Atardecer (3)

  16 Enero 2019

El estilo heredado

atardecer-1László Nemes es el discípulo directo de Béla Tarr, de quien fue ayudante de dirección en el filme El hombre de Londres, lo cual lo convierte en el discípulo indirecto de Miklós Jancsó, el primer gran maestro húngaro del plano secuencia.

Otros directores forman también parte de esta minoría, cineastas de la talla de Tarkovsky o Angelopoulos, pero la diferencia con los tres primeros es su nacionalidad. Y es que parece ser que el cine húngaro tiene sus propias especificidades, temas, dudas y miedos.

Desde un principio, Jancsó tuvo un fuerte interés por la masa humana y su papel a lo largo de la historia. Ello se refleja en sus películas a través de la guerra, el poder, la opresión y la violencia, es decir, a través del terror. En sus primeras obras solemos encontrar un protagonista colectivo retratado gracias a una cámara viva que se mueve a su antojo saltando de unos a otros cuando un impulso así lo pide. Filmes como Los desesperados, Los rojos y los blancos o Salmo rojo son un claro ejemplo de ello.

El plano secuencia se convierte en el cine de Jancsó en una forma de atrapar al espectador, el cual no puede escapar de la toma. Está condenado a vivir en el mismo espacio y tiempo que los personajes. La sensación de agobio y desconcierto que se genera es impactante.

Pero Jancsó no realiza este tipo de películas por el simple placer de investigar los movimientos ideológicos o políticos y las guerras pasadas. Para él, lo pasado es también un reflejo del presente. Y no solo porque nos ayuda a entenderlo, sino porque todo puede volver a ocurrir ya que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Su cine tiene por tanto un fuerte componente crítico.

Béla Tarr bebe de todo lo anterior y se lo apropia, manteniendo la línea establecida por Jancsó pero creando a su vez su propio estilo. Para empezar, Tarr casi siempre cuenta sus historias a través de un único personaje protagonista, dejando de lado el citado protagonismo colectivo, tal y como vemos en La condena, El hombre de Londres o El caballo de Turín. Pero no lo abandona por completo, la masa humana sigue siendo de vital importancia para su mensaje, lo diferente es que por lo general la vemos desde el punto de vista de un sujeto concreto. Así sucede en Armonías de Werckmeister.

Con Tarr, el mensaje crítico hacia la historia, la guerra y ciertas ideologías se mantiene pero cobra también nuevas dimensiones. Su mirada se vuelve más trascendental y metafísica, sus dudas se dirigen a un plano más espiritual que antropológico. Aquí lo que caracteriza el cine de Tarr es un fuerte pesimismo que alcanza sus cotas más elevadas en El caballo de Turín. Se suele asociar en este sentido —el trascendental— a Tarr con Tarkosvky, pero la realidad es que son la antítesis personificada ya que el maestro ruso es el gran mensajero de la esperanza.

Y por fin llegamos a László Nemes, heredero de las figuras previas. Con él el punto de vista se concreta todavía más, convirtiéndose la cámara en un elemento que persigue, literalmente, al personaje protagonista. Son pocas las ocasiones en las que se aleja de este sujeto y nos deja echar un vistazo alrededor. Y cuando lo hace ese mundo exterior se nos muestra desenfocado, borroso, confuso. Tanto Atardecer como El hijo de Saúl son manifiesto de ello.

Si con Jancsó teníamos un protagonismo colectivo gracias a una cámara libre que todo nos lo mostraba, con Nemes tenemos todo lo contrario, es decir, un protagonismo tan concreto que la cámara queda atada al mismo. Y en medio del camino, Béla Tarr. Pero, como los dos filmes de Nemes atestiguan, la masa humana sigue presente, aunque de forma diferente —desenfocada, borrosa, confusa— ya que el aprendiz hace a su vez una apropiación de este estilo de contar al igual que hizo Tarr en su momento.

Lo que también se mantiene en los tres casos es el uso de plano secuencia y las sensaciones que este despierta. En el cine de Nemes su utilización ayuda a crear caos, confusión, miedo, desconcierto... En suma, el terror.

Y es que el mensaje de Nemes es el mismo que el de sus maestros, una crítica del presente a través de un retrato del pasado (Jancsó), de una distopía (Tarr) o de la mezcla de ambas.

Escribe Pepe Sapena 

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