Los nenúfares de Monet (4)

  18 Enero 2019

Pintar para vivir

los-nenufares-de-monet-1El agua dio sentido a la vida y la obra pictórica de Claude Monet (1840-1926), ya fuese la costa de Normandía, el Sena o su estanque de Giverny. El documental Los nenúfares de Monet, dirigido por Giovanni Troilo, se basa en la fuerza del elemento acuático para transmitirnos la magia de la pintura del artista francés.

Con la compañía de la actriz Elisa Lasowski, que cumple excelentemente el papel de guía-narradora, recorremos las playas normandas, el cauce del principal río galo o los bellos jardines que pertenecieron al pintor. Dentro de un ámbito tan especializado como el artístico, existe el riesgo de impedir la comprensión del espectador o dificultarla en extremo. No ocurre así en el trabajo audiovisual de Troilo, ya que apreciamos la primacía de la imagen sobre el texto, del poder de sugerencia sobre el didactismo.

La propuesta fílmica consiste en una dinámica combinación de panorámicas actuales de los lugares predilectos de Monet, imágenes de sus propios cuadros; grabaciones en blanco y negro (tanto del paisajista como de su época histórica); recreaciones ficticias de su labor pictórica, varios travellings por los museos donde se recogen sus obras (el Orangerie, el Marmottan, el Orsay, el MoMA). Asimismo, la narración de Lasowski se caracteriza por su cercanía y sencillez, adecuando los contenidos para todo tipo de público. No hace falta ser un entendido en arte para sentir la hermosura del documental: un regalo para la mirada humana.

A pesar de que la etapa última de Monet se constituye en el epicentro de todo el filme, hay una incursión en los hitos biográficos del autor: desde el niño que faltaba a clase hasta el artista que, en 1874, participa con Auguste Renoir (padre del que sería uno de los mejores directores de cine de la historia: Jean Renoir), Degas y Cézanne en la primera exposición del Impresionismo (este movimiento artístico tomó su nombre  del cuadro de Monet Impresión, sol naciente, pintado en 1872), pasando por los problemas económicos debido a la escasa venta de sus cuadros, la amistad con el político Clemenceau, o el fallecimiento de sus seres más queridos: sus mujeres Camille y Alice, y su hijo mayor, Jean.

Como todo gran artista, Monet sufrió los vaivenes de la crítica (aspecto muy bien plasmado en el documental). Si hacia 1870, Monet era «el gran rechazado» (aunque siempre obtuvo el reconocimiento y la admiración de sus compañeros pintores; a este respecto, Cézanne declaró que «Monet es sólo un ojo, pero Dios mío, ¡qué ojo!», que intertextualmente conecta con las palabras que Cela le dedicó a Bécquer: «un laúd de una sola cuerda, pero cómo sonaba esa cuerda»), en 1910 se le consideraba «el pintor más famoso de toda Francia».

En Los nenúfares de Monet la contribución de los testimonios resulta decisiva para apuntalar algunas claves creadoras e idiosincrásicas de Monet (su preferencia por las pinturas al aire libre; el afán por captar en los cuadros la esencia del trinomio aire-agua-luz; su carácter agrio; su irreductible esfuerzo artístico), y del tiempo histórico que le tocó vivir (caracterizado por una tremenda tensión sociopolítica que desembocó en el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, prolongándose el conflicto bélico cuatro años). De esta manera, las aportaciones de la fotógrafa Sanne de Wilde, el historiador de Arte Ross King, o la jardinera de la Fundación Monet, Helene Marron, nos ayudan a adentrarnos en el universo interno y la atmósfera externa del pintor galo.

El documental acierta en dar prioridad a la fase final de la pintura de Monet, pues en ella se realiza una síntesis muy completa de las señas de identidad del artista. En torno a 1880, Monet se fue a vivir a la aldea normanda de Giverny. Y en su finca residencial, transformó unos jardines demasiados secos en un espacio vegetal presidido por lindas flores. El corazón de este paraíso de la naturaleza era un estanque formado con agua del Sena en el que, a partir de 1890, Monet plantó nenúfares (procedentes de Sudamérica y Asia), aptos para su deseo de armonizar luz y agua. Pasaban años para que floreciesen las flores de estas plantas acuáticas. Los agricultores de la zona se quejaron, porque pensaban que los nenúfares del artista contaminarían el riego de sus tierras. No fue la única disputa de Monet con los campesinos de Giverny, que decidieron cobrar al pintor cuando paseaba por sus cultivos con el objetivo de recoger impresiones para sus lienzos.

