Cafarnaúm (2)

  04 Marzo 2019

La vida en las calles

cafarnaum-0Ver Cafarnaúm es una experiencia verdaderamente dolorosa. Tampoco resulta tarea sencilla el tener que opinar sobre ella porque conjuga diferentes parámetros tanto a nivel fílmico como extra cinematográficamente hablando. Además, no vamos a decir nada que ya no se haya dicho sobre ella previamente. A estas alturas, quien la conoce sabe de qué va, lo que va a mostrar y lo que todo ello supone.

Nadine Labaki, realizadora y actriz libanesa, había alcanzado la fama internacional con Caramel, ahora hace ya más de diez años, aunque necesitaba de «esa» obra que la encumbrara al olimpo de los directores con una cinta que fuera significativa. Y Cafarnaúm está diseñada desde su imagen de apertura hasta su imagen final como esa película supuestamente necesaria que incide en ese cometido.

No en vano la cinta ha calado hondo entre el público que la ha visto, se ha llevado algunos premios suculentos a casa (Premio del Jurado en Cannes, por ejemplo) y ha logrado ser una de las películas nominadas al Oscar como cinta de habla extranjera. Motivos no le faltan porque, como decíamos, tiene potencial suficiente como obra audiovisual aunque también tiene otros tantos puntos como cinta sobre los derechos humanos.

Sus primeros minutos muestran a un niño indocumentado, del que no se tiene constancia legalmente porque no está inscrito en ninguna parte. Lo están preparando para un juicio del que él es el principal protagonista. Sabemos que ha cometido algún tipo de crimen, pero el muchacho aprovecha para demandar a sus padres por traerlo a este mundo porque su vida, tal y como él la describe «es un infierno».

Labaki hace de este prólogo su leit-motiv para retroceder en el tiempo y explicar la historia de este niño, de nombre Zain, a la par que nos muestra algún que otro personaje que más tarde se retomará en la odisea. Estamos en el barrio pesquero de Cafarnaúm, en Beirut, y conocemos el día a día de Zain y de sus tropecientos hermanos, todos ellos menores de edad y puestos en la calle a trabajar de cualquier cosa para que aporten a la economía familiar.

Sus padres viven al margen del sistema. No hay escolarización ni legalidad ni nada. Sus vidas se basan en la supervivencia cotidiana, en el presente inmediato sin que importe mucho el futuro. Las hijas son, cuando ya pueden concebir y como ya sabemos, moneda de cambio. Los varones son los que más pueden aportar a la familia en cuestiones monetarias. Zain intentará defender a sus hermanos, a una hermana en especial, pero cuando compruebe que sus intentos no han servido de nada, se fugará de casa e iniciará una huida a ninguna parte que lo relacionará con nuevos personajes.

El guión de Nadine Labaki utilizará todo tipo de recursos dramáticos para tejer esa tela de araña por las calles de Beirut y para que la supervivencia desesperada de Zain resulte creíble. Cuando uno piensa en la historia que propone Cafarnaúm, puede hacer que se tronche de risa si opta por el escepticismo o que se la tome en serio y le rompa el corazón por la acumulación de microdramas que se van sucediendo en pantalla.

Labaki construye una historia terrible en el epicentro de la tragedia. Se adentra tanto en la vida de la calle que por momentos resulta admirable algunas de las secuencias que ha filmado, a la par que logra que el espectador lo pase verdaderamente mal con la angustia y la tragedia de los personajes, por otro lado admirablemente encarnados por actores no profesionales. No hay más que comprobar que quien la ve no puede apartar los ojos del jovencísimo Zain Al Rafeea y de sus idas y venidas o se le llenan los ojos de lágrimas viendo el rostro de la actriz nigeriana refugiada Yordanos Shiferaw.

Es como si Labaki rodara por momentos un documental basado en la vida de la calle. Esa vida en la que buscar en los contenedores puede ser una solución para poder engañar el estómago o en la que la venta de cualquier alucinógeno puede dar para lograr una vida un poco mejor.

Es incontestable la pericia narrativa de Labaki para mantener todo el exceso del melodrama, todo el sentimentalismo contenido, todo el poder su propia historia y, además, nos pasee por las calles como si estuviéramos viviendo de primera mano todo lo que va desgranándose. Al igual que sucede en la comentadísima Roma, uno incluso se llega a preguntar cómo es posible el haber rodado ciertas secuencias de alucinante verismo.

También es digno de mención todo el despliegue técnico que acompaña las imágenes. Su fotografía en colores terrosos, su conmovedora banda sonora o los constantes encuadres imposibles de una cámara al hombro imposible de detener contribuyen a ese efecto tan deseado por Labaki de urgencia, de inmediatez.

Desde luego, es un filme imperfecto repleto de aciertos. Se puede considerar pornografía de la miseria. Se puede considerar una obra oenegera plagada de golpes bajos que pide a gritos una reflexión. Se puede considerar una cinta milimétricamente medida para que el primer mundo se quede boquiabierto.

Pero no puede dejar de considerarse una película que halla el camino mediante sus propios méritos.

Escribe Ferran Ramírez

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