Tiempo después (3)

  09 Enero 2019

¡Qué se ponga el enemigo!

tiempo-despues-1La mejor noticia es que tenemos Cuerda para rato. Su visión única y su irreverencia a la hora de tratar temas punzantes de rabiosa actualidad difieren mucho del adocenamiento al que nos tiene acostumbrado nuestro cine, sumiso a una ley que exige poca crítica para no molestar a nadie y se centra en ofrecer subvenciones a cambio de abrazar lo políticamente correcto.

Hace nada se decía que Superlópez había perdido punch en su adaptación a la gran pantalla respecto al cómic original. Me apuesto el bigote a que los guionistas han tenido poco que ver en ello y se han visto obligados a rebajar contenidos incómodos para que la televisión de turno haya podido soltar el parné.

En el caso que nos ocupa, no creemos que haya habido ningún tipo de cortapisas. Al humor absurdo no se le pueden poner reglas y el nombre de José Luis Cuerda es lo suficientemente importante (La lengua de las mariposas, El bosque animado o Los girasoles ciegos dan fe de ello) para que nada ni nadie se interponga en su manera de hacer cine.

Si además las productoras más importantes que avalan el proyecto (AtresMedia y El Terrat) pueden incluir en el elenco protagónico a la mayoría de sus estrellas catódicas pues estamos bastante cerca de la cuadratura del círculo. Dicho sea de paso, reunir en un mismo escenario a comediantes tan estimables como Andreu Buenafuente, Arturo Valls, Berto Romero, César Sarachu (inolvidable en Cámera Café) o los chanantes Carlos Areces, Joaquín Reyes y Raúl Cimas no es moco de pavo. Y si a ellos se les unen actorazos de la talla de Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Miguel Rellán, Gabino Diego, Manolo Solo, etc pues miel sobre hojuelas.

El experimento trata de repetir la fórmula del fin seminal, un Amanece que no es poco que, por méritos propios, pasa por ser una de las películas más emblemáticas de nuestro cine, elevada a los altares del culto más mesiánico por una horda creciente de fans. Sainete surrealista sin parangón en nuestro universo cinematográfico, fue ganando adeptos a medida que envejecía como los buenos vinos.

En Tiempo después no se llega a los niveles de deconstrucción y depuración alcanzados entonces, pero en muchos momentos se acerca. En los diálogos más inspirados, a años luz de las insulsas comedietas de gracia más que cuestionable con las que nos martillean directores de medio pelo sin oficio ni beneficio (exceptuando a las dirigidas por Paco León, quien parece jugar en una liga distinta), se nos aparece Buñuel y Gómez de la Serna disertando en el Café Pombo (con Gila al teléfono). Y como buen veterano con carácter, Cuerda afila la guadaña para dar un repaso en toda regla a este país de todos los demonios que más que no saber hasta dónde va a llegar no sabe hasta dónde va a retroceder.

A lo largo de la hora y media de metraje hay diferentes niveles de acierto a la hora de plasmar en imágenes (y sobre todo en diálogos) las distintas metáforas utilizadas. Algunas son un tanto obvias (los jóvenes no se comprometen, las banderas molestan todo el rato…), mientras que otras aciertan en plena diana, llenando de bilis cada fotograma.

De estas últimas no pondremos ejemplos para no aguar el disfrute de la platea, aunque no nos resistimos a recomendar ese diálogo brutalmente divertido entre el pastor y las guapas mozas que retozan en la piscina, cuestión de lactancia mediante.

Cuerda es un maestro a la hora de cantar las verdades del barquero y enseñar las vergüenzas de quienes ni se enterarán de que va la película. Pasa un poco como cuando se estrenó Torrente. La gente se reía de sus propias miserias, pero no creemos que se sintieran reconocidos.

Algún crítico ha apuntado atinadamente que nos hallamos ante una mezcla del High Rise de Ben Weathley y el 13 Rué del Percebe de Francisco Ibáñez. Nos atreveríamos a añadir a ese batiburrillo a la espectacular y adrenalítica The Raid, de Gareth Evans. ¿Qué tiene que ver una película indonesia de arte marciales con este ejercicio de radiografía cañí? Pues que casi toda la acción acontece en un único espacio cerrado y se reparten hostias (físicas en la primera y verbales en la segunda) como panes.

Escribe Francisco Nieto

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