El vicio del poder (3)

  05 Febrero 2019

¿En manos de quien estamos?

el-vicio-del-poder-1Adam McKay (1968) es productor, actor, guionista y director, tanto de cine como de televisión. Se inició en uno de los programas televisivos más famosos, Saturday Night live, intervino como guionista en varios episodios desde 1995 a 2001. Su primer trabajo para el cine fue El reportero: La leyenda de Ron Burgundi (2004), como coguionista y director.

Forma, estilo, sentido cinematográfico lo va depurando hasta llegar a una serie de filmes en los que mezcla la realidad con la ficción en un intento de criticar el mundo del poder, de su manipulación, estructuras familiares. Algo de eso, aunque muy levemente, aparece en sus primeras obras, donde llega incluso a ponerse a las órdenes de Judd Apatow para realizar Hermanos por pelotas (2007).

En ese caminar a la búsqueda de un cine personal, será La gran apuesta (2015) donde se asoma a la gran crisis bancaria. Dos años antes de aquella apuesta había retomado el personaje de su primea película (Ron Burgundi), en Anchorman 2, como si de esa manera intentara cerrar toda una etapa.

Después de La gran apuesta realiza la actual El vicio del poder y actualmente rueda (formando una trilogía) Bad Blood, sobre una empresaria americana fundadora de una de las más importantes compañías de Silicon Valley. Entre La gran apuesta y El vicio del poder dirige varios episodios de la serie La sucesión, sobre una familia multimillonaria. Filmes todos ellos que se centran en los vicios del poder.

Si tuviéramos que pensar en influencias o en películas parecidas, aunque sean muy diferentes, pero cuya identidad corresponda a la tesis y la forma, desde la caricatura a la mala uva, habría que pensar en los (falsos) documentales de Michael Moore

Una lástima que entre nosotros se haya dado al filme comentado el título que tiene, ya que el original era claro en su sentido. Simplemente se titulaba Vice con lo cual se emparejaba «vicio» con «vicepresidente» de forma eficaz, rotunda, irónica.

Toda la película se centra en la vida de Dick Chaney, nacido en 1941, el que fuera todopoderoso vicepresidente de George Bush Jr., ejemplos ambos de los terribles políticos que los ciudadanos tenemos que soportar. Un biopic duro, desde unos planteamientos irónicos, aparentemente amables, que descubren a un personaje indigno, elevado al poder por encima de sus nulos meritos, únicamente amante, sea como sea, del poder, pasando por encima de quien sea para llegar a lo más alto desde su inutilidad total.

Sorprende que en Estados Unidos, sin que el sistema se erosione, se pueda hacer un retrato tan duro de una persona aún viva, cuya productora no sea independiente, un retrato de gran éxito y que además pueda llamar a la puerta de los Oscar.

Cheney es, de todas formas, el espejo deformado de un país capaz de elegir a unos presidentes ineficaces, payasos, parodias de sí mismos o, incluso, ser títeres, muñecos de feria dominados por otros seres mefistofélicos cuyo único sentido y fin es ser ellos mismos, arruinando o pisoteando a quien sea en su escalada. Inútiles, por supuesto, y por tanto peligrosos en su afán desmedido por ser los dominadores. Y sin capacidad de reacción (basta recordar la escena del comienzo y que se vuelve a repetir en otro momento) en los momentos clave.

Su conversión —pero sin apearse de su banalidad, de su vulgaridad— puede producirse por cualquier hecho, en este caso será ante la amenaza de abandono de su mujer, de forma que el joven Cheney (bebedor, fichado por la policía por conducir borracho) decida ser otro ser que escale hasta lo alto sin importarle nada los cadáveres (políticos) que va dejando una ascensión a la que llega, ¡cómo no!, con trampas y engaños.

La primera parte del filme, la mitad aproximadamente, señala su ascensión hasta llegar a lo que se supone puede ser el punto máximo de su vida. En ese momento donde la riqueza y la vida le sonríen la película se corta, mejor dicho anuncia su (primer) final. Aparecen los letreros que nos indican más o menos que los Cheney adquirieron fama y felicidad viviendo en ella hasta… y después el comienzo de los letreros de crédito.

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Pero, ojo, eso no es más que una especie de intermedio o un corte entre un final feliz al que se escatima lo que vendrá después. Es cómo decir, ¿cree usted que ha visto todo sobre tan cretino personaje? Pues no, aún viene lo peor. Y lo peor es que se convertirá en vicepresidente o, mejor, en un presidente en la sombra ya que su alargada sombra va a anular a alguien más inepto que él, a Bush Jr.

