The Old Man and the Gun (3)

  17 Febrero 2019

Una vida plena

the-old-man-and-the-gun-1¿Para qué sirve un atraco? Cuando se piensa en él lo primero que nos viene a la mente es el botín, sin el cual carecería de sentido. El riesgo es asumible por el valor de la recompensa, en este caso una recompensa fácilmente cuantificable, reducible a números.

The Old Man and the Gun es una película de atracos, pero no de botines, al menos de los que todos esperaríamos. Basada, más o menos, en hechos reales (así lo señalan los créditos iniciales), nos cuenta la actividad delictiva de una curiosa banda integrada por tres hombres ya ancianos que poseen todo el tiempo del mundo para recrearse en su tarea y que disfrutan más del proceso que del resultado.

El planteamiento no renuncia a las claves del género: bancos, atracador de espaldas, maletín para el dinero, plano de sus pies saliendo de la oficina bancaria que acaba de asaltar, radio de la policía que es interceptada y por lo tanto burlada, huida en coche… Pero de inmediato aparece el elemento que propicia el giro de la historia. Los atracos serán la excusa para construir una tenue pero elegante historia de amor entre dos seres que se encuentran desde posiciones antagónicas, y es esa diferencia la que les permite, en su libertad, acercarse, enriquecerse.

Forrest Tucker (un gran Robert Redford, posiblemente en los mejores momentos que nos haya dado), el atracador, es un ser errante. Transita por diversos estados, no aspira a encontrar un cobijo definitivo. Su vida se limita a moverse sin fin, y las entradas y fugas de la cárcel son una manera de no acomodarse. Abandonó a su familia porque una familia aprisiona y él es un ser libre. Como los viejos vaqueros del oeste (los viejos westerns que se ven en televisión) hace del camino su morada, y de la persecución su alimento. No se trata, como muy bien señala a modo de resumen de su comportamiento, de ganarse la vida, sino de la vida misma.

Tiene también un estilo, algo que pocos son capaces de alcanzar. Es el mismo estilo que se transmite en la película. Todo ocurre de manera reposada, como si no tuviera importancia, alejado de cualquier urgencia. Comenzando por los mismos asaltos, que casi se producen de manera secreta, sin que los clientes de los bancos adviertan nada, y siguiendo por las relajadas conversaciones entre los personajes, teñidas de esa calma otoñal de quien no está dispuesto a invertir más energías de las necesarias, pero que no por ello duda de sus convicciones.

Lo que más destaca de la actitud de Forrest en sus robos es que es feliz. En ello se resume su vida. Asalta bancos porque es feliz haciéndolo. Se fuga de la cárcel porque disfruta con la huida. Es su manera de sentirse vivo. No importa tanto el ser apresado porque de esta manera se abre una nueva puerta a recomenzar lo que de verdad le da sentido a su existencia.

Y en esto que aparece Jewel (una descomunal Sissy Spacek, con esa belleza que dan las huellas del paso del tiempo cuando no se las combate, cuando son testimonio de una vida intensamente vivida), también de vuelta de muchas cosas, con el pasado a sus espaldas pero con una mirada limpia al futuro. Encuentra en Forrest un interlocutor, un alma gemela, aunque con raíces bien distintas. Jewel está aferrada a una casa, a un lugar. Tanto es así que le fascina la inscripción que aparece del antiguo dueño, se siente interpelada por ella, como si fuera la continuadora de un fuego sagrado que hay que mantener vivo. Sus hijos le aconsejan que venda esa especie de rancho perfectamente delimitado por una cerca en el que pasa sus días, y en el que se colaba el caballo del vecino hasta que se quedó a vivir allí. Pero ella, a pesar del alto coste que debe afrontar, no lo hace. Es su lugar en el mundo y no lo abandona.

Entre ellos surge, de manera sutil, serena, la atracción. Hay un momento en el que la cámara lo cuenta con una delicadeza exquisita. Se encuentran los dos en el bar al que suelen acudir, y entonces se produce una ligera panorámica que nos muestra el resto de los clientes, todos jóvenes. Como si ellos recobraran la juventud, aquellos sentimientos ya lejanos, el ímpetu que permanecía adormecido.

