M’esperaràs? (3)

  16 Octubre 2018

La vida es sueño

me-esperaras-1Un prólogo alegre, al aire libre, inocente, donde descubrimos a un profesor de universidad que pedalea frente a un grupo de niños por el carril bici, mientras observa cómo otros profesores viven rodeados de mujeres. Una dualidad que no hay que perder de vista de cara al desenlace de esta comedia agridulce que, a priori, entronca perfectamente con el mundo creativo de Carles Alberola, ese que se cimentó en 1994 con la creación de Albena Teatre junto a su inseparable Toni Benavent, y que se alimenta de Woody Allen (algo ya convertido en tópico, por algo le llaman «el Woody Allen de la Ribera»), pero también en la mala leche de Billy Wilder (en especial El apartamento) y de un mundo propio salpicado de amor, ternura, sueños, realidades, besos y esperas que pueden llegar a ser interminables.

Partiendo de un texto suyo —premio de Teatro Ciudad de Alzira en 2013 y posteriormente llevado a los teatros valencianos en 2014, con el mismo reparto que repite en la película—, M’esperaràs? es una de esas obras pequeñas (apenas cuatro personajes y un único escenario, exceptuando ese prólogo con los créditos que sirve para airear la obra) que no hay que confundir ni con teatro filmado (como no lo es el último cine de Polanski: Un dios salvaje, La Venus de las pieles, Basado en hechos reales) ni con cine menor.

Alberola parte de la unidad de lugar, de tiempo y de acción para narrar una evolución interior, pero sin ese camino exterior que a veces ayuda a los personajes a tomar conciencia de cuál es su situación y su destino. Aquí los únicos viajes son a la cocina, algunos de ellos los vemos (siquiera para comprobar cómo se quema un solomillo) aunque en el escenario teatral siempre quedaban en off. Otros son al exterior de la vivienda… pero esos siguen quedando fuera de campo en la película.

Unas entradas y salidas que se mantienen en gran medida, porque, como sucedía en los guiones de Billy Wilder (en compañía de su inseparable I. A. L. Diamond) o en las tramas de un tal Ernst Lubitsch (esas puertas que se abrían y cerraban continuamente, con todo el doble sentido que ello conlleva), aquí cada entrada o salida de un personaje permite a los demás estar a solas, lo que implica crear un momento para la confesión más inconfesable, la atracción más atractiva o, sencillamente, la posibilidad de un beso que nunca llega a consumarse.

Una noche repleta de gags, de giros, de comentarios ingeniosos, pero también de celos, sueños, amores no correspondidos, traiciones y profesores sonrientes siempre dispuestos a complacer debidamente a sus alumnas (ninguna relación con los alumnos: aquí lo políticamente correcto queda en un sobre que al final hace trizas el protagonista).

Todo lo que vemos y oímos podría ser un sueño, o mejor aún, una historia que está escribiendo nuestro protagonista, ávido lector y escritor ansioso de reconocimiento que está a punto de perder su integridad artística para conseguir dinero y fama de la forma más sencilla (con un premio amañado) y de la mano del personaje más proclive a esta forma de actuar (un político muy actual). Temas actuales, pero no impuestos, sugeridos, que forman parte de la conversación, de la cena, del día a día.

Todo ello genera dudas, que se acrecientan con un final que prefiere jugar a la sugerencia y dejar que el espectador elija: ¿todo ha sido un sueño? ¿Todo es parte de esa obra que veíamos cómo se estaba escribiendo durante el prólogo con los títulos de crédito? ¿O quizá es que se impone el punto de vista de nuestro protagonista y la «ficción» es la que mueve el mundo?

Toca mojarse. Alberola prefiere respetar la ambigüedad. Esa misma con la que trata a unos personajes que son miserables por momentos (no faltan las infidelidades en la cena) pero ello no impide que los trate con cariño y dignidad. No es una película de buenos y malos, si acaso de supervivientes que aprenden a vivir con su realidad y sus limitaciones.

Hombres y mujeres que sueñan con otras mujeres y otros hombres, pero que viven su día a día con la mayor dignidad posible. O quizá es sólo un mundo de apariencias y esperan a estar a solas para desatar su pasión y sus instintos básicos.

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Palabras en penumbra

La apuesta de Toni Benavent y Carles Alberola por elegir M’esperaràs? para su primer largometraje cinematográfico tiene mucho que ver con su trayectoria vital como pareja creativa, como Albena.

Hasta 1994 habían trabajado por separado. Toni produciendo espectáculos. Carles creándolos, como autor, actor y director. Cuando sumaron esfuerzos optaron por empezar con una obra de teatro pequeña, controlada, el monólogo Currículum. Eso sí, ingenioso, capaz de engatusar al espectador, divertido. Memorable.

Durante dos décadas sus esfuerzos se concentraron sobre todo en los escenarios, logrando grandes éxitos comerciales como Besos (sketches individuales basados en el humor y letras de canciones conocidas), cuya fórmula volvieron a repetir en Spot (sustituyendo las canciones por eslóganes publicitarios).

