La noche de 12 años (4)

  06 Diciembre 2018

Dolor y rabia

la-noche-de-12-anos-0Desde el comienzo quedan expuestos los elementos narrativos y cinematográficos, así como las intenciones de sumergir al espectador en las vísceras de un relato de superación, resistencia y que expone dos lados de la condición humana en plena tensión: el odio y el amor. No importa si ese odio se dirige hacia personas, ideas, causas políticas o todo eso junto, pero sí vale la pena rescatar la fuerza del amor por una convicción como base de la voluntad inquebrantable en momentos de desesperante agonía.

De fondo se escucha a todo volumen el estribillo de la popular Siga el baile y la irrupción inesperada de los militares en una cárcel, palos en mano, para orquestar ese otro baile tan característico de la brutalidad castrense sobre los cuerpos de los presos. La cámara gira 360º —tal vez para reforzar esa visión panóptica del vigilar y castigar— entre gritos, empujones y atropellos de todo nivel, tres personas son separadas con destino incierto. Entonces, ya no es necesaria ninguna explicación histórica o contextual porque se trata de personas, encapuchadas y potenciales rehenes, a quienes la dictadura militar uruguaya consideraba subversivos, integrantes del movimiento Tupamaro, y potenciales chivos expiatorios para someterlos a las más atroces humillaciones desde 1973 hasta 1985.

José Mujica (Antonio de la Torre), Mauricio Rosencof (Chino Darín) y Eleuterio Fernández Huidobro (Alfonso Tort) son los protagonistas de La noche de 12 años, elegida por Uruguay para formar parte de la candidatura al Oscar y a los premios Goya, dirigida por Álvaro Brechner, quien se aleja de los convencionalismos del cine carcelario testimonial para encontrar enormes dosis de humanismo y emoción en el relato de encierro y alienación que supone todo confinamiento de estas características.

Apoyado en las buenas actuaciones de su trío protagonista y seguro del valor de cada plano, fuera de campo, sonoridad y puesta en escena, el realizador uruguayo construye desde la subjetividad de sus personajes un puente de identificación directo con el espectador para que el trillado término «ponerse en la piel de» no suene exagerado. Pero también alcanza a «ponerse en la cabeza de…» con la riqueza del mundo interior de cada uno de los protagonistas, concentrado eso sí en la paulatina disociación con la realidad de José Mujica desde la impecable composición del actor andaluz Antonio de la Torre.

Sin esquivar el bulto de lo físico, del deterioro del cuerpo por el avance progresivo de las torturas, los traslados y todo tipo de vejaciones, es la cámara y los ángulos en el espacio del encierro la que magnifica la sensación de angustia pero nunca de la derrota absoluta. Por eso el relato descubre a medida que avanza en la acumulación de elipsis a través de los 12 años, o 4380 días, la transformación psicológica que se origina entre los intersticios de la debilidad y la fortaleza; entre la capacidad de hacer del silencio una voz que calme y a partir de esa calma la única salida para que la cabeza no traicione nunca con la espada de la razón ante tanta sinrazón a los alrededores, entre sombras, golpes en la pared y momentos de contemplación en solitario.

Los méritos del tercer opus del director de Mr. Kaplan se resumen en la calidad cinematográfica de la propuesta (con buena recepción en el Festival de Venecia), aunque también en ciertas licencias poéticas que dotan a la película de un universo más colorido y profundo que el oscurantismo de todo relato entre rejas o basado en algún hecho trágico de la historia contemporánea.

Es por ello que resulta acertada la decisión del Oscar, algo que a Argentina también la involucra por tratarse de una coproducción con España, un plus de nota de color sumado  a la doble chance de ver al Chino Darín en papeles muy diferentes y recientes como en El Ángel, de Luis Ortega, y en el de Mauricio Rosencof, quien en la película de Álvaro Brechner aporta toda su poesía de resistencia.

Escribe Pablo E. Arahuete | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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