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En el estanque de nenúfares, Monet halló el espacio nuclear de su arte, creando sobre él un ciclo de más de 250 pinturas (la serie pictórica más relevante de su carrera junto con la de la catedral de Rouen). Este motivo es repetido muchas veces desde diferentes perspectivas, con distinta iluminación y en estaciones de año alternas. El documental nos ofrece una variada gama de cuadros pertenecientes a este ciclo y varias imágenes exuberantes de los jardines de Giverny en nuestros días.

En 1909, la exposición en París de 48 pinturas de nenúfares obtuvo un éxito espectacular. Monet alcanzaba un merecido reconocimiento por una trayectoria talentosa. La música pianística que suena en algunos momentos del documental aporta una belleza sonora concordante con la belleza gráfica de los cuadros de Monet.

La fortuna fue evanescente para Monet y, desde 1910, su vida (y con ella, su obra) fue golpeada por una sucesión de reveses: el desbordamiento del Sena que inundó el estanque de su casa, la muerte de Alice (lo que suponía quedarse viudo por segunda vez) y su querido primogénito Jean, y unos crecientes problemas visuales. Todas estas adversidades provocan que Monet abandone temporalmente la pintura.

Otro de los logros del filme viene con el planteamiento de la conexión entre un año clave en la obra de Monet y en la historia europea: 1914. Conexión antitética, debido a que mientras el continente empieza a desangrarse con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, el veterano pintor inicia el que será su proyecto más ambicioso: los ocho amplios paneles donde plasmará la belleza del estanque con sus nenúfares y el puente japonés. La narradora Lasowski se hace eco de las palabras de Monet (y de su decisión de no abandonar Giverny) en aquella época tan ardua: «Si los bárbaros quieren matarme, que lo hagan delante de mis lienzos». Mientras su amigo Clemenceau se convertía en Ministro de Guerra, Claude Monet trabaja para el arte, la hermosura de la vida, un futuro pacífico.

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Y es en estos años bélicos, con ciudades arrasadas y miles de víctimas, cuando un artista envejecido, con la inmensa pena por el fallecimiento reciente de su mujer y su hijo mayor, y con unos ojos afectados por cataratas, empieza a crear un arte más y más grande que abre las puertas a las nuevas vías de expresión del siglo XX. Monet veía formas y colores diferentes (muy significativa la distorsión cromática en las imágenes del documental que recrean el trabajo de Monet), alejándose de los cánones tradicionales. El aumento de los tonos rojizos se une simbólicamente a la sangre de los jóvenes soldados que perdían la vida en Europa.

Su manera de luchar por la paz era trabajar en sus lienzos. Pintaba para seguir viviendo, para mantener viva la esperanza. Oía a diario las exclamaciones de dolor de los heridos que se encontraban en el hospital de campaña de Giverny, pero no podía dejar de pelear: luchaba con pinceladas auténticas, en la confianza de que sus obras dejaran constancia ética de la sinrazón de cualquier guerra. Proyectaba su tristeza a través de los sauces llorones de sus lienzos. Al mismo tiempo que se difuminaban las líneas y contornos clásicos, crecía el poder expresivo de las pinturas, nacido de la base de cualquier creación: el corazón humano.

A finales de 1926, moría Claude Monet, que en 1922 había donado al Estado francés los paneles de nenúfares conocidos como La gran decoración. El proyecto artístico más ilusionante de la vida de Monet se dio a conocer al público en la primavera de 1927, con una exposición en el Museo Orangerie de París. La muestra fue un fracaso y recibió duros ataques de la crítica. Monet ya no sufrió ese sinsabor. En los años 50, un artista americano rebelde y genial, Jackson Pollock, reivindicó a Monet como uno de los precursores del expresionismo abstracto. El aliento de la obra del pintor francés estaba destinado a perdurar en el tiempo.

En Los nenúfares de Monet se cuentan varias anécdotas reveladoras de la visión de la vida y el arte del creador galo. Quizá la más honda sea aquella que remite a la confesión que un día hiciese Monet a sus más allegados: a la hora de fallecer, le gustaría convertirse en una boya acuática para estar en contacto con la eternidad de las aguas. Un anhelo de permanencia que sí lograron sus pinturas.