Pero la pantalla llamaba, de ahí que en su trayectoria se fueran diseminando cortometrajes producidos o interpretados (como Palomitas), pero también escritos y realizados por Albena (como Olenska).

Hasta llegar a las series televisivas. Iniciadas también bajo la fórmula de Besos (los breves sketches de Auto-in-definits), pero continuada con la comedia de situación (Maniatics) y, finalmente, apuntando hacia las series de ficción (Da Capo).

Un camino que empieza ahora una nueva etapa con el cine-cine, que diría Aute.

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Y lo hace siguiendo las mismas pautas que su carrera anterior. Una apuesta por lo conocido, pequeño, controlado.

M’esperaràs? tiene mucho de Mandíbula afilada, uno de sus primeros grandes éxitos. Esa mezcla de realidad y sueño. Allí claramente dividida, con una obra en dos partes, la primera felizmente soñada y la segunda tristemente real.

Pero también tiene algo de Currículum, con esa unidad de lugar, acción y tiempo; con esa manipulación de la memoria, de los recuerdos; con ese gag a la vuelta de cualquier frase hecha; en definitiva, con ese juego con el espectador. Un espectador que es cómplice desde el primer momento de la realidad y la falsedad de la obra.

Y destila elementos que ya han aparecido en la carrera de Albena, desde esa road movie emocional que es Midsummer (donde la música está muy presente, incluso interpretada en directo) hasta esa confesión entre dos amigos y esa declaración de amor al teatro que es Que tinguem sort!, pasando por ese juego con el público que casi es un retorno a los orígenes (Ficción, con el público como protagonista, en todos los sentidos).

Sin olvidar la presencia de la memoria y los amigos (como en Estimada Anuchtka), de personajes que nos han acompañado y a quienes no hemos prestado en ocasiones suficiente atención (aquí representado por ese omnipresente profesor de la Universidad, «interpretado» por el propio Toni Benavent, siempre sonriente) y muchos momentos que nos resultan familiares a quienes hemos seguido la trayectoria de Albena obra a obra.

Casi, casi uno podría pensar que M’esperaràs? es una pregunta retórica al público. Una especie de desafío autobiográfico, donde lo ya realizado se combina con los deseos de futuro, de crecimiento. Un balance de todo lo anterior como punto de partida para un nuevo impulso en la carrera de Albena. Por la pantalla desfilan la amistad, el amor, los sueños, la creación, los celos, la pareja, el amor al cine…

Y todo ello contado con una historia muy sencilla, pequeña, aparentemente una simple cena de amigos…

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Supongamos que una noche cenando

Tras el prólogo, apoyado en una atractiva música de Arnau Bataller (alzireño, como Alberola), el resto de la película transcurre dentro de esa unidad de lugar, tiempo y acción que ofrecía la obra. El plano final nos saca de ese apartamento para ofrecernos un bello amanecer que clausura el film: ¿un nuevo comienzo? ¿El final de esa noche de locos? El resto, dentro de la casa.

Una cena de amigos. Tres amigos. Un matrimonio y el otro, el protagonista, el personaje que nunca liga, nunca publica sus libros, el perdedor por antonomasia. Y llega ella, la mujer capaz de cambiarlo todo de sitio, pero que siempre sabe dónde está cada cubierto, cada libro o cada cirio que hay en la casa. El universo de Woody Allen, pero también el Jack Lemmon de El apartamento. Porque si hay un referente que parece manejar Alberola en esta adaptación es precisamente la obra maestra de Billy Wilder.

Y lo hace sin copiar ni homenajear. Alberola tiene suficientes tablas para crear mundos propios (sí, woodyallenescos en ocasiones, pero con entidad propia). La trama avanza a golpe de gag y de confesión. De descubrimientos desternillantes, aunque tristes para algún personaje. Hay triángulos sugeridos y amantes a escondidas. Proezas sexuales consumadas y sueños de seductor nunca alcanzados.

Todo ello con un final feliz. O quizá sólo sea un descanso al amanecer. Una tregua para leer un relato. Quién sabe si el mismo que hemos estado viendo. El mismo que habíamos visto cómo se escribía al inicio de los créditos. Quizá el relato que se ha negado a presentar a un concurso amañado. O, como el propio protagonista confiesa en un momento del film: la narración de lo que ha sucedido esa noche, algo que por otro lado nadie iba a creer que ha sido real.

Y si nos salimos del guion, del texto, lo demás es algo más difícil de explicar. Se trata del ritmo, ese elemento básico para encadenar escenas dramáticas y humorísticas sin que el mecanismo chirríe. De dejar reír al público sin que se note, pero ofreciéndole un interludio para que pueda prestar atención al siguiente gag. En definitiva, del control del tiempo.

