Sotobosque (4)

  09 Octubre 2018

Un acercamiento humanista a la inmigración

sotobosque-1El inicio de Sotobosque (Sotabosc, 2017), de David Gutiérrez Camps, posee aliento machadiano. El camino y la niebla. La vida y sus dificultades. En el plano en movimiento, vemos surgir a un hombre alto y fuerte, de piel oscura, que surca el sendero en una bicicleta. Las pedaladas son el esfuerzo diario de un individuo, nacido en el continente africano, que vino a España para labrarse un mejor porvenir.

La película tiene a Musa Camara como protagonista y verdadero eje temático. Este inmigrante, que vive en un pueblo de Gerona, subsiste gracias a la recogida de brezo y piñas que luego lucha por vender. Uno de los puntos más logrados del filme reside en la sencillez con la que transmite la cotidianeidad de la existencia de Musa: cómo sube a los pinos, cómo golpea con un palo de junco a las ramas, cómo se ata las cuerdas a la cintura para después apilar el brezo, cómo toma un vaso de leche, cómo compra en el mercado tomates, pimientos o aceite. Acciones que constituyen su día a día.

En Musa vemos vitalidad y energía (la autenticidad de su interpretación nos hace reflexionar sobre la grandeza de los actores no profesionales, que llevan la vida de carne y hueso al celuloide, y películas memorables como La terra trema (1948), de Luchino Visconti, o El evangelio según San Mateo (1964), de Pier Paolo Pasolini); no hay resquicio de ira o lamento por una vida tan complicada.

Sin embargo, en ocasiones, en los primeros planos de su rostro, advertimos en la seriedad de las facciones la incertidumbre que lo rodea. Con la cámara al hombro, se refleja la vida de Musa de una manera tan realista que facilita la comprensión del personaje. Planos frontales, traseros y laterales de Musa, en sus recurrentes trayectos que le llevan a varios chalets donde pregunta si puede coger las piñas de los árboles o si existe la posibilidad de cualquier otro trabajo. Esta cámara en seguimiento del protagonista recuerda a varias secuencias de Paterson (2016), de Jim Jarmusch, o Las distancias (2018), de Elena Trapé.

Las calles rurales o los caminos de los bosques son los espacios por donde un solitario Musa intenta sobrevivir. Los caminos para plasmar las difíciles vidas de los personajes presentan una larga ascendencia en el cine, como se puede observar en El discreto encanto de la burguesía (1973) o El viaje a ninguna parte. Pero, a diferencia de las obras de Buñuel y Fernán Gómez en los que un grupo de personas (ya sea individuos acomodados o cómicos teatrales) hace frente a las adversidades, en el filme de Gutiérrez Camps es un individuo aislado el que batalla por continuar adelante.

Debemos indicar que hay alguna escena colectiva donde algunos inmigrantes, entre ellos Musa, esperan en el polígono que alguien les dé trabajo para ese día (realidad que se vive también en estos momentos en los campos andaluces o en las zonas industriales de Madrid). Al final, aparece una furgoneta donde se montarán cuatro de ellos: los elegidos para poder ganar algo de dinero esa jornada. Musa y otro compañero se quedan sentados junto a la pared, meditabundos, en una imagen que refleja con enorme sensibilidad la problemática del desempleo para la población inmigrante.

La crítica social está latente en la película, aunque no se efectúa de manera explícita o dogmática, sino de forma sutil. Un hombre que recrimina de malos modos a Musa por subirse a un pino de su propiedad, una mujer que responde con cierto malhumor a la petición de Musa para recoger las piñas en su chalet, un cazador que piensa que todo el campo le pertenece y que indica a Musa que se encuentra en plena labor cinegética. Gutiérrez Camps plasma con estas breves escenas que los prejuicios de las personas se erigen como una tremenda barrera para la integración de los inmigrantes en la sociedad.

En este sentido, la escena que expresa más lúcidamente el distanciamiento de la población autóctona ante las personas que proceden de otras latitudes es aquella en la que un niño, absorto en los juegos de la tablet, no presta atención a Musa, pese a estar junto a él. Pero no todo está perdido, y el director, dentro de un enfoque abierto y humanista, nos ofrece motivos para la esperanza: la correlación entre las danzas africanas y los bailes del pueblo gerundense, la simpatía de la cajera del mercado o la amabilidad con la que una vecina ofrece un vaso de agua a Musa tras la recolecta de piñas en su chalet.

