Un seductor a la francesa (2)

  09 Noviembre 2018

Un impostor en apuros

un-seductor-a-francesa-1Con Un seductor a la francesa, cuyo título original es Le retour du héros (El retorno del héroe), el director galo Laurent Tirard (Las aventuras amorosas del joven Molière, 2007; El pequeño Nicolás, 2009; o Un hombre de altura, 2016) coautor también del guión, recupera el género que tanto éxito tuviera en el cine francés de finales del siglo pasado con directores como Jean-Paul Rappeneau o Philippe De Brocca: la comedia de aventuras de época. En la que no puede faltar su correspondiente romance.

La acción nos sitúa en 1809. En plena campaña napoleónica en la región francesa de Borgoña, el apuesto capitán Neuville se promete con la joven Pauline. De repente el capitán es reclamado en el frente y tiene que posponer su enlace matrimonial. Tras varios meses sin noticias suyas Pauline languidece y enferma. Su hermana Elizabeth para animarla decide escribirle cartas haciéndose pasar por Neuville. En ellas construye una imagen heroica del capitán, muy alejada de la realidad. En la última rompe su compromiso de boda y Pauline rehace su vida casándose con otro pretendiente. Pero tres años después el capitán reaparece… y empieza el enredo.

Un seductor a la francesa fusiona dos mundos muy diferentes: el complaciente universo de Jane Austen con su estilo elegante y sus personajes tan encorsetados en convenciones sociales y el de las comedias de aventuras francesas tan alocadas y con personajes picarescos. El resultado tiene su gracia: una recreación de época, formalmente exquisita, pero con ciertas licencias y muchos anacronismos intencionados (históricos, lingüísticos, sociales, de vestuario, musicales…) para conectar con el público actual.

El guión es ameno. Trata temas universales como la mentira (y sus múltiples dobleces), la lucha por el poder o la avaricia, y otros más intrascendentes, desde una perspectiva contemporánea, con una trama dinámica de situaciones típicas y tópicas (enredos de alcoba, duelos, bailes, veladas sociales…) del género. Diálogos ágiles, directos y chispeantes con emboscadas dialécticas entre los protagonistas principales que crean expectación y mantienen la tensión argumental del relato. 

Los personajes, sin ser originales, son creíbles. Están bien construidos. Neuville es un delincuente sin escrúpulos pero entrañable. Un embaucador, un mentiroso con encanto. Un fraude completo pero con sentimientos, que igual que seduce al espectador, al final, consigue redimirse ante la propia Elizabeth en la secuencia más emotiva de la película: cuando relata con un realismo prolijo un episodio dramático vivido en la guerra. 

La personalidad de las hermanas Beaugrand podría identificarse perfectamente con el de las señoritas Bennet o las hermanas Dashwood del universo Austen. Ambas representan dos formas diferentes de relacionarse y de comportarse con los hombres: una está deseando casarse y la otra no hace aprecio.

Elizabeth es la hermana inteligente, mordaz y sensata (no es casualidad que lleve el mismo nombre que la protagonista de Orgullo y prejuicio). Seria, seca y soltera por convicción. Una adelantada a su tiempo con un toque feminista, para adaptarla a los tiempos modernos, que a veces también pierde los papeles. Pauline en cambio es una mujer convencional, apasionada, impulsiva, locuaz e ingenua la vez que picarona.

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Las interpretaciones tampoco defraudan. Jean Dujardin como el capitán Neuville sigue en su registro de gracioso habitual que tan bien le va, como una especie de Belmondo transfigurado del siglo XXI (aunque mucho menos versátil). Contenido en su personaje sin caer en la exageración. 

La que da una imagen muy diferente y divertida es Mélanie Laurent como Elizabeth Beaugrand, magistral en un papel muy alejado de sus serias interpretaciones habituales. Tiene, incluso, varios momentos slapstick, realmente graciosos.

La planificación hace guiños a títulos y directores clásicos como Ford (cuando Pauline camina por el vestíbulo del castillo y llega Neuville a caballo es un homenaje a Centauros del desierto), Fleming (con Pauline contando las hazañas del capitán ante una audiencia que la escucha embelesada) o Leone (cuando Neuville llega en un carruaje), en los que el director confiesa haberse inspirado. También hay resonancias a la mezcla de géneros de Tarantino, que se hace evidente en el duelo entre Neuville y Nicolás, el marido de Pauline, tratado como si fuera un western.

Un seductor a la francesa es una película de aventuras de época que se desdobla en comedia romántica, clásica y elegante, con un diseño de producción impecable, un vestuario vistoso y una imaginativa banda sonora que mezcla el estilo barroco con el western.

En definitiva, un producto atractivo de contenido intrascendente que busca el choque cultural, pero cuya finalidad principal es entretener. Algo que consigue plenamente.

Escribe Leo Guzmán

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