Perdiendo el este (1)

  13 Febrero 2019

Chico encuentra china

perdiendo-el-este-0En 2015 se estrenó Perdiendo el norte, una comedia dirigida por Nacho G. Velilla que se convirtió en el éxito de taquilla del cine español sobrepasando los 10 millones de euros de recaudación.

En una especie de revisión de Vente a Alemania, Pepe, las dificultades de un grupo de jóvenes españoles para sobrevivir en Berlín era la excusa para hablar del fenómeno de la emigración forzosa de la juventud. El toque de humor grueso, la comedia romántica y una pizca de nostalgia (el viejo emigrante que interpretaba José Sacristán) fueron los elementos que atrajeron a los espectadores al cine.

Perdiendo el norte terminaba con una escena en la que el personaje de Braulio (Julián López) se trasladaba a China y ese gag final sirve ahora como punto de partida para plantear esta secuela, secuelas a la que nuestra industria cinematográfica se apunta en escasas ocasiones.

El modelo franquiciado significa que se debe establecerse una continuidad entre los filmes para que sean reconocibles por el espectador, un nexo de unión que se extiende desde los actores hasta la temática. Retomando la escena final de la película de 2015 se inicia Perdiendo el este, ahora con el personaje de Braulio como protagonista, traspasando la dificultad de adaptación cultural, idiomática o gastronómica de Alemania a la singularidad de Hong Kong.

Pero al contrario que el filme original, en el que había una lejana denuncia de la situación lamentable que la crisis económica significaba para la juventud, en esta secuela se apuesta directamente por la comicidad adaptando el esquema clásico de comedia romántica: chico encuentra chica, chico pierde chica, chico recupera chica.

El problema no es que Braulio, a pesar de su preparación, no tenga posibilidades de encontrar trabajo y tenga que emigrar; o lo dificultades de adaptación a un país lejano y muy diferente a nuestra cultura, pues desde los primeros minutos se abandona la referencia a la crisis económica; el problema real de Braulio, y es de lo que nos habla la película, es de alguien que tiene dificultades para conquistar a una chica. Debajo del adorno exótico de la ciudad asiática, y bajo una subtrama en la que todos engañan a todos, tenemos una historia sencilla de un patoso que aspira a enamorar a la chica.

En principio podría ser una buena elección desprenderse de esa rémora del filme original y centrar la narración en la comedia romántica, pero para ello necesita tener algún aditamento propio y original que le haga destacar de la repetición, de las situaciones ya vistas y explotadas en otros productos.

Pero el equipo de guionistas, formado en productos televisivos (Aida, 7 vidas, etc.) confía el discurrir de la película a una serie de elementos que empiezan a constituir una especie de manual para comedias etiquetadas como comerciales o exitosas (sin ir más lejos, la reciente Bajo el mismo techo).

Así, tenemos un encadenamiento de situaciones cómicas que funcionan como un compartimento estanco y que se adivinan a lo lejos (la prueba de Braulio ante el tribunal, su caída al estanque para recoger las flores, la escena de la cucaracha); pueden provocar la risa en algún momento, pero no conforman una historia estructurada en torno a un guión.

Otro de los recursos es el casting de caras conocidas en papeles muy menores, que aparecen y desaparecen con rapidez, y cuya única contribución es afianzar el posible valor promocional o comercial del filme, aunque el guión apenas les reserva un par de frases (Javier Cámara, Fele Martínez).

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En este sentido, hay una acumulación de papeles de mayor o menor importancia (Miki Esparbé, Chacha Huaung, Silvia Alonso, Carmen Machí, Malena Alterio, Edu Soto, Younes Bachir, Leo Harlem, etc.) que arropan al protagonista y a los que es difícil dedicarles el mínimo rigor, por lo que al final la caracterización de muchos de ellos se basa en una pincelada repetitiva. Por ejemplo el personaje que interpreta Miki Esparbé, siempre contando los chistes sobre chinos;  o Younes Bachir jugando continuamente con el cambio de orden de las palabras en frases y refranes españoles; algo que en la extensión temporal de una serie sirve para etiquetar a un personaje y que el espectador lo recuerde capítulo a capítulo, pero que en la duración más limitada de una película se convierte en un recurso repetitivo.

Por lo tanto la apuesta por una comedia gamberra bajo el paraguas del esquema romántico no está mal sobre el papel (y se nota la compenetración del equipo), pero al imponerse todo lo que es el diseño de producción parece que la autoría reside más en la propia producción que en los elementos que terminan siendo importantes en un filme (un guión que mime a los personajes y a la historia, una dirección que destaque de la realización televisiva).

Lo que no se puede negar es que Perdiendo el este es transparente en su concepción y pone las cartas sobre la mesa desde el inicio: un filme ideal para ser consumido por aquellos que ya disfrutaron en su momento de la anterior película y que confían las risas a un grupo de actores que, eso sí lo hacen bien, se adaptan como anillo al dedo a las exigencias del filme, convirtiéndose en los pilares sobre los que reside la factura final del producto (no echando en falta la desaparición de algunos nombres del reparto original).

El éxito en taquilla viene bien para la industria y todo el sector que de ella depende, pero es una lástima que se establezca una brecha entre la apuesta por el  valor comercial, por un lado, y la consideración artística, por otro; es decir, conseguir el interés del espectador no debería significar renunciar a contar bien una historia desde el punto de vista cinematográfico.

Escribe Luis Tormo | Entrevista con Paco Caballero y Julián López 

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