Escribe Javier Herreros Martínez

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Los nenúfares de Monet (4)

Pintar para vivir

El agua dio sentido a la vida y la obra pictórica de Claude Monet (1840-1926), ya fuese la costa de Normandía, el Sena o su estanque de Giverny. El documental Los nenúfares de Monet, dirigido por Giovanni Troilo, se basa en la fuerza del elemento acuático para transmitirnos la magia de la pintura del artista francés.

Con la compañía de la actriz Elisa Lasowski, que cumple excelentemente el papel de guía-narradora, recorremos las playas normandas, el cauce del principal río galo o los bellos jardines que pertenecieron al pintor. Dentro de un ámbito tan especializado como el artístico, existe el riesgo de impedir la comprensión del espectador o dificultarla en extremo. No ocurre así en el trabajo audiovisual de Troilo, ya que apreciamos la primacía de la imagen sobre el texto, del poder de sugerencia sobre el didactismo.

La propuesta fílmica consiste en una dinámica combinación de panorámicas actuales de los lugares predilectos de Monet, imágenes de sus propios cuadros; grabaciones en blanco y negro (tanto del paisajista como de su época histórica); recreaciones ficticias de su labor pictórica, varios travellings por los museos donde se recogen sus obras (el Orangerie, el Marmottan, el Orsay, el MoMA). Asimismo, la narración de Lasowski se caracteriza por su cercanía y sencillez, adecuando los contenidos para todo tipo de público. No hace falta ser un entendido en arte para sentir la hermosura del documental: un regalo para la mirada humana.

A pesar de que la etapa última de Monet se constituye en el epicentro de todo el filme, hay una incursión en los hitos biográficos del autor: desde el niño que faltaba a clase hasta el artista que, en 1874, participa con Auguste Renoir (padre del que sería uno de los mejores directores de cine de la historia: Jean Renoir), Degas y Cézanne en la primera exposición del Impresionismo (este movimiento artístico tomó su nombre  del cuadro de Monet Impresión, sol naciente, pintado en 1872), pasando por los problemas económicos debido a la escasa venta de sus cuadros, la amistad con el político Clemenceau, o el fallecimiento de sus seres más queridos: sus mujeres Camille y Alice, y su hijo mayor, Jean.

Como todo gran artista, Monet sufrió los vaivenes de la crítica (aspecto muy bien plasmado en el documental). Si hacia 1870, Monet era «el gran rechazado» (aunque siempre obtuvo el reconocimiento y la admiración de sus compañeros pintores; a este respecto, Cézanne declaró que «Monet es sólo un ojo, pero Dios mío, ¡qué ojo!», que intertextualmente conecta con las palabras que Cela le dedicó a Bécquer: «un laúd de una sola cuerda, pero cómo sonaba esa cuerda»), en 1910 se le consideraba «el pintor más famoso de toda Francia».

En Los nenúfares de Monet la contribución de los testimonios resulta decisiva para apuntalar algunas claves creadoras e idiosincrásicas de Monet (su preferencia por las pinturas al aire libre; el afán por captar en los cuadros la esencia del trinomio aire-agua-luz; su carácter agrio; su irreductible esfuerzo artístico), y del tiempo histórico que le tocó vivir (caracterizado por una tremenda tensión sociopolítica que desembocó en el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, prolongándose el conflicto bélico cuatro años). De esta manera, las aportaciones de la fotógrafa Sanne de Wilde, el historiador de Arte Ross King, o la jardinera de la Fundación Monet, Helene Marron, nos ayudan a adentrarnos en el universo interno y la atmósfera externa del pintor galo.

El documental acierta en dar prioridad a la fase final de la pintura de Monet, pues en ella se realiza una síntesis muy completa de las señas de identidad del artista. En torno a 1880, Monet se fue a vivir a la aldea normanda de Giverny. Y en su finca residencial, transformó unos jardines demasiados secos en un espacio vegetal presidido por lindas flores. El corazón de este paraíso de la naturaleza era un estanque formado con agua del Sena en el que, a partir de 1890, Monet plantó nenúfares (procedentes de Sudamérica y Asia), aptos para su deseo de armonizar luz y agua. Pasaban años para que floreciesen las flores de estas plantas acuáticas. Los agricultores de la zona se quejaron, porque pensaban que los nenúfares del artista contaminarían el riego de sus tierras. No fue la única disputa de Monet con los campesinos de Giverny, que decidieron cobrar al pintor cuando paseaba por sus cultivos con el objetivo de recoger impresiones para sus lienzos.