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Arranca así un tour de force en el que la atracción tiene sus peajes. La manera en que se conocen ya es un perfecto diseño del campo de batalla: Forrest anda huyendo y se encuentra con Jewel, que intenta reparar su furgoneta averiada. Se detiene a ayudarla, aunque en realidad es una estratagema para burlar a la policía. Forrest es el movimiento que se ve interrumpido, Jewel la permanencia que retiene. Él seguirá atracando bancos, pero poco a irá cayendo en las redes de ella. Más bien habría que decir rindiéndose a su encanto, entrando en su lógica, porque Jewel no es una taimada manipuladora que planifique su captura. Lo que se produce es más bien el choque entre dos mundos y el intento de hacerlos compatibles.

El viejo ladrón acude al banco y trata de pagar la hipoteca del rancho en el que ella vive sin que se entere, lo que significa asentarla definitivamente en ese lugar, que es tanto como echar él mismo raíces, encontrar, confirmar un punto de referencia. Más tarde accederá a devolver el brazalete robado. Es muy clarificadora esta escena. En ella se produce la lucha entre dos actitudes ante la vida, y es la de la mujer la que resulta vencedora. Pero el momento crucial se da cuando ella le pide que no rellene la última casilla de sus fugas. Esa es la renuncia máxima que puede asumir. Y la asume. El proceso, con toda la sencillez, la amabilidad y la dulzura del mundo, ha sido el del sometimiento. Una pelea con armas de gomaespuma, armas que no disparan, que parece que no hieren, pero que lo hacen.

La salida de la cárcel es otro momento brillante de la película. Desde la posición de cada uno, alejados entre sí, se nos ofrece un plano del otro donde aparecen diminutos, solitarios. Libres aún. De ahí se corta al interior del coche, donde ya están juntos. Pero a Forrest se le ve incómodo, como enjaulado. Ha salido de la prisión y parece que siga aún preso. Y se instalan en la casa. Ella le dice que puede quedarse el tiempo que quiera. Él lo agradece, pero parece que se quejará. Los planos son interiores, con Forrest mirando al exterior por la ventana. Y el vestigio del primer dueño enmarcado, el ancla. Parece que ella ha vencido, que su modo de entender la vida se ha impuesto, pero eso sería matar a Forrest, y él no está dispuesto a morir.

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Este es el esqueleto de la película. Complementándolo aparece también un policía perseguidor, en una interpretación más que discutible de Casey Affleck, alguien fascinado por el delincuente a quien trata de atrapar, aunque la descripción que de él se hace es mucho menos cuidadosa, centrada en reproducir, como en un espejo, las características del anciano (también la persecución como forma de vida, la necesidad de que no acabe nunca), aunque sin conseguir la coherencia lograda con éste.

Cobran importancia, en ese protagonismo del paso del tiempo (recuerdos de la niñez, cumpleaños, proyectos aún no realizados, como montar a caballo, vista cansada, constantes alusiones a los distintos momentos de la vida de los personajes…) la presencia de los niños, como una especie de recordatorio de un nuevo comienzo, como la cesión de un testigo.

El marco histórico de los hechos lo delimita la época del mandato de Ronald Reagan a cuyo atentado se hace referencia. Pero se usa también como contrapunto, pues se oponen las turbulencias del momento a la placidez de la América rural en la que acontece la historia que se cuenta, placidez acentuada por las constantes referencias de la televisión, que apenas dan importancia, si es que llegan a reparar en ellos, a los asaltos que se están produciendo.

Robert Redford, que también figura como productor, anuncia que con esta película se despide de la interpretación. Su gran trabajo es un magnífico colofón a su carrera, la cual es repasada en un brillante recorrido que confunde al actor con el personaje. Posee el aroma de la despedida y es también una rendición de cuentas. Como Forrest con los atracos, Redford ha hecho del cine su modo de vivir, y lo que falta saber es si de verdad será capaz de renunciar a él.

Escribe Marcial Moreno  

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