Los paisajes norteños, fríos, en plena época otoñal, las neblinas, los árboles pelados y los senderos con escarcha, conectan con la difícil coordenada vital de Musa, reforzando el dramatismo de la película. La ambientación en la zona septentrional de España, espacio de dureza y esfuerzo cotidianos, enlaza con otros filmes: Tasio (1984), de Montxo Armendáriz; La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón; Vacas (1992), de Julio Medem; El prado de las estrellas (2007), de Mario Camus; o Pa negre (2010), de Agustí Villaronga.

sotobosque-2

La película presenta una evidente dificultad para adscribirla a un determinado género y ahí quizá también hallemos parte de su riqueza artística. Por un lado, en su vertiente realista sigue la línea del documental, tan fecunda en España en los últimos años, y que ha dejado piezas magistrales como Mercado de futuros (2011), de Mercedes Álvarez; Libre te quiero (2012), de Basilio Martín Patino; o Camarón: Flamenco y Revolución (2018), de Alexis Morante. Documentales que versan sobre asuntos de actualidad en pleno siglo XXI: los abusos del sistema capitalista, las protestas de los ciudadanos o la vigencia de un gran artista.

Sotobosque aborda otro tema trascendente en nuestra época: la inmigración, acercándonos a la vida de un africano. Conviene señalar que las corrientes migratorias africanas ya no son minoritarias en España, como en los años 90, y que tuvieron su reflejo en algunas películas como Bwana (1996), de Imanol Uribe. En la segunda década del siglo XXI, los inmigrantes africanos viven en muchas regiones españolas, no sólo en Andalucía (en Sotobosque, en Gerona). Estos individuos, la mayoría honestos y trabajadores (Musa sería una metonimia de los mismos) contribuyen al progreso de la sociedad española, aunque sigan existiendo actitudes contrarias (presentes, a su vez, en Sotobosque) a su integración.

La vida ficcionalizada de Musa presenta una evidente intención realista dentro de la propuesta documental. No obstante, hay elementos fantásticos, oníricos, que posibilitan una mayor complejidad del personaje y favorecen la amplitud temática del filme (además, vienen a generar un dinamismo narrativo que contrarresta la falta de ritmo en algunos pasajes de Sotobosque). Entre ellos, sobresalen la visión soñadora de la mujer desnuda frente al portátil cuando Musa está cogiendo piñas, o la aparición misteriosa en el bosque al final de la película, que genera la búsqueda de Musa para encontrar a ese ser sorprendente, que Musa no conoce ni los espectadores tampoco.

¿Quién será? Final abierto, lleno de interrogantes, como de interrogantes está repleta la vida de estas personas africanas, que vinieron a Europa para encontrar un futuro que les permitiese seguir viviendo. Ante la ceguera de los políticos y la intolerancia de parte de la ciudadanía, el verso de José Marti, empleado por Benedetti en un poema precioso, aporta luz: «Patria es humanidad».

David Gutiérrez Camps, de 35 años, es natural de Vidreres, un pueblo gerundense. Hace una década, ya pensó en realizar un filme sobre los inmigrantes africanos en Gerona: «Descubrí que a menos de 200 metros de la casa de mi abuela existía una realidad radicalmente diferente. Era como si pudiera viajar andando a Mali en un minuto. Allí vivían ocho personas y por las noches se miraban DVDs de rituales animistas en África. Tenían trabajos que yo no conocía, como por ejemplo cortar brezo o coger piñas en el bosque. Todo ello me despertó aún más curiosidad. Pero el interés por una realidad no es suficiente para hacer una película. Después de unos meses, abandoné. No sabía cómo hacerlo».

Tuvieron que pasar casi diez años y que Gutiérrez Camps conociese a Musa Camara para que este cineasta catalán pudiera dirigir con brillantez su antiguo proyecto. Lo ha titulado con un sustantivo muy presente en la narrativa de Julio Llamazares: Sotobosque. Se acaba de estrenar en salas, después de proyectarse en el Festival de Cine Europeo de Sevilla (sección Nuevas Olas), en el New Horizons (Polonia) y en el Atlántida Film Fest (Palma de Mallorca).

Escribe Javier Herreros Martínez

sotobosque-5