Lo que esconde Silver Lake (4)

  17 Enero 2019

Deriva pop con imágenes fascinantes

lo-que-esconde-silver-lake-1Bastante alejada en tono y forma a la anterior It Follows, Lo que esconde Silver Lake es un intento de obra total, afectada por múltiples referentes estéticos y cinematográficos. Su protagonista, Sam (Andrew Garfield), se dedicará a deambular por una peculiar aventura gráfica cuyo acontecimiento detonador es la desaparición de la recién llegada al vecindario Sarah (Riley Keough) e intentará descubrir si esta puede estar relacionada con la muerte del millonario Jefferson Sevence.

A medida que Sam va encontrando nuevas pistas, desfila por la pantalla una ambigua amalgama de hitos visuales y culturales, mostrando un Los Ángeles exultante, disparatado y siempre cambiante, con múltiples ambientes habitados por toda clase de tribus, looks y poses.

Visualmente impecable, el director de fotografía Mike Gioulakis (It Follows, John dies at the end) consigue llevar el género negro a la paleta brillante y de pinceladas planas de David Hockney y potenciar la aproximación al cómic underground norteamericano. Algunos de los elementos paranoides y aterradores (la misteriosa mujer búho o el asesino de perros) apuntan a autores como Daniel Clowes (Como guante de seda forjado en hierro y David Boring) o Charles Burns (The Black Hole).

David Robert Mitchell despliega un atlas iconográfico de la sociedad de consumo y la cultura popular (con el cine y el sexo como principales ejes gravitacionales), una sucesión de imágenes y soportes (videojuegos y películas, packagings, posters, portadas de revistas, camisetas), algunos de los cuales se filtran y vierten en los escenarios y sucesos de la trama, como el propio lago al que alude el título, retratado en la peculiar camiseta del protagonista, o las tuberías verdes de Super Mario que se insinúan en la primera incursión por las galerías subterráneas.

Sería interesante señalar cómo la música sostiene el puente estilístico que conecta con el cine negro, el neo-noir (Un largo Adiós, Chinatown) o ciertos títulos de Alfred Hitchcock (tanto La ventana indiscreta como Vértigo están, si no citadas, directamente fotocopiadas al estilo Warhol). Lejos de ocupar un lugar al fondo, la deliciosa banda sonora original compuesta por Disasterpeace se infiltra de manera consciente —en una sutil variación del uso caricaturesco que puede verse en Alphaville (Jean-Luc Godard, 1965).

La música es también referida como elemento constitutivo de la cultura pop: la mitificación de los greatest hits como algo con más alcance que el cine o los videojuegos (las canciones de R.E.M. o Nirvana) aunque sea el resultado de la fagocitación del talento por la maquinaria del marketing, como se escenifica en uno de los más llamativos momentos de la película, el encuentro con una especie de demiurgo al piano.

Otras claras citas cinematográficas son la suplantación de Marilyn Monroe en la piscina por parte de la protagonista Riley Keough, o las tres muñecas barbies caracterizadas como las protagonistas de Cómo casarse con un millonario.

Los personajes más paranoicos, decadentes, marginales o exóticos desfilan por la pantalla (la chica que ameniza las fiestas bailando con globos adheridos a su cuerpo, la pareja de actrices que también son escorts, el autor de fanzines, la hija del millonario o el personaje con túnica que revela algunos secretos a Sam) y todo parece ser posible en el microcosmos hollywoodiense, donde todos se conocen y todo está conectado.

Pero el espectáculo es tan meta —en un cine al aire libre se proyecta la primera película de David Cameron Mitchell mientras dos de sus protagonistas la comentan— que acaba situando al espectador en el punto ciego de un huracán de referencias, alrededor del cual discurre al hilo de una trama caprichosa y aparentemente sin propósito, algo que hace recordar a El gran Lebowski (Joel y Ethan Coen).

No obstante, el director, también guionista, asume esta deriva y logra ponerla en imágenes fascinantes.

Escribe Manuel María López

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