Pájaros de verano (2)

  11 Marzo 2019

Traficante por amor

pajaros-de-verano-1Cuando el cine y la televisión se han acercado al mundo del narcotráfico lo han hecho a una realidad ya consolidada, dominada por unas estructuras poderosas y complejas en las que no es posible reconocer el germen que las originó. La maquinaria ha adquirido vida propia e ignora su momento seminal.

Pero algo ocurrió en el principio, y eso es lo que esta película colombiana pretende narrarnos. Se remonta a los inicios, al instante en el que a alguien se le ocurre pagar por una cantidad de marihuana que excede la del propio consumo, y a partir de ahí trata de reconstruir la imparable deriva que desemboca en la situación actual ya conocida, y que la película traza hasta finales de la década de los setenta.

Dos aspectos llaman la atención en el planteamiento elegido para contarnos ese tránsito. En primer lugar, su aproximación fragmentada. La película no sigue un desarrollo lineal y minucioso que vaya engarzando unos acontecimientos con otros hasta diseñar un todo acabado y coherente, sino que, apoyada en su división en capítulos, va remarcando los hitos más significativos de la historia, aquellos que, leídos desde el presente, la acaparan. Y entre esos momentos se mueve a base de elipsis que dan por supuesto lo omitido. Pero precisamente por eso la narración acusa una debilidad que afecta al relato mismo, cuya credibilidad se desdibuja en aras de las circunstancias relevantes que es necesario recalcar.

Lo que acontece lo hace no tanto por la fuerza de los hechos, sino por una necesidad a priori que obliga a insertarlos a toda costa, aunque el precio sea la banalidad. Y de ahí esa sensación de que todo resulta trivial, innecesario. Las cosas ocurren casi por casualidad, y siempre a pesar de sus protagonistas. El tráfico de drogas se nos presenta poco menos que como un juego en manos de un grupo de inconscientes que se han topado con él y que ni sabe lo que se trae entre manos ni es capaz de controlar el monstruo que están engendrando.

Y esto hace que las culpas se disuelvan hasta desaparecer. Los buenos salvajes de los que trata esta historia no pueden ser responsables de semejante monstruosidad, o al menos no con la conciencia que la culpa requiere. Y de ese modo se van diseminando las cargas.

Rapayet, el protagonista, es un hombre bueno. Su cara lo dice constantemente. Ni con sus triunfos parece feliz. Soporta durante toda la película una carga que lo aplasta. La manera en la que entra en este mundo es muy significativa. Acuciado por la necesidad de conseguir la dote para casarse con Zaida (víctima por lo tanto de unas costumbres tan opresoras como la droga que va a poner en circulación), alentado por su amigo falto de escrúpulos y pendiente sólo del placer inmediato, y financiado por los invasores norteamericanos portadores de los males que el capitalismo (en su forma de combate contra el comunismo) acabará extendiendo, Rapayet se encuentra en un callejón sin salida que le aboca a poner en marcha todo el engranaje.

Lo mismo cabría decir del inicio de la violencia, algo con lo que se encuentra de improviso y a lo que no puede escapar, hasta que todo se resuelve con esa escena de penitencia y perdón, inútiles por otra parte, en la que lo vemos volviendo a sus esencias, al campo de sus orígenes, a la vida que siempre ha añorado y a la que en el fondo soñaba con volver.

Todo ocurre por lo tanto como una concatenación de acontecimientos que parecen tener vida propia, o como un conjuro de casualidades que los actores que en ellas se ven involucrados no pudieran detener aunque ésa fuera su intención. La bondad intrínseca que se les supone, su pureza originaria, no casa bien con la tormenta desatada, y por lo tanto no puede ser condenada sin más. Si acaso todos son víctimas de algo tan etéreo como el sistema (el capitalista, claro, pero también las tradiciones que les obligan) cuyo poder les supera y les subyuga.

La puesta en escena recalca el desequilibrio entre las intenciones y los hechos. Lo vemos en la forzada transformación de la vestimenta y el aspecto de Zaida a medida que crece el poder de su marido, y lo vemos sobre todo en el símbolo de su riqueza, el absurdo palacio construido en medio del desierto, una fortaleza en mitad de la nada que, aunque trata de abandonar y así salvarse, será la tumba de su familia.

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Al hilo del narcotráfico la película está planteando un problema más de fondo, el de la pervivencia de los valores tradicionales, la lucha por mantenerlos y su caída víctimas de la llegada incontenible de los nuevos tiempos.

No se trata, y eso al menos hay que agradecerlo, de una defensa acrítica de las tradiciones. Ya hemos señalado cómo son ellas las que están en el origen de la decisión e Rapayet de comenzar con la venta de marihuana para poder hacer frente al pago de la dote, y también en el respeto absoluto a los vínculos familiares cuya violación es la que desencadena la guerra entre clanes, con la participación de unos y otros obligados a tomar partido.

Quien representa la tensión entre los valores ancestrales y los nuevos tiempos es Úrsula, la cual, ya desde el primer momento, adquiere el doble rol de guardiana de las esencias y de protectora de los suyos. Ella es quien asiste a la joven Zaida en su rito de iniciación al comienzo de la película y quien a la vez le transmite la confianza de que allí estará ella para ayudarla en el caso de que algo ocurra. Su papel es siempre el del ojo vigilante y el reproche de la conciencia, defensora de unos valores que alcanzan el apogeo de su destrucción con el asesinato de la palabra, el mensajero de paz, anacronismo que pese a todo los wayuu se empeñan en mantener, pero que ya no tiene sentido.

Leonidas, el joven nacido en los nuevos tiempos y en la abundancia que han traído consigo, representa perfectamente la pérdida de valores, el desprecio a las tradiciones, la desorientación vital, algo que Úrsula censura pero a lo que antepone los lazos familiares y la necesidad de defenderlos a toda costa.

Con todo ello se crea una amalgama que no acaba de ofrecer un rumbo claro por el que la película pueda transcurrir. El tema del origen del narcotráfico peca de excesiva trivialidad, recurriendo incluso a tópicos como el de los hippys fumando hierba al borde del río. Los grandes males que ha traído consigo parecen remitirse a una mera reyerta familiar, plagada de casualidades que se han ido escapando de las manos, o que en todo caso han sido dirigidas a distancia por una mente malévola que tampoco vemos, pero de la que se nos invita a sospechar.

En cuanto a los wayuu, los protagonistas de la acción, su visión se mueve entre lo folklórico y lo ternurista, y los momentos que parecen introducir una complejidad mayor quedan abandonados sin abundar en la reflexión que requerirían.

Escribe Marcial Moreno  

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