La casa de Jack (The house that Jack built) (3)

  17 Noviembre 2018

Asesinatos a corazón abierto

la-casa-de-jack-1El tono ligero de The house that Jack built la aleja de la dureza de obras anteriores del problemático autor Danés Lars Von Trier, como fueron Anticristo, Melancolía o el díptico Nymphomaniac.

Es ese mismo tono el que otorga a la cinta un estatus de raro entretenimiento, de cierta concesión hacia el público, atrapándonos en una complicidad algo siniestra mediante la cual el director parece querer esforzarse por agradar sin dejar de servir una sucesión de momentos y comportamientos totalmente desagradables.

En esta cata de lo amoral y de lo sangriento, asistimos a la identificación entre arte y asesinato. Una de las figuras recursivas a lo largo del film, insertada mediante imágenes de archivo, es la del pianista Glenn Gould: solo una más de las comparaciones que el protagonista traza entre el creador y el psicópata, hilando a lo largo del metraje la idea de que ambos son seres excepcionales, dedicados a un oficio para el que hacen falta aptitudes especiales y capacidades, ya sean dadas por rasgos de personalidad extremos o patologías, que entran en conflicto con el sentido común, la moralidad, la educación y, en definitiva, casi todo lo que implica llevar una vida normal o acomodada.

No olvidemos que nuestro asesino protagonista padece de un trastorno obsesivo compulsivo que le lleva, en una escena irrisoria, a volver una y otra vez al lugar del crimen con la necesidad de comprobar que no ha quedado ni una salpicadura de sangre en el lugar más inverosímil.

Lo que verdaderamente asusta es la normalidad con la que Jack ejecuta sus crímenes: este ingeniero con vocación de arquitecto, al que Matt Dillon da vida magistralmente con tanto patetismo como dureza, tiene la capacidad y a la vez sufre la necesidad de ser ordenado y preciso, al tiempo que despliega una megalomanía y una ambición exageradas.

La narración se despliega a lo largo de 5 incidentes y un epílogo formando un retrato fragmentario y discontinuo por el que desfilan Uma Thurman, Riley Keough (Under the silver lake, La suerte de los Logan) o la actriz televisiva Siobhan Fallon Hogan como personajes desechables, mujeres anónimas, sujetas a la ira y el desprecio de Jack.

Lars Von Trier no deja de lado su ácida crítica, su pesimismo asumido y romo, en el momento en que Jack invita a una de sus víctimas a que grite buscando ayuda, declamando luego al asomarse a la ventana que «nadie quiere ayudar». Porque el psicópata no puede darse sin la sociedad: Jack aglutina rasgos de asesinos en serie históricos como Ted Bundy, al que parece remedar de forma ridícula (lo vemos en las tretas para parecer desvalido llevando unas muletas), Ed Gein o Jeffrey Dahmer (manipulación de cadáveres, encuentros fortuitos con la policía), aproximándose a la imagen del charlatán triunfador sin escrúpulos, capaz de medrar socialmente a base de engaño e improvisación.

El realizador danés aprovecha para inyectar un discurso autorreflexivo, no exento de su habitual exhibicionismo y grandilocuencia, junto con la referencia a obras literarias, pictóricas y arquitectónicas, llegando a equiparar el arte de matar al de construir catedrales.

El juego de provocación es tan forzado que ridiculiza la violencia de las imágenes, desembocando en una frialdad lacerante que a su vez revolverá las tripas con el mayor de los rechazos. Un mecanismo que intenta hacer saltar un cepo sobre el espectador y algunas sensibilidades, haciendo irrisorio un acto de la más salvaje crueldad (el asesinato de dos niños en el incidente dedicado a la familia) para acto seguido conmovernos por la amputación que la versión infantil de Jack infringe, en uno de los flashbacks cuasi oníricos de los que está salpicado el film, a un pequeño animalito.

Lars Von Trier aglutina en esta cinta un compendio de sus propios estilos narrativos y técnicos: la cámara en mano que acentúa el dramatismo de la escena mediante un encuadre de zoom al rostro del personaje, el montaje arrítmico, guiado únicamente por la necesidad, utilizado como un cuchillo sin estética; la imagen pictórica, casi un tableau vivant, de alta definición y cámara lenta, con colores saturados y bellas texturas; y el más puro estilo Dogma 95, casero, naturalista, tosco y desordenado.

A esto hay que sumar el estilo documental por acumulación de imágenes de archivo, de obras propias y ajenas. Vuelve a utilizar la figura de un interlocutor para encaminar el relato (como ya hiciera en el diálogo/interrogatorio mediante el cual está narrada Nymphomaniac), esa voz que descubriremos al final como la del personaje extradiegético de Bruno Ganz.

¿Justifica el director que para la consecución de una obra más elevada, para poder ver más allá, han de poseerse rasgos de personalidad extremos, deshumanizados? Lars Von Trier construye con esta película su propia casa, una trampa, haciendo difícil saber en el enrevesado juego de tonos si su intención es ridiculizar a su personaje, justificarlo o recorrer junto a él un camino de expiación.

Y al final de todo, queda la firme voluntad de mostrar. Al igual que Jack, con la capacidad y la necesidad de hacerlo.

Escribe Manuel María López Luque 

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