Mandy (4)

  30 Octubre 2018

Venganza lisérgica

mandy-1La última cinta de Panos Cosmatos ha convencido en la pasada edición de Sitges, consagrándose como un título de género ruidoso y lisérgico a la vez que honesto. Una apuesta visualmente desmesurada, aunque de ritmo equilibrado y personal estética que le ha valido a Cosmatos el Premio a la Mejor Dirección.

El director, que ya había llamado la atención en los círculos del fantástico con su anterior Under the black rainbow (2010), propone ahora una historia de venganza con el telón de fondo de la manipulación y el sectarismo. Un choque brutal y violento contra —en palabras de Cosmatos— el monopolio de la espiritualidad.

Ambientada en un 1983 construido a base de realismo y recuerdo, el director se toma su tiempo, dentro de los dos primeros capítulos o pasajes en los que está dividida la historia, para mostrar con serenidad el universo propio y la vida en común de esta pareja protagonista formada por Mandy (Andrea Riseborough) y Red (Nicholas Cage).

Mientras que Red se dedica a la tala de árboles y es presentado como un leñador tranquilo, (manejando una sierra mecánica, útil herramienta que acabará por tener otro sangriento y vengativo uso), Mandy, dependienta de un pequeño economato de paso, lee novelas de fantasía pulp y realiza ilustraciones fantásticas. Los protagonistas parecen tener justo lo que necesitan de una vida sencilla, sazonada con películas antiguas de ciencia ficción y rodeados de exultante naturaleza. Sin duda Mandy es retratada como una mujer especial, con una personalidad diferente y un particular mundo interior. Juntos conviven en una peculiar cabaña, acaso su propio Walden.

Hay que reconocer el aporte interpretativo de Andrea Riseborough, tanto como la llamativa e intensa apuesta de Cage. La actriz de Oblivion (Joseph Kosinski, 2013) o la más reciente Nancy (Christina Choe, 2018) despliega una silenciosa ternura, sobria y mágica, metiéndose con honestidad en la piel de un personaje tan atípico como entrañable.

Y sin embargo, Cosmatos no abunda en explicaciones. No sabemos nada de Red, por qué murmura en sueños o si al estallar la ira traspasa umbrales tiempo atrás cerrados como en El hombre tranquilo.

Tampoco sabemos nada de Mandy (el origen de su extraña cicatriz, por ejemplo), más allá de los detalles sugeridos, su forma de vestir o aficiones. La pareja tendrá una peculiar conversación sobre los planetas, tumbados uno frente al otro, que muestra el juego de complicidad y cómo retroalimentan una personal y particular fantasía cotidiana.

Pero este equilibrio, la vida aislada y sencilla que comparten Red y Mandy, se trunca con la llegada de «Los hijos del amanecer», remedo de la familia Manson y una alusión alucinada al posthippismo decadente heredado de los años sesenta. Cuando el excéntrico Jeremiah Sand (Linus Roache) se encapricha con Mandy y encarga al hermano Swan (Ned Dennehy) que la lleve hasta él.

La película parece rondar entre dos mundos: la fantasía y la realidad, el mundo interior y el exterior, la alucinación y la naturaleza, conviven y se contaminan la una a la otra constantemente. Esta conexión entre dos mundos, potenciada por la liturgia lisérgica, se aproxima tanto al cine de David Lynch (recordemos Corazón salvaje) como al género postapocalíptico, el terror o la espada y brujería: Red es el verdugo de la espiritualidad.

Dando rienda suelta a su histrionismo habitual, Nicholas Cage no solo consigue verse revalorizado (protagonizando momentos impagables que aplaudió el público de Sitges) sino que se transforma en un elemento necesario para una experiencia del film más completa, sin olvidar al recientemente desaparecido Jóhann Johannsson y su trabajo en la banda sonora, otro de los elementos que impulsan y sostienen el desbordamiento estético que pretende esta película.

Una cinta de violencia explícita, pero accesible tanto al no iniciado como al fan más extremo: hachas de combate, decapitaciones, luchas con sierras mecánicas, alucinógenos, motoristas enloquecidos enfundados en pinchos y niebla sobrenatural.

Belleza y violencia se dan la mano en esta producción luminosamente oscura y delirante, heredera tanto de la serie B del fantástico como de un trabajado refinamiento visual, producido en digital y tratado para aportar un granulado que replica perfectamente la textura del celuloide (Cosmatos se resistió al formato digital hasta que ante la negativa en redondo de la aseguradora decidió no dejar pasar la oportunidad de poder realizar un proyecto en el que trabajaba desde hace años).

La cinta también se ha visto dentro de la programación del Festival Nocturna de Madrid durante el mes de octubre de 2018.

Escribe Manuel María López Luque 

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