First Man (El primer hombre) (4)

  21 Octubre 2018

Muerte, dolor y frustración

first-man-0La última película de Damien Chazelle, su cuarto largometraje, se dio a conocer en la sesión inaugural del Festival de Venecia del pasado septiembre. La crítica no fue benévola. Poco comprensiva e incapaz de llevar a cabo un análisis profundo de la película, la calificó, en general, de fallida.

Luego, cuando se ha ido estrenando, la actitud de una crítica cada vez menos abierta a la experimentación y al análisis objetivo, ha actuado igual en su rechazo. Salvo excepciones. Cuando se alaban sin reservas los juegos arabescos, el sentido de (aparente) brillantez formal, pero envuelto en un clasicismo lindante con la belleza hueca de Cold War, se cierran las puertas a la indagación elaborada, por momentos profunda, que Chazelle propone en esta mirada sobre un hombre en su intento, inútil, de liberación. Pase lo que pase, llegue donde llegue el personaje principal, estará siempre condenado a un encierro en el que no se vislumbra la salida.

Eso sí, First Man carece de una estética brillante, no tiene, siendo una película sobre la historia del primer hombre que pisó la Luna, ni grandilocuencia ni grandes efectos. Su planificación evita las grandes tomas, centrándose, sobre todo, en primeros planos cercanos del protagonista, en su andadura por hacer posible un sueño, una promesa, una redención o un encuentro con la vida en medio de la muerte que le persigue. Pero, allá en el cielo, en la Luna, no hay más que vacío y silencio.  

El comienzo es claro en este aspecto: el hombre encerrado en una nave espacial está punto de morir. De él sólo vemos, ocupando toda la pantalla, el rostro (mostrado a través del propio vaivén del aparato) escondido además por el casco-máscara que recubre su rostro. Una secuencia donde se vislumbra la angustia del hombre incapaz de poder dominar un aparato («Os gusta jugar con vuestros aparatos. Si no lo hicierais no sabrían que hacer», dice más o menos la mujer del protagonista en un momento del filme). Sólo se escuchan las órdenes desde la Tierra, el jadeo, las vibraciones y ruidos (casi parecen rugidos) de un aparato que parece rebelarse contra el hombre, al no aceptar el mando que intenta ejercer el piloto sobre la nave. El hombre y la máquina. El esfuerzo y el éxito o el fracaso.

En la escena final, Amstrong aparece encerrado en una especie de cárcel. Aparentemente ha triunfado al ser el primer hombre en llegar a la Luna, pero ahora —desde el encierro obligado por la cuarentena que debe cumplir—, es como un prisionero, incapaz de liberarse de su culpa. No se siente lleno, satisfecho por haber llegado el primero a aquella Luna que miraba con su hija atacada por el cáncer que la llevó a la muerte. La presencia detrás del cristal que le separa de su mujer supone algo más que un planteamiento físico. Más bien es la incapacidad o la dificultad de unión de un matrimonio que camina a la deriva desde su amor. Y al que se oponen demasiadas cosas, entre ellas la muerte de una niña, que nunca podrá ser olvidada.

La muerte persigue al protagonista. Quizá la película pueda irritar a los que gustan de juegos pirotécnicos, ya que no habla de heroicidad, patriotismo o del gran acontecimiento de haber llegado (Estados Unidos, los primeros) a la Luna. Es posible que sobren algunas declaraciones televisivas, probablemente reales, como la de una mujer francesa que habla de la grandeza de los Estados Unidos; pero la película habla de otros temas: de la soledad, las relaciones y disfunciones familiares, de amores y desamores, de fracasos y  muertes, de la deriva de un hombre dispuesto a llegar a lo alto con el recuerdo de la hija muerta para librarse de su propia culpa: se siente responsable al creer que no hizo lo necesario para salvarla.

Ese duelo, el dolor por su hija, es el que le permite llegar a la Luna, venciendo a la muerte, para poder allí dejar para siempre la pulsera de ella, una forma de romper con el pasado y unirse a la vida. Detrás del hecho grandioso, de la heroicidad no existe más que el intento (fallido) del protagonista por hacer posible su propia misión personal.