También se trata de planificación. Eso que en ocasiones llamamos «puesta en escena». Como esos dos primeros planos sostenidos sobre Alfred Picó (estupendo, como todo el reparto) mientras al fondo el propio Carles Alberola (interpretando el papel de su vida, en todos los sentidos) descubre que todo era mentira. Dos momentos clave en el film que se nos desvelan con un elegante primer plano, con una mirada, y un personaje al fondo, atrapado por una realidad que le supera. Lógico que prefiera vivir en la ficción.

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Es, en definitiva, una notable muestra de cómo narrar con imágenes. De cómo transformar un texto teatral en una película. Sin traicionar el espíritu del texto. Pero añadiendo el componente cinematográfico. Parece fácil, pero intenten encontrar otras películas valencianas que lo hayan logrado en lo que va de siglo XXI.

Por coger un ejemplo reciente, que ha logrado estrenarse en las pantallas de los cines, podríamos hablar de Paella Today. Una comedia valenciana. Pero ahí acaban los parecidos con M’esperaràs?

Allí había un guion deslavazado, unos personajes apenas desarrollados, tópicos en torno a lo valenciano, tanto que parecía un gran spot sobre la ciudad, aunque rodado apenas en dos exteriores (la plaza de la Virgen y la calle Pere Compte, junto a la Lonja). Por no hablar de los gags o el nivel interpretativo. Casi todo acababa dando una impresión de cierto «amateurismo» cinematográfico, por más que todos los profesionales que han participado en Paella Today sean eso, profesionales.

En M’esperaràs? encontramos un guion donde cada elemento está atado y bien atado, desde los cirios que buscan continuamente los personajes y acaban iluminando la escena final, hasta los libros que se citan (y que comparten Alberola y Rebeca Valls, en todos los sentidos), desde un solomillo quemado hasta los kiwis del tendero de la esquina. Todo tiene su razón de ser en un guion donde los personajes evolucionan durante el largo viaje de una noche de verano… sin salir de casa.

Y cada uno de ellos tiene momentos de gloria a lo largo de film, incluso Cristina García, la esposa que quizá parece el eslabón más débil y que se revela como un personaje fuerte, con sus propias decisiones y con un pasado donde el fútbol y la universidad tenían una relación muy, muy estrecha. Y es que todos tenemos dos caras. Por lo menos. Algo que también queda claro en el personaje de Rebeca Valls, con esa entrada a lo femme fatale, capaz de echar abajo cualquier mundo, incluso el de ilustres políticos o tímidos profesores. Por cierto, los cuatro intérpretes, tan eficaces y divertidos como en el teatro, se muestran cómodos con sus personajes y contenidos en su interpretación. Han sabido cómo recortar su trabajo para trasladar su papel de la «distancia» de las tablas a la «cercanía» de la pantalla aportando matices nuevos que resaltan aún más su trabajo.

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Pero, no es por comparación por lo que funciona la primera película producida por Albena Produccions, tras más de veinte años en los escenarios (con éxitos tan recordados como Besos) y un lustro produciendo series de humor para Canal 9 - Televisión Valenciana (mundo al que han regresado en el último año de la mano de la nueva televisión valenciana: A Punt).

Funciona porque Albena ha tenido la valentía de producir su primer largometraje en valenciano, asumiendo que eso restaría público, aceptando que la carencia de «famosos televisivos» restaría opciones comerciales en el resto del país, apostando por su reparto original en los escenarios (Carles, Alfred, Rebeca y Cristina), por un equipo técnico que ya es como una familia, tras compartir obras de teatro, cortos y series de televisión con Carles y Toni, Alberola y Benavent, en suma, Albena.

Y todas esas apuestas por lo propio, por la familia, por lo conocido, por hacer un trabajo bien hecho, pero controlado, se saldan con un resultado notable. Sin arriesgar más de lo preciso. Es el siguiente paso: primero, el salto del teatro al corto; después, a la serie de televisión; y ahora, por fin, al largometraje cinematográfico. Un salto controlado. Con una obra y unos acompañantes conocidos. Pero cada uno de ellos ha aportado, además de su profesionalidad, su implicación personal, algo imprescindible para que una pequeña película se convierta en un gran film.

M’esperaràs? lo es.

Recuerda a los clásicos de Hollywood, que tanto ha disfrutado y analizado Alberola. Por su historia, por su férreo guion, por su narrativa clásica (pese a esa cámara siempre a mano, aunque uno acaba por no darse cuenta de su existencia), por su planificación consciente del valor de un primer plano o un travelling (el único que vemos, en la escena del beso, excelente), por su mimo hacia los intérpretes…

Porque, en definitiva, es un cine que ya no se hace.

O, mejor dicho, aquí en Valencia… ni siquiera se hace cine.

Así que bienvenida la apuesta por un cine valenciano. Divertido. Mediterráneo. Dinámico. Con un poso amargo. Pero tremendamente atractivo.

La espera ha valido la pena.

Escribe Sabín

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