Mi obra maestra (3)

  24 Noviembre 2018

Fraude y honestidad

mi-obra-maestra-1¿Quién decide el verdadero valor de un cuadro? Todo menos la calidad artística… y ya desde esa premisa el nuevo opus del tándem Duprat-Duprat apuesta a la comedia negra para escudriñar desde su sabia malicia en el mundillo de los galeristas y los curadores de arte, como si se tratara de la cara B de su película El artista, que también giraba en torno a la impostura y la hipocresía de toda la elite snob argentina, pero con una dosis menor de maldad.

Con Mi obra maestra, Gastón Duprat —esta vez sin su partenaire Mariano Cohns, pero siempre con su fiel escriba Andrés Duprat— cierra esa trilogía sobre el trasfondo cínico e hipócrita que envuelven las artes, tras explorarlo en la arquitectura con El hombre de al lado (2010) y en la literatura en El ciudadano ilustre (2016).

Esta vez Duprat toma las artes plásticas (posiblemente, el paradigma más evidente entre la dicotomía postura-verdad), centrándose en la pintura, para plasmar toda la naturaleza que hay en la industria y mercado del arte. Inestabilidad, caprichos, imprevisibilidad, apariencia y engaño pueblan dicho mundo y, por ende, también el film de Duprat.

Fiel a su marca de corte narrativo americano y con sus variaciones entre la comedia irónica y el drama sin excesos, tallado por maestros como Woody Allen, la película resulta en un conjunto menos sólido, afinado y verosímil que sus predecesoras.

La ligereza empaña una trama sustanciosa y con buenos puntos de partida, impidiendo culminar una crítica menos obvia y más profunda, dada la trascendencia del tema. Asimismo, este tono liviano es confundido con un cierto descuido en el guión a la hora de estructurar su desarrollo, especialmente acentuado en su atropellado y descafeinado desenlace, por debajo de sus posibilidades.

El engaño y la apariencia del arte no solo forman parte del objeto de estudio de la película, sino también acaba siendo intrínseco a Mi obra maestra, ya que el guión acaba resultando algo tramposo, pero no por ingenio y coherencia en su crítica, sino por pereza. En resumidas cuentas, carece de la contundencia e impiedad de El ciudadano ilustre en su disección de la mercadería, el valor y el éxito en el arte.

Aceptando su falta de mordacidad y un tanto superficial reflexión, hallamos un entretenimiento cómico con tempo adecuado y cuya mayoría de gags funcionan, en gran parte gracias a la bien avenida paleta de colores de Guillermo Francella y Luís Brandoni. En sus dos figuras se apoya una convincente aproximación a la lealtad entre amigos, la cual termina siendo la ilustración más perfilada, honesta y lúcida de todas las disquisiciones de la película. 

Para sesudos y corrosivos discursos sobre el mercado del arte ya tenemos a The Square (Ruben Östlund, 2017) o Copia certificada (Abbas Kiarostami, 2010). Para distendidos blancos cantos a la amistad con brochazos negros, de fácil conexión con el espectador —cuya respuesta ante una obra puede encumbrar o hundir en la miseria económica a un artista—, están propuestas como Mi obra maestra.

La cinta en cuestión no será la «obra maestra» de Duprat, pero tiene suficientes ingredientes para contar con el beneplácito del público. Y esto, en el entorno de las artes, ya es una forma de triunfo.

Escribe Aleix Sales | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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