Smallfoot (2)

  08 Noviembre 2018

Anomalías enriquecedoras

smallfoot-1En 1962, Thomas Kuhn publicó La estructura de las revoluciones científicas, una obra llamada a ser clásico en la naciente sociología de la ciencia. En ella el por entonces físico de formación, aunque ejerciera de filósofo en Berkeley, postuló la existencia de modelos o cosmovisiones —llamados paradigmas— en torno a los que se articulaban las teorías científicas. Estas teorías eran normalmente aceptadas hasta que la profusión de anomalías inexplicadas e inexplicables en su seno aconsejaba, no sin lucha por parte de los defensores de la tradición, cambiar de cosmovisión para aceptar otras teorías nuevas. Acontecía entonces una revolución en la que lo viejo empezaba a morir y lo nuevo a nacer, sin saber muy bien quién resultaría vencedor ni cuándo.   

Si alguien se está preguntando qué demonios hace esta referencia en la crítica de una película infantil, le responderé gustoso que es el mejor ejemplo para demostrar que Smallfoot dice mucho más de lo que aparenta, que atesora profundas reflexiones sobre el cambio de cosmovisión y la necesidad de mitos y tradiciones en el asentamiento de una cultura y que todas estas cosas pueden decirse en una película para niños sin resultar evidentes, pero tampoco estridentes.

No nos confundamos; Smallfoot es en primer lugar un entretenimiento animado de tintes clásicos: hace uso del slapstick más gamberro, recurre a rutinarios números musicales no siempre desafortunados y hace un retrato de personajes con los esperados estereotipos. Pero ello no es óbice para elaborar un subtexto complejo, que conduce la acción a inquietantes dilemas que uno mismo no sabría muy bien cómo resolver, y que la película acaba por despachar con una inocencia patente, pero no del todo decepcionante. Vayamos por partes.

La película nos habla en primer lugar de un choque de culturas. Este choque se produce de modo accidental, pero por parte de los bigfoot, unos seres aislados en las altas montañas, viene prefigurado por la osadía intelectual de algunos inconformistas, cuya sumisión a una tradición cuasi religiosa les resulta ya insoportable.

El hecho de que tal choque se muestre como anhelo de un necesario inconformismo no niega la validez de la tradición cuestionada, que actuaba como elemento protector y disuasorio sin que los descontentos lo supieran. La gracia de la película radica en mostrar estas dos realidades —la rebelión y la justificación del statu quo— secuencial y separadamente, de manera que nuestras iniciales simpatías por los aventureros se muestran como problemáticas cuando conocemos la totalidad de la trama.

Pero este dilema al que nos enfrenta el relato es además multifactorial; sucesivas revelaciones que acontecen a distintos personajes van mostrando las anomalías en el entramado armónico del pueblo feliz, y cómo aquél era sustentado bajo una serie de causas falsas, sesgos cognitivos e incluso alienaciones cuasi marxistas: los trabajadores ignoraban qué producían y cómo contribuían con ese trabajo a su propia dominación, pero esto los mantenía paradójicamente seguros, ignorantes y felices. La pregunta inquietante, la que subyace a la revolución o el colapso es entonces la siguiente: ¿Qué vendrá después?

Por parte de los humanos, el encuentro se explica de un modo bastante más anodino. Ha de decirse que estos personajes no están tan bien construidos y responden a los tópicos contemporáneos de la búsqueda del éxito a toda costa mediante la manipulación/explotación de las redes y medios de masas.

Pero este descuidado aspecto no influye en la totalidad del filme, porque los mejores momentos se producen en la intersección de ambas culturas, y los mejores chistes llegan a costa de la típica confusión de intereses y lenguas, es decir, de lo que Kuhn llamaría la inconmensurabilidad de paradigmas: la imposibilidad de comprender lo otro.

smallfoot-2

Los humanos ven a los Bigfoot desde su propia cosmovisión y viceversa. Esto ocasiona algunos de los mejores chistes, pero no podemos obviar que se trata de una impostura: el espectador tiene una visión omnisciente, y por tanto privilegiada. Todo se reduce a un hábil juego de manos, y los conflictos van normalizándose a medida que las dos cosmovisiones interactúan.

No obstante, el conflicto principal se mantiene incólume: ¿Cómo hacer frente al choque? ¿Es posible obviar las anomalías? Por muy osada que resulte la apuesta de la película, ésta requiere de una respuesta satisfactoria si no quiere quedarse en farol.

Si la película no siempre raya a gran altura en el aspecto argumental es precisamente por esto: se conduce a sí misma a un dilema complejo que acaba resuelto de manera sencilla. No digo que sea equivocada, sino que resulta poco creíble, como intentar vaciar una bañera a cucharadas.

Esta sencillez en la respuesta no hace justicia a la deliciosa complejidad del planteamiento, pero tampoco arruina una película para niños. Está más bien a la altura de sus clichés en el diseño de personajes, a las bromas de brocha gorda y a los coloridos escenarios de pincel fino.

Smallfoot es pues un entretenimiento con cierta sustancia, del que puede disfrutarse no porque haga grandes revelaciones, sino porque se atreve a plantearlas en un contexto inesperado. Todos aquellos que acudan al cine esperando ver sólo una aburrida película musical con monstruitos parlanchines, pueden descubrir que ésta da para mantener una conversación interesante con los más avispados de entre los pequeños.

Quizá también para introducir algunos tópicos de sociología de la ciencia, aunque eso sólo sería posible si jóvenes casi adultos estuvieran dispuestos a tragarse algunas canciones dulzonas de más. Sin embargo este hecho no parece conmensurable con la paradigmática visión del mundo de un adolescente. Habrá que esperar una revolución distinta.    

Escribe Ángel Vallejo

smallfoot-3