Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald (2)

  25 Noviembre 2018

La magia llega a su edad adulta

animales-fantasticos-2-1Ya hemos llegado a la segunda entrega de esta pentalogía llamada Animales fantásticos y no podemos dejar de estar confundidos. Aunque también reafirma lo que dejaba entrever su primera parte y deja clara una cosa: a la hoy celebérrima J. K. Rowling le queda mucha cuerda y tiene para rato. Porque la historia que encierra esta nueva saga salida de las costillas de los magos primigenios a Harry Potter no hace más que empezar. Y empieza verdaderamente en este episodio.

La primera parte, estrenada ahora hace exactamente dos años, no era más que un mero compendio de bichejos mágicos como su título genérico indica, y era una introducción amable y cómica, hasta un tanto slapstick, de cuatro personajes principales, a los que se les intuía emparejados y con posibles romances a la vista. Además, conocíamos a no uno sino a dos personajes oscuros y secundarios que ahora se vengan de ese prolegómeno para tomar auténtico protagonismo.

No pretendemos dar muchos detalles de este nuevo jalón sobre su aciaga trama, que lo es y mucho. Es mejor plantarse virgen ante tamaña bacanal de magia y caracteres, aunque, eso sí, queda claro que demanda, y quizás ahora más que nunca, tener conocimientos previamente asimilados sobre el universo Rowling.

Aquí es donde la escritora —ahora también guionista, productora y mano maestra detrás de las bambalinas— da rienda suelta a su mente en ebullición para ofrecer una película inundada de referencias, enlaces, reenvíos y detalles que hasta a un mero seguidor de la serie le será difícil de seguir. Por lo que empezamos con trabas a la hora de su visionado: esta saga está hecha para verdaderos conoisseurs de lo que implica su mundo fantástico.

Y hablando de ese universo creado, es aquí donde se expande sin cesar a lo largo de dos horas y cuarto que se suceden como un tiro, siempre y cuando uno sepa de lo que se está hablando y dónde encaja cada pieza de este alambicadísimo rompecabezas. En caso contrario, un espectador poco avezado se sentirá perdido y aburrido delante de una narrativa que corre alto riesgo de perder su sentido si no se sigue la sagaz propuesta de la escritora.

Una Rowling más triste

También Rowling, en mancomunidad sagrada con el director David Yates, ha decidido que ya está bien de filmar a chavales con problemas de chavales. Podríamos afirmar con seguridad que estamos delante de la cinta más adulta, amarga y hasta sorprendentemente triste de las diez películas que llevamos vistas. Y todo apunta a que el naturalismo trágico de sus dramatis personae nos seguirá brindando amarguras por doquier, lo que no deja de ser novedoso dentro del propio universo.

Está claro que Rowling es plenamente consciente de que los acérrimos fanáticos de la primera saga han crecido. Por lo que resulta bastante lógico que ahora nos enfrente a situaciones y problemas mucho más graves. En este magma de turbulencias individuales, asistimos a la contemplación argumental de hijos no deseados, romances ilícitos, amores fracasados, familias rotas, engaños y promesas rotas múltiples, y todo un reguero de desdichas del destino que hace que los protagonistas sean meras marionetas a merced de sus condenas azarísticas individuales.

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Tan ingente es la historia que se nos presenta que bien se podría hacer una miniserie cuyos capítulos fueran dedicados a cada personaje de los que conocemos. Pues cada uno tiene un lugar más que significativo en su desarrollo, y cada uno merece más espacio para entender en extensión su propia trayectoria, lo que no deja de ser inaudito para una cinta de estos parámetros.

Los crímenes de Grindelwald es una película extrañísima, alternativamente inteligente y torpe, y con una narrativa atropellada que funciona a velocidad de vértigo, lo que no necesariamente tiene porque ser algo malo. Mezcla, como ya sabemos, las secuencias alucinantes con las más íntimas y deprimidas, la comedia surrealista con el drama severo, la aventura mágica con el intimismo más humano, y todo ello no deja de resultar pura contradicción a lo largo de todo su metraje.

También es cierto que aquí es donde conocemos, por fin, a un Dumbledore joven y apuesto, y a su némesis, el impertérrito y pernicioso Grindelwald —Jude Law y Johnny Depp, respectivamente, ambos excelentes— y, de paso, hace que nos encariñemos más con su protagonista epicéntrico, Newt Scamander, que aquí luce mucho más que en su primera parte.

Vemos a unos magos superlativamente bien vestidos puestos en fotografías londinenses y parisinas dignas de postal, y los efectos especiales brotan donde quiera que uno mire, aunque sin estar importancia a sus protagonistas. El conjunto es sugerente, bien y mal llevado, y cuenta con una revelación en su acto final que quizás sea la que más nos ha dejado boquiabiertos en toda la serie. Desde luego, estos magos de diseño aún tienen mucho que decirnos, aunque también nos exigen mucho, y así lo harán en los años venideros.

Escribe Ferran Ramírez | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna


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