El reino (1)

  02 Octubre 2018

El príncipe destronado

el reino-0Las prisas suelen ser malas consejeras. La confusión de lo inmediato, de lo más próximo y cercano, de aquello que comúnmente es tildado de «rabiosa, palpitante actualidad» con la fotografía instantánea, con la polaroid de la realidad política y social circundante, suele conducir a sonoros fracasos, a vertiginosas derrotas en ese afán por retratar la escurridiza y lábil realidad.

Sirva como ejemplo la última película del director de Stockholm (2013). Desde el inicio de la última crisis económica, allá por el lejano 2008, se han renovado las proclamas respecto a la necesidad de que el Arte, en especial la literatura y el cine, se hiciesen eco de las funestas consecuencias que trajo consigo la debacle de la economía. En el fondo, un apéndice más de la recurrente exigencia de realismo, término con el que se pretende reflejar estéticamente las carencias intrínsecas a las modernas sociedades burguesas.

Literatura y cine social son conceptos que desde los años cincuenta del siglo XX se aventan cada equis tiempo. Obviamente, el empeño realista responde a una posición política de transformación y de compromiso: recuérdense las Conversaciones en Salamanca.

Desde el espejo sthendaliano hasta el deformante espejo valleinclaniano el arte ha cumplido su función especular. No así esta película de Rodrigo Sorogoyen, al cual el prurito de denunciar, de incidir con su armamento artístico sobre la realidad política de la España más inmediata lo conduce a un atolladero en el que se regodea y del que no sabe salir.

Un arranque prometedor (un plano secuencia del protagonista frente al horizonte marino y su seguimiento al interior de un restaurante donde se está celebrando una comida con unos comensales-compinches en sus correrías políticas) se va diluyendo a medida que la trama se desenvuelve. La fuerza y el brío iniciales se agotan nada más se enciende la mecha crítica: ya la comida inicial adolece de cierta burda puesta en escena, por lo tópico y por lo elíptico.

El guionista Sorogoyen le ha hecho un flaco favor al director Sorogoyen: el recurso al circunloquio, a la perífrasis y a la alusión de una realidad tan obvia por inmediata y sabida gracias a los medios de comunicación que la han retratado (y en ello siguen) comporta para el espectador una carencia de asideros.

El director considera que la trama política que intenta mimetizar con imágenes es tan nítida y conocida por el espectador que no necesita perfilar su trama narrativa: ni los mimbres dramáticos de la historia ni el carácter psicológico de los personajes. Sorogoyen espera que la realidad le haga la faena y renuncia o no acierta a representar tal realidad.

Para compensar ese desequilibrio (imposible de lograr), imprime a su relato un aparente ritmo vertiginoso, una sucesión de secuencias que se convierten en diferentes flashes diegéticos que han de hilvanar una trama que no consigue embastar en modo alguno. Tanto griterío, tanta ostentación hortera, tanta chabacanería se quedan en meros reflejos hueros, en estampas casi periodísticas, pero sin fondo dramático.

Por mucho que los personajes no paren, se muevan constantemente; por mucho que la cámara en mano los siga y persiga, los atosigue y los acogote literalmente, con esa profusión de primeros planos, de tal acoso sólo se extrae una sensación de repetición innecesaria, de redundancia contraproducente, cansina; un pleonasmo que muestra que la trama narrativa no existe como tal, queriendo ser suplida por la mostración obscena y descarnada (?) de la trama de corrupción política.

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Una música omnipresente subraya machaconamente este putativo ritmo frenético, aunque en realidad sirve de relleno al vacío que se empieza a escapar por todos los poros de la pantalla. Inopinadamente, tal pautado musical desaparece a mitad de la historia, cuando el naufragio narrativo discurre en paralelo con el inicio del declive, de la supuesta bajada a  los infiernos, de la caída del protagonista.

El enclenque guión fía su sustento en la figura del político protagonista, un remedo de príncipe destronado, interpretado por Antonio de la Torre, eficiente y eficaz como casi siempre, pero incapaz de dotar de significado y vida a un personaje apenas perfilado y cuya centralidad es el foco desde donde se narran los hechos. Su parquedad expresiva dota al personaje de cierta solera, pero no tiene fuerza suficiente para amasillar todos los huecos en la pantalla. Es más, cuando el personaje pierda los estribos (empieza a chillarle a su mujer), cierto manierismo se adueña del actor, cuyos gritos nos remiten a aquel otro personaje que interpretaba en Gordos (2009), de Sánchez Arévalo, cuyos estallidos de histeria canalizaban una violencia soterrada y contenida. Las explosiones de violencia  del personaje de Antonio de la Torre pecan de dicha histeria.

En un momento dado, cuando director-guionista se apercibe de que su historia no tiene más recorrido, de que aquello ya no da más de sí y de que ni ha desplegado un relato de denuncia coherente ni sabe cómo clausurarlo, hay un  volantazo diegético y convierte al político corrupto y acorralado en una especie de agente secreto capaz de hazañas de superhombre para intentar evitar lo inevitable. De cine político pasamos al thriller, con persecución incluida.

El punto de inflexión lo ofrece una inenarrable secuencia que tiene lugar en un balcón (primeros planos de los personajes, encaramados a ese exterior en otro tour de force, otro plano secuencia aquí totalmente irrelevante, fallido): a partir de aquí, el sinsentido se apropia de la película. Los últimos cincuenta minutos son un despropósito mayúsculo. Las secuencias en Andorra, las de la gasolinera, la persecución nocturna por la autopista, su resolución inverosímil…, todo conduce a un clímax en un plató de televisión que alcanza cotas de irrisión por ser el punto de ebullición en donde la denuncia moral, la moralina que destila todo el filme se consuma, con interpelación al espectador incluida.

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Esta última secuencia en un plató de televisión ejemplifica el tono de telefilme que la película ha ido adquiriendo a lo largo de su desarrollo. La presencia de todo un elenco de actores de carácter, secundarios, no consigue dotar de una mínima verosimilitud a sus personajes, pues pecan de la misma falta de entidad dramática del protagonista: estereotipos apenas esbozados, pergeñados con cuatro trazos que emulan una serie de lugares comunes; contradictorios, incoherentes, ahítos de aliento vital…

Ni José María Pou ni Ana Wagener ni Nacho Fresneda ni Bárbara Lennie (que ya venía de ser vapuleada por el director iraní Farhadi en Todos lo saben) pueden aportar un granito de talento a este entramado en descomposición permanente. Parece como si la corrupción política que se quiere exorcizar se haya apoderado mefistofélicamente de su retrato. Esa España del año 2008 no será recordada precisamente gracias a este filme.

Se puede pecar de pensamiento, de palabra, de obra y de omisión, y Sorogoyen peca de todo ello. Parte de una tesis preconcebida, de una ideología que le obliga a sesgar su denuncia de la corrupción española. Omite toda una serie de consideraciones por focalizar solo una parte del espectro político, por considerar la corrupción desde una posición infatuada de superioridad moral. No. Nadie está libre de pecado. Aunque el director de Que Dios nos perdone (2016) conseguirá el perdón de los suyos, pero no el nuestro.

Cuánto realismo verdadero, cuánto retrato fiel de aquella España había en películas que eran obligadas a omitir la realidad política: Plácido (1961, Berlanga), El extraño viaje (1964, Fernán Gómez), Atraco a las tres (1962, Forqué) y tantas otras. En fin, afortunadamente el venero de la corrupción es inagotable (inescrutable, como los caminos del Señor) y la realidad española seguirá (sigue) ofreciendo material para armar mejores modelos de denuncia. Será cuestión de esperar.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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