Juliet, desnuda (3)

  05 Enero 2019

Amor en juego

juliet-desnuda-1Estamos ante una propuesta que apuesta el todo o nada a su guión. Escrito a ocho manos y contando entre ellas con nombres tan ilustres como el oscarizado Jim Taylor o la también directora Tamara Jenkins, adaptan una novela del escritor británico Nick Hornby, de quien ya se habían llevado a la pantalla obras tan conocidas como Un niño grande o Alta fidelidad. Y así desde el comienzo los distintos personajes disertan sobre lo divino y humano en una historia que se mueve con soltura en su registro de comedia romántica salpicada de mala uva y verdades como puños.

La peripecia nos presenta a un matrimonio entrado en la cuarentena que no pasa precisamente por su momento más boyante. Ella tiene un trabajo rutinario como directora de un museo naval local heredado y él está más interesado en el estudio de una vieja gloria de la canción que en satisfacer las necesidades de su esposa.

A todo esto y a causa de una serie de coincidencias, el ídolo musical aparecerá en sus vidas, y será a raíz de esa circunstancia que se creará un desencantado triangulo en el que aflorarán dudas, rencores e incluso nuevas emociones. 

La desazón ante el desaprovechamiento de la vida y las oportunidades perdidas, la idoneidad de la maternidad, el hastío de la vida en pareja e incluso la dependencia de las vacías redes sociales son temas que van saltando a la palestra mediante una serie de afiladas conversaciones que no dejan títere con cabeza.

En cada ocasión en la que los protagonistas se tiran los trastos verbales a la cabeza el conjunto sube como la espuma (ojo a la primera discusión a la que asistimos, con moraleja incluida: es necesario ponerse las pilas, porque en el día a día doméstico se necesitan muchas para que la cosa funcione). La rotundidad con la que se van desgranando los respectivos sinsabores vitales a modo de reproche o sentencia reflexiva nos invita a hacernos algunas preguntas, lo que no es poca cosa en tiempos en los que normalmente puedes poner el modo encefalograma plano y tragarte cualquier bodrio de volteretas sin fin.  ¡Y por si fuera poco hasta existe evolución progresiva en los personajes!

Harina de otro costal es cuando la cosa deriva en el lado sentimental. Ahí los trasuntos no están tan logrados y la sensación es la de que no hay mucha originalidad en lo expuesto. Los encuentros y desencuentros de unos y de otros no son muy interesantes, y siempre importa más lo que se dice que lo que se hace, a excepción de una escena coral que transcurre en un hospital y que funciona como inesperado homenaje a la secuencia mítica del camarote de los Marx de Una noche en la ópera.

Gracias a la estupenda labor del trío protagonista, formado por los siempre eficientes Rose Byrne (estrena el próximo mes Familia al instante), Chris O’Dowd (para el que esto escribe el mejor de la función) y Ethan Hawke (al que le viene como anillo al dedo este tipo de rol de estrella decadente que pasa por ser un émulo del Jeff Bridges de El Gran Lebowsky), la película merece la pena, además de —cómo no— la siempre rica banda sonora tratándose de un film inspirado en un escrito de Hornby, trufada de tonadillas apetecibles compuestas por Nathan Larson (algunas de ellas cantadas por el propio Ethan Hawke).

Presentada en 2018 en la sección oficial del Festival de Sundance, estamos ante un trabajo divertido al que no le duelen prendas a la hora de ponerse serio. A fin de cuentas, se trata de seguir empujando para crearte nuevas oportunidades en la vida.

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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