedos y los temores, buscando Chela nuevos refugios en los que ocultarse?

Con anterioridad, en una escena portentosa, Angy le recita a Chela unos versos de “Loca”, un poema del relevante escritor paraguayo Manuel Ortiz Guerrero; versos que sintetizan el mensaje libre y plural de la película:

Oh, loca divina, que canta
y que llora, que ríe y que reza,
atrévete siempre, es ese un
gran culto que pocos profesan.

«Atrévete, atrévete, atrévete», implora Angy después del recitado.  Las herederas logró el Premio de la Crítica en la Berlinale de 2018. Ana Brun se alzó con el Oso de Plata a la Mejor Actriz, dedicando el galardón «a las mujeres paraguayas, las luchadoras».

Escribe Javier Herreros Martínez

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