El vicio del poder repasa unos años de la historia de una degradada y desagradable América que culminaría, tras la esperanza de un Obama, en la vulgaridad y ordinariez del inepto actual presidente norteamericano, tan peligroso o más que Cheney. Ejemplos de millonarios prepotentes convertidos en dioses inadorables, inhumanos.

Ante todo ello nos podemos preguntar, doloridos y asombrados, sobre los que nos gobiernan, o mejor, si en realidad tratan de gobernar o sólo desean ser los amos del mundo, al menos del errático al que ellos aspiran.

La película construye y deconstruye la vida de Cheney a través de imágenes documentales, utilizando frases que de vez en cuando aparecen en la pantalla, así como diferentes tipos e formato. Una mezcla que sienta bien al filme, consiguiendo momentos bien construidos: la duda de Cheney en aceptar el cargo de vicepresidente ya que un vice, se dice, no es nadie… (algo que dará la vuelta al imponerse al presidente: estupendas las conversaciones con Bush Jr.); los momentos que reproducen el 11-S; toda la parte que señala la llegada a la Presidencia de Carter y la posterior —con el cambio de planteamientos— de Reagan, la elección (engañosa) de Bush Jr.

Cheney, rico, especulador, trapisondista, jugador de ventaja en sus elevados puestos, es interpretado por un Christian Bale en estado de gracia absoluta. Si los Oscar fueran justos, Bale, sin duda, sería el próximo triunfador. Y no sólo por haber engordado hasta parecerse a Cheney (el actor fue capaz hace años de adelgazar hasta aparecer escuálido en el film El maquinista), no, se merece los reconocimientos porque en realidad Bale es Cheney.

El actor convertido en su personaje es algo que el director consigue con cada uno de los intérpretes, de tal forma que más que actrices o actores son los personajes que interpretan, por lo que reconocemos más a estos que a los intérpretes, como sucede en el caso de Amy Adams como la mujer de Cheney, Steve Carell como Donald Rumsfeld… y, por no citar a todo los que aparecen en el filme, Tyler Perry como Colin Powell (¿no es de verdad Powell?).

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En ciertos momentos se corta la acción y se reconduce al espectador a unos presumibles grupos de trabajo o de estudios donde debaten los personajes (desde la ficción) ciertos puntos sobre sucesos, la política…, el final nos reserva una doble sorpresa que muchos espectadores, presurosos por no se sabe muy bien qué, se perderán.

La manía de creer que una película termina cuando aparecen los letreros de crédito finales, la manía de la mayor parte de las salas de cine de encender las luces como invitando al espectador a marcharse. Craso error, muchas películas de animación cuentan con unos créditos finales con sorpresas variadas para evitar que los espectadores salgan al comiendo de los mismos (una bonita manera de enseñar a las niñas y niños la importancia de esos créditos). No sólo las de animación, muchas de superhéroes también cuentan con ese (interesante) reclamo, y este curioso filme también juega con ello. El final contiene los consabidos rótulos explicativos de la vida posterior de los personajes principales que han protagonizado la historia (algo que algunas películas con personajes inexistentes también reproducen), la música (adecuada a lo visto) y una corta escena al final de los créditos.

Después de los rótulos que indican que es de Cheney y de los que vivieron a su alrededor, comienzan los créditos acompañados de una clara música, muy conocida, y representativa de América, de lo que es, se piensa o se quiera sea: la canción bailable del garaje dominada por Anita (Rita Moreno) en West Side Story. Perfecto cierre melódico y, explicito, sobre el retrato de la América que se nos ha dado.

Falta la guinda, la escena, breve, del cierre: el grupo de trabajo discute sobre el sentido de lo visto. Dos personas, no jóvenes, discuten, más o menos, sobre si es un panfleto de izquierdas válido o un bodrio que nunca debió hacerse. Mientras tiene lugar esa (acalorada y amenazante) discusión, la cámara retrocede hasta mostrar a dos chicas jóvenes ajenas a la discusión que charlan (como casi todos los del grupo que, en corro, permanecen sentados), ajenas a lo demás, hablan de sus cosas… ¿Y cuál es esa cosa? Saber, para no perderse, cuando se estrenará la nueva película de la franquicia Fast & Furious. Nada más.

Así de simple se presenta el interés, y no sólo en América, de la juventud sobre determinado tipo de filmes. Cada uno que saque la correspondiente conclusión.

Escribe Adolfo Bellido López

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