El reverendo (4)

  10 Octubre 2018

Entre Bresson y Bergman

el-reverendo-1Paul Schrader, a sus setenta y pico años (nacido en 1946), vuelve con una película muy suya, tanto a su etapa como guionista —con obras como Taxi Driver, Toro Salvaje, Al límite, La última tentación de Cristo (películas todas ellas de Scorsese), Fascinación de Brian de Palma, Yakuza de Sydney Pollack— como a su etapa de director, sobre todo de algunas de las 23 películas que dirigiera como Hardcore: un mundo oculto, Mishima, El placer de los extraños, Posibilidad de escape o Aflicción.

Educado en un represivo culto calvinista, no fue al cine hasta que no tuvo 18 años, momento memorable para él y que le marcó de tal manera que estudió cine al tiempo que recuperaba el tiempo perdido viendo multitud de filmes y centrándose sobre todo en la obra de algunos de los grandes nombres del cine. Es así como se convertiría en crítico y escritor cinematográfico.

A los veinticinco años escribió un libro que está considerado como de los más importantes que se han escrito sobre los directores que compendia. Su título El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson, Dreyer. El escoger a estos tres directores señalará también la deriva de su cine o el interés por otros. Bresson y la sencillez expositiva dentro de obras que versan sobre el misterio, Ozu y su cine familiar y, en fin, Dreyer como representación de un cine religioso y a la vez atormentado.

Las películas escritas y dirigidas por Schrader se centran en la religión, la familia, los conflictos sentimentales, la presencia del mal en la sociedad… todo ello sin dejar de presentar a personas atormentados y autodestructivos. Quizá entre todas las que ha dirigido sea esta última la que más se acerca a sus maestros y… a él mismo.

De Bresson se centra en la sencillez de Diario de un cura de aldea, con un inicio calcado de aquella: un sacerdote escribiendo su diario. La analogía se produce también por su enfermedad incurable y su sufrimiento. De Dreyer, o mejor de uno de sus más aventajados discípulos como es Ingmar Bergman, toma la figura del pastor dubitativo,  tratando de creer e imposibilitado para amar debido al accidente que ha llevado a romper su matrimonio (Los comulgantes), y con recuerdo de su guión de Taxi Driver (con toques de Hardcore) dibuja el personaje atormentado con su ansia de terminar con todo, junto a una sociedad corrupta. 

Película simple en estructura, pasará desapercibida por el gran público que seguirá degustando películas fatuas, infladas y revestidas de (falsa) calidad. Habla de muchas cosas pegadas a nuestro mundo y representadas por las contradicciones y derivas del personaje central, que busca su sitio preguntándose por la verdad de su fe, encerrada en una iglesia regida por un dirigente que sólo busca el dinero y la propaganda televisiva de un evento pagado por un mafioso dueño de fábricas, industrias que atentan contra el cambio climático.

El suicidio de un activista antisistema dispara la actuación del reverendo, que, con todo, al final descubrirá que la solución salvadora se encuentra en el Amor. Un final, al que antecede un momento casi mágico, de la levitación de la pareja con un sentido muy distinto al utilizado por Subiela en El lado oscuro del corazón. Aquí se trata de una idea que trasciende al propio peligroso instante simbólico convirtiéndose en un memorable momento, que tendrá su equivalencia en el plano final que parece reconducido desde el Hitchcock de Vértigo, plano del cual el propio Schrader había dado testimonio en la escritura del final de Fascinación.

El ritmo pausado de toda la película se impone en una realización aparentemente simple. El comienzo, la escritura del diario que el pastor se ha impuesto escribir durante un año, da paso  la secuencia de la iglesia, esa construida en los tiempos de la colonización para dar amparo a los esclavos fugitivos; un inicio que en su planificación y personajes recuerda claramente al de Los comulgantes. Como lo es también la comunión con la mirada de ese pastor carcomido por las culpas y la búsqueda de ese Dios ausente, tratando de encontrar la respuesta a sus dudas.

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Su dolor físico y moral, sin encontrar respuesta y sin poder ayudar a quien debe hacerlo, le llevan a volver su mirada hacia un mundo autodestructivo dominado por las altas jerarquías de su iglesia que regentan grandes despachos y cohabitan con el mal representado aquí, no por la noche ni por el gánster ni por drogadictos, sino por adinerados empresarios o por políticos comprados. La imagen de la corrupción que de forma oportunista en su temporalidad y simple da un filme como El reino, representa aquí un más allá del tiempo y del espacio con pinceladas claras y concretas, nunca dadas como meros guiños hacia el espectador.

Poco a poco, la suciedad que todo lo puede (el arreglar un váter, por ejemplo, o querer desatascarlo), su conflicto personal, se transforma en rabia hacia el mundo en el que vive y donde no es más una marioneta, ahora utilizada él y su Iglesia solitaria para dar empaque al acto de conmemoración de su creación con invitados y actos retransmitidos.

El culto, la oración verdadera, la ocultación de la soledad de los fieles (y del sacerdote) se van a convertir en un espectáculo de masas, donde no importa lo falso del mismo sino su grandilocuencia y su fausto sentido para engordar las arcas, no de esa iglesia y sí de la entidad de la misma, de la casa grande que rige en la gran ciudad lo que no es más que otro negocio.

El suicidio del activista lleva al pastor a preguntarse sobre su papel y el del mundo en el que vive. De él, de la iglesia que regenta, de sus jefes, de los que le rodean y que le amenazan si no sigue las directrices marcadas por los poderosos.

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Su rabia, su dolor, sus dudas, le convierten —como ocurriese con el personaje de Robert de Niro en Taxi Driver— en un furioso activista dispuesto a llevar a cabo un acto suicida. Antes, renunciando desde hace tiempo al amor en virtud de su matrimonio fracasado y sobre todo por la culpa de la muerte de su hijo, ha encontrado su propia salvación en la feligresa que le pidió consejo y ayuda para salvar a su marido del estado en que se encontraba. Y será en ese momento ya señalado donde ambos juntan sus cuerpos, respirando al unísono y propiciando el estar por encima del mundo, extendiendo su amor hacia el Universo. Eso, ese recuerdo, convertido primero en acción suicida, luego en castigo personal (con los cilios en su cuerpo) conducirán al sacerdote a la liberación.

Una liberación que él mismo Schrader, también lo hemos indicado, escribiera para Fascinación pensado probablemente (desde el director más hitchcockiano de todos, De Palma) en una maravillosa escena de Vértigo, al mismo tiempo encuentro consigo mismo, con el otro y con la Gracia. El amor como salvación. En Vértigo era el encuentro soñado, en Fascinación el perdón, en El reverendo la salvación. Detrás de ese abrazo sin fin quizá esté, ¿por qué no?, la respuesta de ese Dios buscado y silencioso. Schrader va más allá, en ese sentido, que Bergman

Un filme grande, meditativo, reposado, que no encaja, desgraciadamente, con los tiempos de prisa y de mediocridad en los que vivimos. Una película para degustar y repensar que habla del acá y del allá, de nuestro mundo y de nuestras congojas, de las dudas existenciales y de las relaciones amorosas.

Sin duda, la mejor obra de su director. También será la más incomprendida. No es desde luego una película para estos tiempos donde lo burdo se impone sobre la sugerencia y donde parece estar prohibido pensar ante la avalancha hipnótica de tanta secuencia vacua como nos vomita el cine actual.

Escribe Adolfo Bellido López

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