No lo consigue. Tras ese acto retrasmitido al mundo, sólo está la verdad del gran fracaso de Armstrong: cuando la suelta sobre uno de los cráteres Lunares la pulsera de su hija muerta, no se queda en la Luna, sino que vuela al espacio. Es claro: la pulsera no queda enterrada, sigue su camino: continúa el símbolo de su fracaso o, mejor, de no poder nunca dejar atrás el recuerdo que le persigue. Sobre él seguirá pesando el pasado. El hombre triunfador, el héroe no es más que un ser frustrado, encadenado a un pasado que nunca podrá superar. Su éxito es otra derrota en una vida donde la muerte le ha perseguido y le perseguirá siempre. En la Luna no hay ni encuentro con su hija, ni oraciones válidas. Sólo un espacio vacío y silencio.

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En este sentido, la película de Chazelle es fiel a su obra anterior. Un intento de superación que termina por quedar en casi nada. Se ha llegado arriba, a la cumbre, pero a costa de renuncias, de dolor, de centrarse en una ausencia propia. Todo ello conseguido con esfuerzo, en un camino de duro aprendizaje, pero en cuya andadura no se es más que un simple elemento colocado detrás, o delante, de una cadena alimentada por máquinas. Las estrellas, en este caso la Luna, no suponen alcanzar la paz personal. Es paz personal es una quimera, como lo era para los protagonistas su sueño personal en La ciudad de las estrellas (La La Land).

El filme de Chazelle, en su falta de espectacularidad, gira en torno al personaje de Armstrong hasta el punto de centrarse en él la película y no en la hazaña de la llegada a la Luna. A través de su vida familiar, sus pruebas, los recuerdos, se va dibujando al personaje y su deriva emocional, dolorosa hacia el encuentro/desencuentro consigo mismo en un total aislamiento.

Una escena como la obligada despedida de los hijos (le obliga a ello su esposa, por si no vuelve de la misión), ante la indiferencia de los hijos, no es más que el reflejo de unos seres cuya unión forma parte de otra historia. Un excepcional momento.

Y no es el único. Ahí están otras grandes secuencias: el  funeral del compañero muerto en una de las naves, el hijo que pide al padre que juegue con él y, ¡cómo no!, las miradas, en un intento de escape, liberación, a la Luna que desde allí arriba le llama y le espera, al igual que las estrellas eran el soñado reclamo de los protagonistas de la anterior película de Chazelle, La La Land.

Pero arriba y abajo sólo existe desolación. En ningún lugar podrá Armstrong clausurar su duelo o su afán por huir de la muerte jugando con ella, como de otra manera lo hiciera el caballero en El séptimo sello de Bergman.

Otro gran y significativo momento: en paralelo asistimos a la recepción en la Casa Blanca. Allí está invitado Armstrong representando a la NASA, al haber conseguido el acoplamiento del cohete con la capsula espacial mientras en ese mismo instante unos compañeros mueren quemados por un fallo en un cohete de pruebas. En esa secuencia se emparenta el (falso) triunfo de Armstrong, nada a gusto en aquel ambiente —esa no es su batalla, su mundo, su realidad nada tiene que ver con esa recepción; de hecho le vemos solitario, extraño—, con la presencia, una vez más, de la muerte como afirmación, de que es uno de los temas principales de la película.  

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Existen varias referencias a Kubrick, a la cumbre de la ciencia ficción cinematográfica, 2001: una odisea del espacio, siendo quizá la más explícita la que muestra el acoplamiento de la nave con la capsula espacial con música de vals. Se rememora la llegada de la nave a la estación espacial al inicio del filme de Kubrick. Un homenaje medido en su sugerencia y cariñoso por la entrañable forma de ser tratado.

La Luna, señalada también por Kubrick, es el objetivo de Armstrong para poder sellar definitivamente el duelo que arrastra, una Luna que le recibe a él y a su compañero con un silencio absoluto. Un buen ejemplo de una excelente banda sonora donde ruidos, silencios y música se mezclan. Chazelle es, sin duda, un gran especialista en trabajar el sonido en sus películas: no hay que olvidar que durante un tiempo se dedicó a la música.