En el estanque de nenúfares, Monet halló el espacio nuclear de su arte, creando sobre él un ciclo de más de 250 pinturas (la serie pictórica más relevante de su carrera junto con la de la catedral de Rouen). Este motivo es repetido muchas veces desde diferentes perspectivas, con distinta iluminación y en estaciones de año alternas. El documental nos ofrece una variada gama de cuadros pertenecientes a este ciclo y varias imágenes exuberantes de los jardines de Giverny en nuestros días.

En 1909, la exposición en París de 48 pinturas de nenúfares obtuvo un éxito espectacular. Monet alcanzaba un merecido reconocimiento por una trayectoria talentosa. La música pianística que suena en algunos momentos del documental aporta una belleza sonora concordante con la belleza gráfica de los cuadros de Monet.

La fortuna fue evanescente para Monet y, desde 1910, su vida (y con ella, su obra) fue golpeada por una sucesión de reveses: el desbordamiento del Sena que inundó el estanque de su casa, la muerte de Alice (lo que suponía quedarse viudo por segunda vez) y su querido primogénito Jean, y unos crecientes problemas visuales. Todas estas adversidades provocan que Monet abandone temporalmente la pintura.

Otro de los logros del filme viene con el planteamiento de la conexión entre un año clave en la obra de Monet y en la historia europea: 1914. Conexión antitética, debido a que mientras el continente empieza a desangrarse con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, el veterano pintor inicia el que será su proyecto más ambicioso: los ocho amplios paneles donde plasmará la belleza del estanque con sus nenúfares y el puente japonés. La narradora Lasowski se hace eco de las palabras de Monet (y de su decisión de no abandonar Giverny) en aquella época tan ardua: «Si los bárbaros quieren matarme, que lo hagan delante de mis lienzos». Mientras su amigo Clemenceau se convertía en Ministro de Guerra, Claude Monet trabaja para el arte, la hermosura de la vida, un futuro pacífico.

Y es en estos años bélicos, con ciudades arrasadas y miles de víctimas, cuando un artista envejecido, con la inmensa pena por el fallecimiento reciente de su mujer y su hijo mayor, y con unos ojos afectados por cataratas, empieza a crear un arte más y más grande que abre las puertas a las nuevas vías de expresión del siglo XX. Monet veía formas y colores diferentes (muy significativa la distorsión cromática en las imágenes del documental que recrean el trabajo de Monet), alejándose de los cánones tradicionales. El aumento de los tonos rojizos se une simbólicamente a la sangre de los jóvenes soldados que perdían la vida en Europa.

Su manera de luchar por la paz era trabajar en sus lienzos. Pintaba para seguir viviendo, para mantener viva la esperanza. Oía a diario las exclamaciones de dolor de los heridos que se encontraban en el hospital de campaña de Giverny, pero no podía dejar de pelear: luchaba con pinceladas auténticas, en la confianza de que sus obras dejaran constancia ética de la sinrazón de cualquier guerra. Proyectaba su tristeza a través de los sauces llorones de sus lienzos. Al mismo tiempo que se difuminaban las líneas y contornos clásicos, crecía el poder expresivo de las pinturas, nacido de la base de cualquier creación: el corazón humano.

A finales de 1926, moría Claude Monet, que en 1922 había donado al Estado francés los paneles de nenúfares conocidos como La gran decoración. El proyecto artístico más ilusionante de la vida de Monet se dio a conocer al público en la primavera de 1927, con una exposición en el Museo Orangerie de París. La muestra fue un fracaso y recibió duros ataques de la crítica. Monet ya no sufrió ese sinsabor. En los años 50, un artista americano rebelde y genial, Jackson Pollock, reivindicó a Monet como uno de los precursores del expresionismo abstracto. El aliento de la obra del pintor francés estaba destinado a perdurar en el tiempo.

En Los nenúfares de Monet se cuentan varias anécdotas reveladoras de la visión de la vida y el arte del creador galo. Quizá la más honda sea aquella que remite a la confesión que un día hiciese Monet a sus más allegados: a la hora de fallecer, le gustaría convertirse en una boya acuática para estar en contacto con la eternidad de las aguas. Un anhelo de permanencia que sí lograron sus pinturas.

Escribe Javier Herreros Martínez