Glass (3)

  12 Febrero 2019

Secuela a tiempo real

glass-1¿Necesitaba una secuela El protegido? Shyamalan logró con su segunda película una apuesta muy personal sobre la figura del héroe del cómic, una obra redonda, sobria y sostenida, con una magnífica resolución, ese giro final marca de la casa.

A partir de entonces, siguió obteniendo reconocimiento con cada nuevo trabajo y recabando seguidores. Su principal triunfo fue lograr un sello inconfundible, un estilo propio. Y con todo, en cada nuevo título parecía renovarse, plantear una ambientación distinta, una nueva historia.

Con un pie en el cine de terror y otro en una narrativa visual inspirada en Hitchcock, consiguió provocar en el público no pocos sobresaltos, desde su éxito con El sexto sentido. También logró que sus películas siguieran flotando en el parloteo del gentío al abandonar la sala. Lo hacían por los finales, mimados y cuidadosamente dispuestos como una trampa mortal y sofisticada. No solo funcionaban o causaban efecto, sino que se apoyaban en los personajes, el drama, apuestas brillantes en el lenguaje visual y temáticas con subtextos interesantes (el superhéroe en la vida real, la realidad y la ficción, la aceptación de uno mismo, el lugar en el mundo, la creencia en un orden superior, la familia, la vida en sociedad).

Así lo demostró con Señales y El bosque, nuevamente arriesgando con el final, pero a la vez apuntalándolo con el despliegue de historias personales, conflictos y sucesos disparadores de los acontecimientos.

El director atravesó una etapa menos exitosa, coincidiendo con una transición del modelo de cine entrando en la década de los 2000 (cabe resaltar que aunque El sexto sentido es de 1998, la cinematografía de Shyamalan casa más con los 90 y tiende al clasicismo). En estas horas bajas, sus películas se valoran más como obras fallidas, con peor recepción: son los años de la muy personal y arriesgada La joven del agua, una no muy bien recibida El incidente (ambas perfectamente reivindicables, tendiendo a lo metanarrativo en un caso y consiguiendo aterrar con una amenaza invisible en la otra) o títulos aparentemente alimenticios, como poco disonantes en cuanto a recaudación y crítica, como son Airbender: el último guerrero y After Earth.

Shyamalan corría el riesgo de perder su atractivo halo de director personal y estimulante y de la mano de Jason Blum (productor de las sagas Paranormal Activity, La purga e Insidious y éxitos recientes como Déjame salir o la última Halloween), consigue mantenerse a flote pergeñando la cinta de terror La visita. A pesar de que funciona bien, está lejos de devolver al director a la primera línea y su filmografía continúa relegada los confines de género, cuando lo que había logrado anteriormente es romper las etiquetas para ofrecer excelente cine.

No obstante, hay elementos tanto en La joven del agua como en La visita que permean en Glass: la narración autoconsciente y el uso de múltiples puntos de vista y el recurso del metraje encontrado o found footage (aunque ya hay trazas de ellos en el resto de su filmografía).

Su trabajo bajo el auspicio de Blumhouse continúa con Split (Múltiple), un trabajo discreto que tiene todos los valores para ser apreciado por sí mismo (si bien todo apunta a que fue concebida como continuación): actuación apabullante de James McAvoy, una Anya Taylor-Joy sobresaliente, cuyo pasado se deshoja en flashbacks dosificados a lo largo del metraje, ofrece una buena historia y desarrollo... y sí, un giro final. Inesperadamente, la película se conectaba con El protegido años después, y lo hace en un plano final, redefiniéndola, amalgamando el tono de una y de otra para sembrar expectación hacia lo que estaría por venir.

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Glass podría entenderse como una mera secuela que retoma al personaje de David Dunn que encarnó Bruce Willis para enfrentarlo a su némesis, La Horda, acumulación de personalidades entre las que reside La Bestia.

Si El protegido fue una aproximación realista al cine de superhéroes y Múltiple un thriller claustrofóbico en torno a las consecuencias del dolor, en Glass Shyamalan acomete la ardua tarea de aunar y reformular las premisas para desarrollar un nuevo contenido. Lo hace jugando con las expectativas y tratando de huir de los presupuestos del género, dictados casi exclusivamente por el apogeo del universo cinematográfico Marvel.

Así, la confrontación entre los dos antagonistas no se hace esperar y la trama pega uno de sus primeros e inesperados giros, introduciendo nuevos personajes y rescatando algunos de las anteriores entregas: Mr. Glass (Samuel L. Jackson), reaparece confinado en la institución psiquiátrica donde forzosamente Dunn (Willis) y Kevin/La Horda (McAvoy) son reunidos.

La Dr. Ellie Staple (Sarah Paulson) tratará de convencerlos de que sus presuntas habilidades sobrenaturales devienen de un trastorno y los retendrá en salas especiales diseñadas para anularlas.

Por su parte, tanto Joseph, el hijo de Dunn (encarnado por el mismo actor que en El protegido, lo que da una interesante sensación de continuidad a tiempo real, de coherente no-ficción), como Mrs. Price, madre de Mr. Glass y Casey (nuevamente Anya Taylor-Joy), la chica superviviente en Múltiple, reaparecen y son atraídos por sus propias razones a la institución.

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En ocasiones, revolotea la sensación de que estos secundarios, con trasfondos bastante menos trabajados (la relación padre e hijo/madre e hijo en El protegido, la de captor y víctima en Múltiple), actúan como expendedores de información para el espectador. Esta sensación solo es salvada por el tono de metanarración, de relato autoconsciente, que adquiere la historia, sobre todo en las intervenciones de Mr. Glass.

Pese a que para el director es fundamental la puesta en escena, el uso de los colores, la iluminación, o los movimientos de cámara, en ningún momento es capaz de superarse a sí mismo; no hay un momento tan fascinante como el plano giratorio de El protegido en la escena en la que un pequeño Don Cristal tenía en sus manos un cómic por primera vez, ni como aquel en el que David Dunn envuelto en su chubasquero se esforzaba en vencer al asesino de mono naranja. Sí existen, en cambio, encuadres aberrantes, subjetivos, planos estáticos, recurriendo a insertos de cámaras de seguridad, etc.

La estancia en la institución se planeta interesante, pero se alarga sin ofrecer demasiado a cambio, de manera que al desencadenarse los sucesos que conducen la trama hacia su desenlace, se produce una aglutinación de giros, flashbacks y explicaciones. Las habilidades de McAvoy —como en Múltiple, gran atractivo de la película— son explotadas al máximo en una entrega irregular a la que hay que reconocer una habilidad especial, una capacidad sobrenatural propia: la de conseguir reformular constantemente otras ficciones a la vez que a sí misma.

Escribe Manuel María López

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