La llegada a la luna es un momento dado sin ningún triunfalismo. Al contrario que en el resto de filmes sobre este tema, ni siquiera hay un plano que muestre la colocación de la bandera americana en el suelo lunar. La Luna, evidentemente, no es una solución. Su llegada no supone, para el protagonista, más que un nuevo paso en una historia sin salida. Ni el pasado puede volver, ni en el propio devenir personal será posible cumplir una (inútil) promesa con la llegada… a las estrellas.

Lucha del hombre consigo mismo y contra las maquinas que él ha construido, que se rebelan, negándose a ser dominadas: la primera nave en la que Armstrong a duras penas puede controlar los mandos; los compañeros muertos en una de las pruebas; el cohete girando sin control después del acoplamiento; el modulo lunar en el que suena, sin saber la razón, la alarma antes del alunizaje. El hombre incapaz de dominar esas máquinas con las que se enfrenta como un juego.

Chazelle, por primera vez desde que dirige, toma un guión ajeno, firmado eficazmente por Singer (Spotlight, Los archivos del Pentágono), lo cual no es obstáculo para que el director siga fiel a su cine anterior. La narración es excelente, haciendo que la gran pantalla pueda parecer pequeña o, incluso, dar la impresión que usa un formato televisivo. Todo, y de forma muy coherente, es válido con el fin propuesto, incluso se procede a disimular diferentes formas (falsas) de captación de imágenes: formatos domésticos, películas familiares, tanto en celebraciones como en las tomas (recreadas) de documentales de la época…

Con toda esa manipulación de las imágenes, Chazelle da forma el filme: al tiempo que habla de una historia personal, recrea la época mostrando el enfrentamiento americano-ruso en la carrera espacial (lo principal no es conseguir un logro para la Humanidad sino ir por delante del otro país), las manifestaciones contra las pruebas espaciales, el conflicto racial, la vulgaridad de la vida familiar con sus tensiones y una espera reiterada en la angustia.

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Si la película no consigue algunos de sus objetivos hay que achacarlo, sobre todo, a la (no) interpretación de Ryan Gosling: fuera de lugar, incapaz de expresar toda la complejidad del personaje, como ya ocurriera en La ciudad de las estrellas. Lo contrario sucede —al igual que en La La Land con la interpretación de Emma Stone—, con la muy ajustada interpretación de Claire Foy, como mujer de Amstrong, brindando momentos excelentes. Señalar, como ejemplares, el instante en que está escuchando la conversación entre su marido y la NASA, la ansiedad, la angustia, el enfrentamiento con la gente de la NASA al pedir explicaciones por el corte de la comunicación… momentos que quedan perfectamente reflejados por sus gestos y por un rostro enormemente expresivo (Claire Foy es la protagonista de la próxima entrega de Millennium).

Sería interesante comparar, en la forma de utilizar la elipsis, este título con Cold War. La acción de ambos tiene lugar a lo largo de varios años, lo que conlleva abundantes saltos en el tiempo. Además First Man, en determinados momentos, utiliza breves flash-backs. Dos maneras diferentes, también, de acercarse a historias de amor rotas o frustradas. Mientras en la película de Pawlikowski usa las elipsis en función de una brillantez formal, a mayor gloria del cauto espectador, Chazelle se apunta a una austeridad funcional.

Pienso que la película fracasará en taquilla sobre todo ante espectadores cómodos que reclaman acción, movimiento continuo, espectacularidad y no una historia intimista y pausada. First Man es un film complejo y en él hay muchísimos caminos que se pueden recorrer en una lectura abierta y múltiple: desde la elegía por la hija muerta hasta la historia de un fracaso, una soledad, la visión de la vida y de la familia americana.  Por encima de la gesta que narra está la historia del hombre encerrado, que termina fracasando: el llegar a la Luna no supone la solución de su problema.

Una gran lección la que nos depara Chazelle. Eso sí, como debe ser, sin levantar demasiado la voz, sin florituras, lo que conllevará que ciertos espectadores e, incluso, críticos no entren en el filme. Una pena

Escribe Adolfo Bellido López

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