El árbol de la vida (5)

  13 Septiembre 2011
Malick responde ante la vida 

el-arbol-de-la-vida-10Se ha dicho de ella que es una oración hecha imágenes; se ha comparado con la inmortal 2001 de Stanley Kubrick; se ha comentado que es todo un poema a la génesis de la vida; se ha afirmado que es un compendio de respuestas existenciales... y todo ello es cierto.

The tree of life supone lo que han supuesto otras obras cumbre a sus realizadores porque, ya desde su concepción, la cosa olía a filme mayestático. En efecto, Malick ha logrado culminar su carrera en lo que suponemos siempre quiso crear.

Teniendo en cuenta que The tree of life es su quinto largometraje, y que sus cintas anteriores siempre han versado sobre el enfrentamiento del ser humano ante la vida y la naturaleza que le rodea, no es descabellado pensar que su nuevo esfuerzo sea una especie de resumen de su propio imaginario.

Estamos, pues, ante una Malickada en la que el visionario cineasta vierte una cascada infinita de ideas, secuencias y asociaciones que ya ha hecho correr ríos de tinta desde que ganara la última Palma de Oro en Cannes. Vaticinamos que le quedan otros tantos por derramar, puesto que no es un filme fácil ni accesible.

The tree of life es de aquellos filmes que permanecen en la memoria de quien la ha visto durante los siguientes días. Puede fascinar y puede aburrir a partes iguales, puede ser inteligible o completamente dislocada, puede lograr una afectación emocional y puede provocar frialdad en ciertos pasajes, y seguramente, es en este cúmulo de estructuras antagónicas donde la obra consigue alzarse como una pieza única y embelesadora, aunque a la vez pueda provocar el repudio de muchos.

La génesis de la vida

Para empezar, no sigue lo que entendemos como un argumento convencional. Ni tampoco plasma unos diálogos de los que se pueda sustraer demasiada información. Más bien, sucede al contrario. Existe una pretendida carencia de elementos narrativos clásicos para erigir, durante dos horas y media, una sucesión de imágenes preciosistas y veloces que sólo Malick parece dominar en el panorama cinematográfico. Pocos directores —y decir pocos es exagerar— pueden alcanzar un nivel estético como el que él propone.

Para continuar, Malick pretende que el espectador se embarque en un viaje a través de las eras que, por muy fascinante que resulte, puede irritar por erigir una construcción enloquecedora de secuencias en la que el espectador se ve profundamente perdido. No hay un manual de instrucciones. Tampoco hay unas bases sólidas en las que poder pisar sobre seguro.

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Más bien es un vuelo a través del universo visto a través del retrato de la infancia de Jack, un niño que ha crecido arropado por otros dos hermanos, un padre que encarna la fuerza, la autoridad y el desafío y una madre que encarna la gracia, el cariño o la ensoñación. Esta familia pertenece al medio oeste norteamericano de los años 50. Serán ellos los que nos acompañen en este viaje.

Será la muerte de uno de los hermanos, con diecinueve años de edad, el suceso que hará que la vida de esta familia se merme inexorablemente. Pero el espectador tendrá la sensación de no saber si está yendo hacia delante o hacia atrás en el tiempo. También podría estar dando saltos espacio-temporales que se encadenan para mostrarnos inagotables mensajes ocultos en algún lugar. Malick elude proporcionar de pistas, pero pretende que quien acepte el reto de subirse a esta montaña rusa viva una experiencia singular.

Pero ahí no acaba la cosa. Se pueden apreciar ciertos apuntes sobre la jauría que supone la vida moderna en las grandes ciudades, así como también se asiste, durante una secuencia ingente, a la formación de nuestro universo, o incluso, a la era en la que habitaron los dinosaurios. Todos estos elementos tienen cabida en una dialéctica que intenta responder a las preguntas más determinantes de la vida. Quedará pues, a merced de quien atiende la obra, la interpretación posible de lo que ha visto, una vez finalice la proyección.

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El amor y la religión

Otra de las contradicciones que demuestra The tree of life es un constante devenir filosófico entre una gravidez profundamente cristiana (los protagonistas parecen estar rezando constantemente y hablando con un Dios omnisciente) y unos derroteros claramente científicos. Es como si Malick quisiera conciliar su amor por lo terrenal y su amor por lo místico, llegando a ofrecer una visión claramente panteísta del mundo, que se verá rematada por la secuencia final, en la que podríamos decir que se representa la piedad, la entrega y la confianza en el Supremo.

Pero ahí no acaba ese eje centrado en el amor. Estamos hablando de un amor que engloba todos los amores posibles: tenemos el amor fraternal, el amor de pareja, el amor hacia la fe, el amor hacia la vida y el universo y, como contrapunto, tenemos el desdén hacia todo lo mencionado. Es por ello que esta cruzada cósmica de proporciones megalómanas comporta una especie de sermón divino sobre el comportamiento humano y la naturaleza del mismo.

Simplemente atendiendo la fotografía moldeable que Malick hace de la infancia de Jack, resulta difícil no sentir una emoción desbordante por los hechos que trascienden en la vida cotidiana. Todo pequeño elemento en la vida infante de Jack es tratado con una investigación microscópica. Tanto, que parece que estemos viviendo ese preciso instante retratado junto con el muchacho y el desarrollo de lo que determinará su amor por la vida y cuánto le rodea.

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El filme total

Se puede pensar incluso que la intención de Malick es cambiar la vida de quienes se sienten en las butacas de las salas comerciales a contemplar su bellísima obra. Aunque resultará absolutamente frustrante para muchos comprobar que no poseen la paciencia suficiente como para sobrellevar tamaño jeroglífico, pues conlleva una sobrecarga de información que puede resultar absolutamente abrumadora.

Porque The tree of life es un filme total. Es cine de autobiografía, relatado con una técnica que revela un talento sin medida; es cine documental, por la forma en la que Malick capta el milagro de la naturaleza; es un melodrama clásico, por reverberar grandes filmes cuya voluntad era evidenciar los débiles cimientos de estirpes familiares; también es cine insólitamente devoto, por plantear cuestiones que siempre cuentan a un Ser Todopoderoso como responsable directo de lo que sucede en un plano físico. Y finalmente, es cine abstracto, por no ofrecer una lógica secuencial que pueda ser aceptada según unos cánones establecidos. Por lo que podemos decir que es un “filme total”.

Pero claro, de lo “total” que es, se derivan todos sus peros.

Porque su totalidad puede hacer entender que Malick ha realizado su obra más auto indulgente y compulsivamente difusa. Bien puede ser entendida como una gigantesca pretensión que vende humo (muy bien vendido, eso sí) o puede ser una obra magna que esconde sus logros en un mar lleno de tiburones martillo (una de las imágenes del filme, claro está), en el que se debe ser extremadamente cauteloso para meterse en él y salir ileso. Si esto último sucede, el espectador finalmente encontrará el extraordinario poder de lo que se cuenta en el filme.

Quien esto firma ya ha decidido su veredicto, les tocará a ustedes en los próximos meses.

Escribe Ferran Ramírez

 Título  El árbol de la vida
 Título original  The tree of life
 Director  Terrence Malick
 País y año  Estados Unidos, 2011
 Duración  125 minutos
 Guión  Terrence Malick
 Fotografía  Emmanuel Lubezki
 Música  Alexandre Desplat
 Distribución  Golem
 Intérpretes  Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain, Kari Matchett, Fiona Shaw
 Fecha estreno  16/09/2011
 Página web  http://www.foxsearchlight.com/thetreeoflife/