Bajo el mismo techo (2)

  01 Febrero 2019

Hogar, dulce hogar

bajo-el-mismo-techo-1Las consecuencias de la reciente crisis económica tienen su visibilidad más evidente en los datos del aumento de las cifras del paro, la precariedad en el empleo o la dificultad para conseguir el acceso a la vivienda, entre otros muchos indicadores. Y también deja de manera soterrada, a nivel sociológico, situaciones como la bajada del número de divorcios por no poder separarse o la convivencia forzada en un mismo domicilio de separados por la dificultad para liberarse de la pesada hipoteca que recae en inmuebles adquiridos en los tiempos de bonanza.

Este último elemento tragicómico es el que alimenta el relato de Bajo el mismo techo, un matrimonio que en la cincuentena decide separarse pero que al encontrarse con la imposibilidad de vender la vivienda para liberar la hipoteca, no tiene más remedio que vivir juntos tras separarse, al menos hasta que encuentren un comprador.

Juana Macías, directora, coguionista y que también ejerce las tareas de coproductora ejecutiva, acude a la comedia, como ya hizo en su anterior filme, Embarazados, para ironizar sobre esa situación que obviamente genera todo tipo de conflictos entre la pareja protagonista.

Con un prólogo en el que se detalla la compra de la vivienda como un contenedor que tiene que suponer el culmen de la felicidad familiar (casa espaciosa, jardín, piscina), rápidamente el filme se va recolocando como una comedia de enfrentamiento entre la pareja que termina en divorcio que se tensiona por la obligación de vivir juntos.

Siguiendo el modelo de La guerra de los Rose, a la que el propio filme cita en un dialogo, el tono de la comedia deriva hacia la tragicomedia, aumentando gradualmente el choque frontal entre el modelo masculino y femenino, todo ello ensamblado mediante una estructura capitular introducida por unos títulos en la pantalla que van describiendo las situaciones en un escalado de beligerancia y que dan paso a un amplio abanico de temas que van más allá de la excusa argumental de la obligatoriedad de la convivencia.

Temas como la denuncia del machismo del marido, un retrogrado incapaz de colaborar con las tareas domesticas o tratar con cariño a su pareja; un toque de feminismo como reivindicación de la independencia  de la mujer (su sexualidad, su trabajo); la crisis de los 50 y la repercusión que tiene en las relaciones de pareja; las decisiones incorrectas (la compra de una casa hipotecándose de por vida); el miedo a quedarse anclado frente a las nuevas generaciones como la jefa de él, que quiere empleados más jóvenes a quien poder pagar menos o la sátira sobre las nuevas empresas tecnológicas (el personaje que encarna Álvaro Fernández).

Un compendio de aspectos que podrían enriquecer el relato, pero que aparecen como meros apuntes basados en situaciones cómicas ya muy vistas, como cuadros aislados en los que es fácil adivinar el desenlace de cada una de ellas: la dificultad para hablar inglés, la resolución de la escena en que cogen prestado el coche del concesionario, etc. Todo ello hace que el interés inicial, centrado en el primer tercio del filme, vaya decayendo conforme esa sucesión de tópicos van rellenando el resto de la película.

El filme se sostiene por la química de la pareja protagonista, con un buen trabajo de Jordi Sánchez y Silvia Abril, capaces de representar con naturalidad el enfrentamiento entre ambos, un elemento fundamental en este tipo de comedias. Naturalidad que conlleva ser capaces de ir modelando sus personajes en las diferentes fases que atraviesan, desde la contención inicial hasta el esperpento en la última parte del filme, aportando también una dosis de ternura con la que sobrellevar la desgracia.

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Este trabajo actoral se apoya también en los personajes secundarios que dan la réplica a los protagonistas, el compañero de trabajo en el concesionario (Daniel Guzmán) y la socia en la tienda de la mujer (Malena Alterio), ejerciendo siempre como contrapeso o balance para modular la temática propuesta.

Y como está empezando a convertirse en una costumbre, asistimos a una serie de personajes, sin prácticamente guión, protagonizados por rostros conocidos que tienen la finalidad de acrecentar la comercialidad del filme (Cristina Castaño, Ana Morgade, Darko Peric o Dulceida).

En ese tono de denuncia —siempre dentro de la comicidad pues el filme expone sus virtudes y carencias desde el principio— se va orquestando a base de escenas que funcionan como compartimentos estancos y que terminan por ocultar ese mensaje. En la parte final, tras la erupción del conflicto (peleas, destrozos) se apacigua para ofrecer un tono casi melancólico donde la pareja asume que debe permanecer bajo ese mismo techo mientras la deuda hipotecaria penda sobre ellos. En este sentido es una lástima que el filme no termine antes de la coda final que no es más que un añadido que hubiera debido quedarse entre los descartes del montaje final.

Como bien indica su directora, la comedia es un género que puede ser igual de analítico y eficaz que el drama para denunciar situaciones o mostrar aspectos de la realidad, pero para ello es necesario huir de situaciones tópicas y aportar una capa de originalidad si se quiere que el producto final haga mella en la memoria del espectador.

Escribe Luis Tormo | Entrevista Juana Macías | Galería fotos preestreno

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