El ángel (4)

  04 Noviembre 2018

Once muertes, cuatro lágrimas y un soplete

el-angel-1Además del gran salto de Luis Ortega en lo que hace a sus modos de producción y estilos, el riesgo de su nuevo opus El ángel, inspirado libremente en Carlos Robledo Puch, tal vez el asesino más monstruoso de la historia criminal argentina, habla a las claras de la coherencia artística de un director con todas las letras.

Luis Ortega ya sorprendía con su minimalismo de Caja negra (2002), con esos personajes extraños, a veces bellos y otras no tanto, para ir asentándose como un realizador de una poética y autoría propias, cualidades que dejaban abierto el interrogante al futuro y a la tentación que el cine industrial lo coartara en términos creativos, en caso de alguna posibilidad concreta en un proyecto más ambicioso que tardó —afortunadamente— en aparecer, aspecto positivo teniendo en cuenta sus otras películas como Lulú (2014) o su éxito televisivo sobre el clan Puccio en Historias de un clan.

No puedo dejar de ver en primer lugar en la caracterización de Lorenzo Ferro (soberbia performance del hijo de Rafael Ferro), bajo las órdenes de Luis Ortega, al Alex de La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick. Este joven actor consigue en su desparpajo la sensación de libertad para moverse en el mundo, más allá de los rasgos psicopáticos de un muchacho amoral. 

Si El ángel tiene como punto de partida el retrato de un asesino juvenil, simplemente es por la anécdota policial o el mito periodístico acerca del siniestro Carlos Robledo Puch. No por la intención manifiesta del director de Monobloc (2005) de esbozar un perfil psicológico y criminal de un adolescente de clase media, extravagante y de una inteligencia destacable por su corta edad, que en un período corto asesinó a sangre fría a once personas sin un patrón serial, cometió robos de automóviles, motocicletas, joyerías o casas particulares —sumados secuestros—, pero siempre con una calma y templanza aterradoras.

Decía, al comienzo de esta nota, el parecido al Alex de La naranja mecánica por la idea de la libertad para hacer realmente lo que se quiere, por ejemplo robar en casas de clase media alta por el simple placer de coquetear con el peligro, aunque también de imponer una manera de arrogancia frente a cualquier autoridad cuando los padres del propio Robledo Puch (Roles encargados a Cecilia Roth y el chileno Luis Gnecco) no hicieron frente a las manipulaciones de Carlitos y su modo comprador y seductor.

Y el mismo año que la película de Kubrick tuvo su estreno coincide con el año elegido por Luis Ortega para desarrollar de manera sutil una radiografía de Argentina a principios de los 70. La música elegida que va desde temas livianos como El extraño de pelo largo (impresionante secuencia de baile de Lorenzo Ferro) a la contundencia de Manal o Billy Bond y la Pesada del Rock’n’Roll, grupos que contagian la atmósfera y el contraste con aquel tiempo que presagiaba épocas de violencia y militares en el poder.

Lo primero que hay que decir de El ángel y su singular aproximación a una historia de amor entre dos jóvenes delincuentes, traición y despecho es que, cinematográficamente hablando, el arte de Luis Ortega le gana al testimonio de Robledo Puch. Algo similar ya había sido logrado con Arquímedes Puccio en la citada serie con una fuerte carga simbólica y la constante búsqueda del riesgo para no traicionar una libertad creativa intachable.

Esa premisa no sólo funcionó con esta película sino que logró extraer de ese frío asesino adolescente, ese gélido psicópata con cara de inocente, algún que otro rasgo de humanidad sin volcar toda esa energía en un intento de idolatría así como tampoco de estereotipo de los desviados sociales o como la palabra de moda indica marginales.

En 120 minutos, Carlitos muta en Robledo Puch, muda la piel de niño bien con pelo enrulado y destreza para tocar el piano, mientras mata once personas, deja que se le escurran cuatro lágrimas y empuña con total naturalidad un soplete para terminar su obra de arte maquiavélica y reírse de todos por ser esclavos de la moral y creer en la propiedad privada. 

Escribe Pablo Arahuete | Crítica publicada en Cine Nueva Tribuna

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