El desentierro (2)

  18 Noviembre 2018

Dolorosa verdad

el-desentierro-1El desentierro supone el primer largometraje en solitario del valenciano Nacho Ruipérez (con anterioridad había participado como director en uno de los episodios de la película Blue Lips). En esta opera prima, rodada en la zona de los arrozales valencianos y la Albufera, el filme aborda la revisión del pasado más reciente asociado a la corrupción enraizada en todos los ámbitos de nuestra sociedad.

La muerte de un Conseller en un accidente de tráfico provoca que en su entierro se reencuentren Diego (Jan Cornet), el hijo del fallecido, y su primo hermano Jordi (Michel Noher); a pesar de estar años sin verse, ambos mantienen una estrecha amistad. La aparición de una misteriosa mujer en el entierro les obligará a bucear en el pasado para averiguar qué pasó con el padre de Jordi, Pau (Leonardo Sbaraglia), desaparecido desde hace 20 años y al que todos dan por muerto. El filme irá mostrando el momento actual combinándolo con los flashbacks situados 20 años atrás, en 1996.

Focalizar la acción utilizando el recurso del cine negro en el entorno de los arrozales de Valencia, con el conocimiento que el peso valenciano de la película cuenta de la realidad vivida en la Comunitat Valenciana, es uno de los elementos más positivos que se trasladan desde la pantalla. A pesar de la variedad de actores y acentos que maneja la película fruto de la coproducción con Argentina y de la línea argumental, el hecho de querer profundizar en lo que ha ocurrido en las pasados dos décadas ya es de por sí un valor destacable.

Y de hecho, así comienza el filme pues se insiste en detallar tanto el año como los lugares donde se desarrolla la acción mediante la inserción de información en la pantalla con unos rótulos inferiores (que el efecto sonoro acompaña como si fuera el sonido de una máquina de escribir y este detalle no es baladí como se verá en la escena final); se acompaña además de imágenes de noticias que pretenden dar veracidad a la historia, en lo que parece va a ser un thriller político.

Sin embargo, tras la presentación de los personajes principales y la definición de los dos espacios temporales en que nos movemos, la película se va centrando en la turbia historia familiar y las corruptelas y falta de moralidad se individualizan en los comportamientos que determinados personajes asumen como parte de su actuación. Ya no estamos hablando de la corrupción de una sociedad sino que nos situamos en el microcosmos de unos personajes (las diferencias entre dos hermanos, intereses inmobiliarios, una red de prostitución albanesa) que luchan por sus intereses.

El marco general está ahí pero las posibilidades de vislumbrar la vertebración de la corrupción en una sociedad se abandona para concretar la miseria moral de unos personajes y de las víctimas con las que sembraron el camino de su éxito. El filme vira para desenterrar la historia familiar y por ello es la nueva generación, encarnada en los dos primos y en Vera, la misteriosa mujer, los que tendrán que tirar del hilo para encontrar la verdad pues por una razón y otra todos han mentido para ocultar los hechos pasados.

Esa nueva generación deberá enfrentarse a ese pasado de hace 20 años para poder seguir adelante en su vida. Jordi, el hijo de Pau, que regresa de Argentina y que todavía conserva esperanzas de encontrar a su padre, es el que se dejará la piel para desentrañar esa duda que le persigue desde entonces.

Es en este terreno cuando el filme se vuelve más errático y las diferentes líneas de pasado y presente no siempre conjugan de una manera adecuada. Cierta confusión y la sensación de que los múltiples borradores de guión han dejado demasiadas evidencias de los cambios que se han ido modulando (el difícil encaje de los personajes argentinos, las cintas inculpatorias) a lo largo de la confección de  la historia,  impidiendo que el filme alcance todos sus objetivos.

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Donde la película se mueve con más comodidad es el uso de los códigos del cine negro aplicado a las localizaciones de los arrozales, contraponiendo el paisaje actual con el pasado asociado a la Ruta del Bakalao. Ambientada en el año 1996, cuando la conocida ruta valenciana estaba ya en franca decadencia menospreciada por la falta de imaginación musical y la conflictividad, el ambiente descrito muestra una estética feísta de discotecas y clubes con prostitutas, macarras y matones. Una decadencia que podemos hacer extensiva a los peores momentos que está pasando Pau (presionado por su hermano para vender unas propiedades, enamorado de una prostituta explotada por la mafia del este).

Esas mismas localizaciones, en el momento actual, reflejan también la decadencia tras los años de la burbuja económica y toda la corrupción asociada a la especulación y la burbuja inmobiliaria. Los  extensos campos de arroz, las casas aisladas abandonas y en ruinas en un entorno rural, etc. Las referencias a La isla mínima en cuanto al uso del paisaje como contenedor dramático son más que evidentes.

Un paisaje que arroja una imagen muy distinta del dorado levantino asociado a la costa, la  playa, el sol y los apartamentos. Jordi y Diego, la nueva generación, tras superar los diferentes obstáculos y encontrar las pistas necesarias para desentrañar lo que ocurrió en el pasado, entenderán la diferencia entre la inocencia de la juventud y  el sufrimiento y la desolación que conlleva crecer y descubrir la verdad.

Los primos afrontarán ese desentierro, físico y metafórico, que sirve para poner en paralelo la historia de dos hermanos que, uno en los 90 y otro, 20 años más tarde, son la imagen del fracaso y la derrota, arrastrando con ello también a su entorno, a su familia.

Bien filmada, Nacho Ruiperez maneja un equipo técnico envidiable en el que destacan la fotografía de Javier Salmones, esencial para aportar el elemento dramático al paisaje (los colores de los arrozales, los cambios de época) o el montaje de Teresa Font (saltos en el tiempo, escenas de violencia), acompañado de un adecuado reparto coral (además de los ya nombrados tenemos a Francesc Garrido o Jordi Rebellón); es una pena que el guión de el propio director y Mario Fernández Alonso, no termine de hilvanar los flecos de una historia en la que se adivina lo que se quiere contar pero que finalmente las imágenes no terminan de plasmarse en la pantalla.

Escribe Luis Tormo  

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